Luxor: Un nuevo mundo

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XI. (Parte Dos)

Al llegar a su hogar, tras una semana de viaje, la sonrisa de Sence de Senerys se ha disuelto, y es reemplazada por un rostro serio y opaco que solo brilla al contemplar el rostro inocente de sus hijos. Su esposo juega con ellos y se comporta como un padre ejemplar, les enseña sobre lo que hace como Señor de las tierras, y como “hombre”, según su propio concepto. Ella observa la nieve arribar hasta las tierras de Anerys, tan lejanas de su hogar, del hogar donde fue inmensamente feliz. Ahora se arraiga a sus hijos y la felicidad que ellos le otorgan.

Cuando el esposo considera suficiente tiempo de calidad con sus hijos, la esposa pide a las ayas llevarlos a sus estancias durante unos minutos, mientras ella les alcanza. El Señor regresa a su estudio a continuar el “trabajo”, ella le sigue pese a que él ni siquiera le ha dirigido una mirada.

—Quiero hablar contigo —dice ella, temerosa—, por favor.

Él alza la mirada desde los papeles que su asistente personal le tiende, la contempla unos minutos y, sonríe. Pero esa sonrisa, tan tierna y contemplativa, oculta el mensaje verdadero de sus pensamientos: «Mi pobre esposa.»

—Por supuesto —dice él, pidiendo a sus hombres dejarles solos. Las paredes grises de las estancias siendo testigos únicos de la conversación. Ella, sumisa, agacha la mirada hasta sus pies cuando él se acerca a ella—. ¿Qué puedo hacer por ti, mi esposa?

—Quiero saber, qué planeas —dice, apenas audible. La sonrisa en el rostro de Frances de Anerys se desvanece.

—No compartiré temas de gobierno o guerra con nadie que no sea de mis Hombres de Confianza, ni siquiera mi querida esposa, hermana de mi Señor.

—Lo sé, pero… Lessany… ¿Aún piensas en… tu hermano? ¿Piensas hacer algo?

—¿Qué podría hacer? Ya sabes cómo es la nueva situación —responde él, volviendo a su largo escritorio de madera de pino.

—Sí, pero… Encontré… Encontré algo —eleva la voz al final, atrayendo la atención de su esposo. De un doblez de su faldón, extrae un pliegue de plástico de un mensaje oficial de la Sede Capital.

—¿De dónde…?

—No importa —interrumpe ella—. ¡Él es tu Señor, mi hermano y tu hermano por ley! — exclama, sus ojos como dos lagunas brillantes cerca de desbordarse. El hombre se acerca a ella y besa su frente, retirando levemente el mensaje de sus manos.

—No vuelvas a desobedecerme, ¿entiendes? —susurra en su oído, besando castamente sus labios rojizos por las lágrimas. Seguido, la despacha a sus estancias y él regresa a sus labores de Señor de Anerys.

 

Dos horas después de la partida de los Anerys, tras tomar el desayuno en una de sus estancias anexas, junto a Kalendi, Mars y dos de los escoltas que la acompañan siempre, pasa a trabajar en su estudio, antes, estancia de visitas. Un hombre pide permiso para entrar, ella le permite el acceso y termina de acomodar los documentos que se vio obligada a hacer en papel debido a la falta de recursos de digitalización. La Dama alza la vista y encuentra a Renner de Mandess sonreír con cordialidad y hacer una leve reverencia.

—No sabía que ibas a ser tú.

—Claro que no, me ofrecí voluntario —dice él, señalando la entrada, viéndola cargar un maletín con papeles, vistiendo uno de esos hermosos atuendos que dejan vista a sus magníficas piernas. Ambos se encaminan a la escalinata hacia la tercera planta.

—¿Así que dejarás a tu Señor solo con su trabajo para verme a mí trabajar un par de horas? Si fueras mi Primer Hombre te destituyo y te doy exilio —acota ella, para crear conversación con el pelirrojo que le recuerda de cierta forma a Lenser, por su cinismo y carisma, pero faltante de su irreverente modo y desvergonzada honestidad.

Él, en total calma, ríe con una carcajada sonora y honesta, alegre de poder ver el gran progreso de ella en la relación con su hermano. No ha sido fácil, porque Kandem no suele escuchar consejos que no pide, y menos los últimos años, pero al final ha escuchado; solo espera que ella también empiece a escuchar y ceder. Puede que la Rebelión dependa de ello.

—Qué suerte que no eres la Señora de Senerys entonces. Mi cargo está a salvo y mi vida también, aunque no estoy tan seguro que eso sea igual para mi Señor.

—Como quieres que pregunte, te complaceré, Renner de Mandess —acota ella, con dignidad y la barbilla alzada: —¿Por qué no es igual para tu Señor?

—Por ti —responde él con una gran sonrisa, a lo que ella le observa con una de sus rubias cejas alzadas—. ¿Cómo te explico que lo estás llevando al borde de la locura?

—¿Cómo tengo la culpa yo de eso?

—No está acostumbrados a gente como tú, Dama de Castell. Eres un misterio que le ha tomado tiempo desentrañar y figurar.

—¿A qué te refieres con “gente como yo”? —pregunta ella, a la defensiva.

—Para empezar —habla él, con total tranquilidad y confianza, eso a Lessany le agrada—, eres un Castell. Es razón suficiente, pero…



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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