Luxor: Un nuevo mundo

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XI. (Parte Uno)

Sence de Anerys llora en la despedida, abraza al menos diez veces a su hermano, y los pequeños no se quedan atrás; lloran y lloran sin consuelo, abrazando, para sorpresa de todos, a Lessany y a Kandem por igual. La Dama de Castell ha tenido que hacer un obsequio especial al pequeño Frances para que se marche de buena gana con su madre: Uno de sus guardapelo con un pequeño mechón de su cabello dorado, y tras ganarse la confianza de Ánual, le obsequia uno de los timbales de cuero y madera negra de las Islas de Boreo; a Sence, sin embargo, le entrega una caja de sus pañoletas de doble cara: seda y gamuza. Los tres han quedado encantados.

Los despiden al amanecer del octavo día de visita, junto con una corte de personajes esenciales en Tierra Senerys en la entrada principal del baluarte, muy similar a como ella fue recibida: Su Señor al centro del balcón, ella a su izquierda, a su derecha Renner de Mandess y Lindel de Camellia seguido, entre otros, el Directivo de los hombres y bélicos a servicio especial de la ciudad, el Directivo de Finanzas, los directivos de las plantas térmicas y los invernaderos. Por un momento, mientras el lujoso vehículo se va alejando por la avenida con la lentitud de un caballo a trote, Lessany puede verse a sí misma llegar a esas tierras por vez primera, perdiéndose su mirada en el horizonte, visualiza también a Lenser Marlus cabalgando por esas puertas en su búsqueda.

Sus pensamientos se ven interrumpidos por la orden de cerrar las puertas y regresar a las actividades normales del día, orden dada por el Señor de Senerys. Ella se adentra en silencio a la tibieza de la primera planta con la mente distraída, pero tampoco puede llevar a cabo sus planes de leer alguno de sus libros junto al fuego, porque es llamada cuando cruzaba junto a Mars por el salón de recepción.

—Acompáñame, por favor —le dice Kandem. Ella asiente en silencio, despacha a Mars, y le sigue por los pasillos hasta sus estancias de invitados. Ordena que le sirvan vino, o café, lo que quiera, pero ella dice que una infusión estará bien.

Para Kandem ha sido una semana difícil. La razón de la visita de su aliado y hermano ha sido para tratar noticia tristes y delicadas: Ante la negativa de ciertas sedes y regiones libres de la nación de apoyar su causa, se ven amenazados de perder el domino sobre otras regiones aledañas, entre ellos, los nativos de Tierra Castell que se rehúsan a ceder aunque su Señor les haya ordenado hacerlo. Presentan batalla y Arestys va perdiendo poder en las regiones colindantes con la manufacturación de armas, teme que la oposición avance hasta alcanzar las fábricas; perdiendo las fábricas, pierden poder. Por ningún motivo debe permitir que Lessany se entere de ello, y en eso, su hermana ha ayudado mucho, distrayéndola, y también ese proyecto que considera infantil por desconocer su potencial en el mercado.

Además, ante la imposibilidad de que su Comandante del Frente, Lindel, brinde batalla tanto en el oeste como el este, la solución parece ser el traslado de más hombres hacia el norte, para no perderlo, pero el tiempo y el clima los retrasarían y para cuando lleguen se verían en la necesidad de librar otra gran batalla donde más hombres mueran. No quiere eso, quiere la paz de una maldita vez. Se siente cargado, agotado, se vio forzado a olvidar sus penas frente a sus pequeños sobrinos y su hermana, pero no podrá hacerlo por mucho tiempo y deberá necesitar del apoyo de Renner, sus demás hombres de fiel servicio y de ella, indudablemente ella es clave en esa guerra.

—No hemos tenido tiempo de hablar la última semana —empieza él, de pie frente al fuego. Las llamas crean reflejos felinos en sus ojos negros. Mientras, ella está sentada con la espalda erguida en un diván negro.

—No, evidentemente. ¿Quieres que te cuente qué ha pasado? —pregunta ella, casi indiferente, pero simplemente está distraída.

—Si gustas —responde él, todo lo contrario, prestando atención a cada rasgo en su rostro, a cada luz y sombra proyectada por el fuego.

—Tengo todos mis datos y planes listos para el proyecto, las mujeres están emocionadas, solo necesito hacer esas llamadas…

—No quiere saber qué ha pasado con tu trabajo, quiero saber qué ha pasado contigo.

Las palabras la devuelven a la realidad, recuperando su semblante frío, pero sus ojos flaquean, y él lo sabe.

—Nada en específico, me ha hecho falta ejercicio pero nada más —responde indiferente, tomando de su vaso.

—Tendremos que remediar eso. Creo que podré hacer un espacio de unas horas para que podamos salir a cabalgar, quizá te interese conocer el funcionamiento de los invernaderos —acota él, tomando asiento a su lado, su mirada brillante en esperanza.

—¿“Hacer espacio”? Debes tener mucho en qué trabajar —acota, con una arrogancia e indiferencia que a él le duele—. Déjame adivinar: Estás perdiendo terreno en el norte, no logras controlar las industrias y Anerys tampoco, con este clima seguro los ejércitos no pueden marchar y aunque lo hagan, irán a una muerte casi segura.

Él deja el vaso a un lado, con la mirada negra más triste que nunca, cierra sus ojos intentado recobrar fuerzas pero siente que ya no puede, que el suspirar para aliviar el cansancio no es suficiente. No puede creer que ella le diga eso y de esa forma, no porque tenga razón en gran parte, sino porque lo hace para burlarse de él, para herirlo. Y lo logra.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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