Madurez Voluntaria

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5. Neil Armstrong

― ¿Piensas estar así todo el año?

Lele era bastante bruto para deducir cuándo callarse.

Después de que todos se rieran de ti por haber sido golpeado por una chica y un borrador de pizarra lleno de tiza, es normal que te quedes más tranquilo unas semanas.

De vez en cuando miraba al frente y me estiraba a la derecha para mirar, no a la pizarra, sino a ella. Violeta solía ser de las que más recibían comentarios fastidiosos, pero ya no. Ya no era una simple víctima después de lo que me hizo…

Fue bien merecido, tengo que admitirlo. Ésa fue la primera vez que la tocaba y seguramente sería la última. ¿Pero por qué no se había defendido antes? ¿Es porque no quería? ¿Ese día dijo ‘ya basta’?

Ese día estaba sentada en un banco bajo un árbol del patio leyendo un libro pequeño. Casi siempre estaba leyendo. Nosotros estábamos en las gradas esperando que un grupo del otro salón terminara de jugar, sería nuestro turno en diez minutos, pero no tenía ganas de mirar el partido amistoso y mi mirada se desviaba constantemente hacia ella, curioso de saber qué hacía.

― ¿Pasó algo en tu casa?

Enmanuel volteó un segundo para verme. Entrecerré un ojo.

― ¿Qué coño va a estar pasando en mi casa?

―No sé…

― ¿Creen que me volví loco o algo?

― Marico, es que estás raro. No te molestes… –atajó Michel, rascándose un poco la barba que se comenzó a dejar.

― ¿Seguro que no pasó nada… con tu papá?

― Ese guevón sigue por ahí…

― ¿Y tu hermano?

― Lo arrestaron.

Enmanuel puso toda su atención en mí. Lele y Michel se miraron.

― ¿En serio?

― Carajo, no sabía… - soltó Lele, más serio.

― Bueno, eso suele pasar cuando vendes droga.

― Pero eso no es lo que te tiene así.

Era verdad. Enmanuel ya lo sabía. Mi hermano no era una cosa que me preocupara… tanto.

― Pero algo tienes.

― Si tuviera algo, lo sabrían.

― Anda, suelta de una vez.

― ¿Tengo que portarme como un estúpido para que me dejes en paz, Lele?

― ¡Bueno, bueno! Está bien, no pregunto… -Lele se acomodó las rastas para nada. Ya se le despeinarían cuando jugáramos basket.

― Yo sí creo que nos daríamos cuenta si tiene algo de verdad… -opinó Enmanuel- Se pondría histérico como una jeva.

Concordaron y me reí, nervioso. Tenía un problema de ira bastante incómodo. El año pasado le había quebrado a Claudio los lentes… simplemente porque me rozó sin querer la boca con una carpeta, haciendo que regresara un dolor de muelas. Me disculpé mil veces al ver tanta sangre, uno de los cristales se le clavó en la mejilla.

Irónicamente, me ayudaba mucho con las tareas desde ese entonces… a cambio de cierta protección. Claudio ya no me temía y eso me impresionó y gustó mucho.

Pero después de lo de Violeta…

El salón me ignoraba… cuando me di cuenta que lo que realmente pasaba es que ya no estaba llamando su atención.

¿Fastidiar hubiera sido mejor manera de decirlo?

Sin ser yo el que comenzara las burlas, se hicieron raras en clase. Y me fijé más en la gente en ese tiempo que fue pasando.

Claudio jugaba en su Play Station portátil. Michel miraba animes y tips de dibujo desde el teléfono tranquilamente, en vez de apoyarme en lanzar bolsos de la gente. Lele miraba y me mostraba videos de básquet y algunos de fútbol, sin apoyarme en la propuesta de usar el basurero del salón como pelota. Enmanuel se la pasaba viendo cosas de videojuegos de deportes, y algunos de horror que le gustaban mucho, sin inventarse junto a mí apodos nuevos para los profesores y la gente que no nos caía bien.

Los jugadores de fútbol eran un grupo de retrasados, las chicas superputas se ganaban a pulso su verdadero nombre, porque no hacían más que hablar de maquillaje y cuántos chamos tenían a sus pies, criticar a otras mujeres que no se arreglaran tanto como ellas y esas cosas… Tania, por cierto, parecía ser parte del club ahora. Parecía que hacían casting y aceptaban a quienquiera que se riera como una anguila.



Ali Bracamonte

Editado: 08.01.2019

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