Madurez Voluntaria

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47. Pelea de caballeros

El dolor no me dejó reaccionar.

El grito de Vio se escuchó cerca de mi oreja y fue muy atorrante. ¿Por qué estaba pensando en lo atorrante que era el grito cuando mi mejilla se raspaba contra la pared? ¿Cuándo había perdido el equilibrio?

Mi reflejo de apoyar las manos sirvió para algo, tenía la palma raspada y la mejilla lastimada, pero al menos no había caído al piso con la cara.

Vio me miraba horrorizada, dio un paso hacia mi espalda, saliéndose de mi campo visual. Gritaba, pero no entendía qué. Alcé la cabeza hacia ella, y al ver su expresión de miedo terminé de reaccionar al fin. Me alcé lo más rápido que pude, interviniendo en los pasos de alguien que venía corriendo.

Le tomé de la cintura a otro chamo delgado, usando mi pecho y su impulso, le hice caer a la acera. Me solté el bolso y me levanté como pude.

Camilo se levantó a su vez. Estaba igual que siempre: su cara cuadrada y ojos azules de bebé, que no pegaban con sus cejas enormes negras. Su rostro desfigurado por la rabia mientras alzaba su puño le hacía ver mucho, mucho más amenazante de lo que era el año pasado.

Tomé impulso y le salté encima. Violeta gritó cuando chocamos y caímos. Camilo era más alto que yo, pero más delgado. Me golpeó en la nuca, haciendo que gritada por el dolor. Me aparté rápidamente pero algo me haló hacia él. Me había tomado de la camisa, y me golpeó la nariz con la frente.

Eso sí que dolía.

Una masa negra lo golpeó en la cabeza. Violeta le había lanzado mi bolso en la cara y eso lo hizo perder el equilibrio un momento. Aproveché y con toda la fuerza que pude lo golpeé en el cuello.

Celebré mentalmente al ver que le saqué el aire. Mi nariz chorreaba sangre, le puse la rodilla en el hombro para someterlo.

Miré la piedra con la que me había golpeado. Camilo se zarandeó para intentar moverse, pero yo pesaba demasiado para él. Me estiré y tomé la piedra, y la estrellé con todas mis fuerzas a un centímetro de su oreja. Se quebró en varios pedazos, y se quedó quieto, mirándome.

― Hey, Uber.

Fingió estar emocionado, como si fuéramos dos viejos amigos que van a tomar una cerveza juntos. No le respondí.

‹‹Agradece que Violeta está aquí, que si no… Esa piedra iba para tus dientes, mamaguevo››.

― Ah, no me mires así, Uberón… ¿No estás feliz de verme? - Rió, algo nervioso.

Me palpé la nuca y me contuve de cerrar los ojos por el dolor. Sentí que me mojé la mano.

Qué ganas tenía de coñacearlo hasta que me sangraran las manos.

― Violeta, entra a casa.

­― ¡No!

Maldita sea.

― Qué adorable, protegiendo a tu putica.

Solté aire por la nariz, y un chorro de sangre le cayó en la cara.

― ¡Maldito asquer-!

Lo alcé por el cuello y lo puse contra la pared. Se quejó al rasparse la espalda contra el friso irregular

― Con ella no te metas.

Se rió.

― Violeta. Vete.

― ¡No! ¿Estás loco?

― Estarás segura dentro de la reja. Ve.

― ¡Ja! La policía… tu hermano envía saludos, Uber. ¿Por qué quieres que se vaya la cualquiera ésta? ¿No quieres que vea cómo te caes?

Noté que hizo un movimiento extraño con la mano derecha. Lo solté y me aparté lo suficiente para tomar impulso y mirar un brillo a la altura de mi cintura.

No le dio tiempo a usar la navaja que tenía en la mano. Le golpeé con todas mis fuerzas con un puñetazo en la barbilla que lo levantó del suelo un centímetro y le hizo bailar los ojos.

― Te dije que no te metieras con ella.

― ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

Un vigilante de un edificio había salido a la calle. Claro, la pared en donde había entrompado a Camilo era propiedad de alguien.

­― ¡Llamaré a la policía! ¡Delincuentes!

Violeta le explicó todo lo que había pasado, muy molesta y aireada, despeinándose las pequeñas crinejas que se había hecho esa mañana. Nunca la había visto así. Y me di cuenta que fue porque nos llamó así.



Ali Bracamonte

Editado: 08.01.2019

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