Madurez Voluntaria

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16. Selfie pública

― ¿Quieres verle las tetas a Tania?

― ¿Que qué?

― Mira.

Lele se movió como un rayo hacia el teléfono de Enmanuel, mientras masticaba un pastelito de queso que tenía demasiado relleno y se estiraba desde su mano hacia su boca como una larga tira blanca interminable y olorosa.

― ¡Cobho! –dijo con la boca llena de queso. Asintió, corroborando que era efectivamente Tania. Me acerqué junto a Michel por inercia, y justo cuando comenzaba a preguntarme qué estaba haciendo, las vi.

La foto mostraba la mitad de sus ojos, su cabello echado a un lado de los senos desnudos y sostenidos con una mano, levemente caídos. Enmanuel pasó el dedo por el cuello de Tania como degollándola y deslizó hacia otra foto, donde se veían desde un ángulo parecido pero mostrando un par de lunares en las áreas menos bronceadas.

― ¿Coño qué? – Preguntó Michel- Ahora voy a tener pesadillas con esos pezones negros.

Aparté la mirada y mordí la arepa. Sintiendo un hormigueo en la entrepierna.

Me obligué de algún modo a detenerlo. A sentir asco. A rechazar y repugnar esa foto. Ayudaba un poco mirar el desastre que había de fondo en lo que seguramente era su habitación. Yo no era muy ordenado… Pero eso era un chiquero.

Miré a Enmanuel que sonreía estúpidamente.

― ¿De dónde sacaste eso?

― ¿Te las mandó? –preguntó Michel, terminándose el jugo y sin dejar de mirar la pantalla. Tomó el teléfono de su amigo y le hizo zoom.

― No… Me las pasaron.

Los tres hicimos un ‘wooo’, no había tanta sorpresa en ello, solía pasarle a las mujeres estúpidas que se habían tomado fotos de su cara, o con el uniforme.

― ¿Quién?

― Camilo.

― ¿Camilo?

― ¡Marico!

― ¿Y qué hacía Camilo con esa vaina? –pregunté. Enma se encogió de hombros.

― Qué se yo… Quizás ella misma se las pasó. Sabes que no hay que hacer mucho para que una jeva como Tania se suba la falda.

― Yo que tú borraría eso.

― ¿Por qué? ¿Qué pasa?

― No sé… -realmente, no lo sabía. Me parecía incorrecto de algún modo… Pero no hubiera podido explicar realmente porqué.- Ella tal vez pasó eso pensando que lo vería su novio y mira, ahora la vemos nosotros.

― Honestamente me preocuparía y me molestaría si fuera alguien como… Uhm… Catherine –dijo Lele-. Una chama que no le hace nada malo a nadie.

― ¿Quién?

― La del salón B, Michel. Ya sabes, la culona…

― ¡Ah, sí!

― Bueno –continuó Lele-, ella si se tomara una foto así, sí sería para su novio nada más y eso, esa caraja es una santa. Pero Tania…

― Creo que eso no… minimiza la vaina –dije. – Tania puede ser una mierda de gente, pero si se merece algo es una coñaza, no que la gente le vea las tetas.

― ¿Viene a ser lo mismo para una mujer?

Eso nos llevó a una conversación de lo más larga. ¿Por qué para una mujer su castidad es tan importante? ¿Era comparable una golpiza a exhibirse las tetas? ¿Y si le preguntábamos a otras chicas?

Eso era lo difícil… Ninguna chica del salón –o del curso- era realmente amiga de nosotros como para respondernos eso.

― Pero si sabe cuáles son los riesgos ¿qué coño hacía mostrando la cara en la foto?

― No sé… pero mi n… las… las novias…

― ¡Aaaaaaah! ¡Ahora suéltalo! –exigió Michel a Lele, que aunque tenía la piel oscura, se le notó su vergüenza en la cara.

Tenía una novia por internet con quien se enviaba fotos. Era una chica de otro estado, pero parece que se querían mucho. No nos mostró ninguna foto, y tampoco se la pedimos.



Ali Bracamonte

Editado: 08.01.2019

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