Luxor: Un nuevo mundo

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X. (Parte Dos)

En el salón de invitados del Señor de Senerys abunda la alegría, la risa, el calor del hogar. Se escucha en todo el baluarte el sonido alegre de los dos pequeños niños de ocho y seis años riendo y corriendo; Ánual y Frances, ambos con el cabello castaño claro con mechones rubios, ojos, el uno negros azabache de los Senerys, el otro, castaños claro de los Anerys, pieles claras, con severas pecas en las mejillas y una sonrisa que invita a la amistad. La madre, de cabello castaño cobrizo y ojos de miel, el retrato vivo de la madre aún en el temperamento dulce y amoroso. Kandem se encanta con ella, disfruta de la reunión familiar. Su amigo de infancia, Frances, es una sorpresa de gusto, puesto que decidió acompañar a su esposa en el viaje de ida y aprovechar a tener una reunión con su hermano de leyes y crianza. Frances, de cabello castaño miel y ojos de igual color, rebosante de pecas en sus mejillas y nariz, mirada alegre y coqueta, siempre de amor hacia su señora esposa y amor de la infancia.

Kandem está feliz, le tiene regalos por montones a sus sobrinos, dulces de miel y chocolate, a su hermana alguna que otra prenda de vestir a su gusto, a su amigo toda la hospitalidad de su casa. Uno de sus hombres entra cuando está escuchando a su sobrino más pequeño relatarle las maravillas que vio en el viaje en tren, y le informa que la Dama de Castell llegó y que está limpiándose las botas, le agradece y lo despacha. Minutos después, la ve entrar, con el orgullo de siempre y la belleza irracional. Le sonríe con los labios sellados, porque no puede evitarlo, está feliz.

—Lessany, te presento a mi hermana: Sence de Anerys, y su señor esposo, Frances de Anerys —dice él con solemnidad, esperando que ella no le avergüence o que los viejos rencores del pasado de ambas familias genere un mal momento. No ha hablado de ello con su hermano de crianza, por lo que no sabe si aún guarda sospechas o rencor por la acusación de asesinato sobre los Castell.

—Es un placer Lessany de Castell, su reputación honra su belleza —le dice la voz más dulce y tierna que se ha escuchado, estrechando las manos. Lessany sonríe de regreso a la hermana del Señor de Senerys.

—Señora de Castell —dice Frances, dando un paso al frente y tendiéndole una mano para tomar la suya y depositar un beso en su dorso—, la Leona Dorada, nunca creí ver a un Castell caminando por esta tierra.

—Ni yo, Señor de Anerys, creí que alguien podría quitarle a los Castell el poder sobre la producción de armas. Buen movimiento —admite con sinceridad, logrando una carcajada de boca de Frances.

Kandem suspira y sonríe, satisfecho, alzando en sus brazos al pequeño Frances, diciendo: —Y él es el pequeño Frances de Anerys. Saluda a la Dama.

El niño extiende una mano y Lessany le tiende la suya, dudosa, pero al ver al pequeño besar su dorso no puede ocultar la sonrisa.

—Tu cabello parece oro, y tus ojos son como el agua del mar —acota el pequeño.

—Mi cabello está hecho de oro, pequeño —responde ella, tomando una de sus hebras y arrancándolo de un tirón—. Ten, podrás venderlo algún día.

El niño toma el cabello en sus manitas y lo aprieta contra su pecho, sus ojos brillantes al creer la mentira. La broma causa una risa colectiva en los tres sureños. Cuando se acaban, el pequeño es puesto en el suelo y Ánual, un poco mayor, se acerca y la saluda de la misma forma, pero corriendo lejos debido a su timidez. Al alzar la vista hacia el Señor de Senerys, Lessany se encuentra que la ha estado observando con una bella sonrisa en labios, sus ojos brillantes en tristeza y diversión.

—¿Qué les parece tomar algo caliente? —sugiere la Señora de Anerys.

—Me parece buena idea, amada mía —respalda su señor esposo, dando la orden a los asistentes para traer una infusión para los adultos y un chocolate caliente para los pequeños.

Lessany se acerca al fuego, lamentándose de que el baluarte no tenga calefacción; calienta sus manos de nuevo y escucha los pasos que se acercan por su espalda, siente la presencia detrás de ella.

—Gracias —le escucha decir en un murmullo para que los invitados no escuchen.

—Innecesarias —responde, sin girarse, pero un tacto en su codo le hace regresar la vista, la mirada que él le da habla más que sus palabras.

—De verdad, gracias. El pequeño Frances no lo olvidará jamás y te aseguro que le dirá a todo el mundo que tiene un cabello de oro de una Castell, que podrá comprar un caballo —ríe él.

—Y tú tienes al menos ciento cuarenta mil, podrás comprar la Luna. —Lo ve fruncir su cejo sin entender—. Dijiste que te pertenecía, ¿recuerdas?

Su mirada cambia un segundo, despidiéndose de esa diversión; ambos se miran en silencio, junto a las llamas, parece que la tensión es innegable y no se percatan que los Anerys les observan de soslayo.

—No me refería a eso…

Pero la conversación se ve interrumpida por el pequeño Frances, que se acerca corriendo a las piernas de su tío, pidiéndole que le cargue sobre sus hombros. La tarde transcurre con naturalidad, con unos cuantos comentarios divertidos de parte de ella hacia los niños, ganándose sin hacer el más mínimo esfuerzo a los dos pequeños Anerys, y sin duda con su mordacidad e intelecto a Frances. A la hora de la cena se torna un poco más silenciosa, meditabunda, pensando sin poder evitarlo en esa sugerencia que Enser le hizo, en esa mirada frente al fuego.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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