Malvada Belleza©

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Capítulo 31. Cadencia.

He pasado una cantidad de tiempo muy considerable escogiendo la ropa para la cita con Brant. No soy conocedora de la razón, pero tengo una leve sensación de que la noche va a ser estupenda, eso me hace sentir muy motivada para estar lo mejor presentable posible, añadido a ese pensamiento, está que quiero que el maestro de los raros se me quede mirando como siempre lo hace; como si esos potentes ojos pudiesen devorarme sin siquiera rozarme, ni que decir de su expresión facial cuando se queda embelesado viéndome, me encanta y trastorna a niveles peligrosamente aterradores.

Generalmente he sido buena llamando la atención de los chicos, no he de negar que solía gustarme un poco las miradas en mí, a veces no intentaba llamar la atención en absoluto y todavía conseguía admiradores. Desde que acepté oficialmente probar ser la compañera de Brant, mi ego se redujo a niveles impresionantes, dejando fuera de la jugada a todos los demás hombres del mundo, y queriendo que solo el joven licántropo me mire, que me observe tanto como quiera, a veces sus penetrantes miradas me sonrojan, no por eso dejo de disfrutarlas.

Pienso que Brant es el único capaz de hacer mi ego se alce tanto que mi cabeza duela, o de modo contrario, que se reduzca tanto hasta que me sienta más fea que una piedra rugosa. Vuelvo mis labios una línea recta, doy un vistazo al vestido negro, enfocándome en la correa dorada en mi cadera a la par que pretendo alejar esos pensamientos, no me gusta sentir tanta dependencia, no me hace sentir conforme, asusta un poco.

Le he dado muchas vueltas al conjunto que llevo encima; tengo mucha ropa, tanta que he dejado un desorden impresionante de prendas en la habitación, a pesar de ello he dudado mucho, escogiendo mi atuendo con supremo cuidado, queriendo no verme demasiado reveladora y parecer desesperada, pero tampoco muy conservadora como dar la impresión que voy a convertirme en monja.

Salvo que las monjas deben comenzar siendo puras en muchos aspectos y yo no es que sea precisamente la inocencia hecha mujer.

Suspiro y me miro esbozando una sonrisa tonta, hacía tantos años que no me preocupaba por mi total apariencia frente a un chico.

Con Charles teníamos algo, sin duda me importaba, no estoy segura si de verdad como un novio, no llegué nunca a sentir tanto como lo hago por Brant, es que no puedo ni compararlo pues honestamente no tiene comparación. No obstante, gustaba de vestir bien para Charles, no me importaba impresionarlo, él ni siquiera prestaba atención a los detalles, siempre decía que estaba bien y ya, no era más.

Eso me molestaba un poco. En cambio, Brant me escruta, no tiene necesidad de decirme nada o alabarme, su cuerpo habla por él, inclusive, no requiero que me dé su aceptación o me comente que estoy bien, con que me sonría y me tome de la mano es más que suficiente, ese pequeño gesto llena mi tonta vanidad.

—Alguien va muy reveladora hoy. —El comentario de Kian me hace voltear, se encuentra recostado en el marco de la puerta con sus brazos cruzados sobre su pecho, su cara es adornada por una maliciosa sonrisa.

—No me molestes, hoy tengo un muy buen humor para escuchar tus críticas destructivas. —Le doy una advertencia antes de girar sobre mi eje, comprobando que el vestido me queda bien.

—Vale, no es necesaria tanta agresividad —bufa—, y yo que me pasaba por aquí para verte y desearte suerte en tu noche.

—Lo puedo imaginar, siempre tú, tan noble y bueno —tomo mi cartera, comprobando que llevo efectivo y mi móvil.

—Lo sé —me da una mirada fija—. ¿Has ido a los controles desde que nos mudamos? —frunzo mis cejas al no comprender.

Puedo ver el blancor de sus orbes cuando les rueda, toquetea la zona del bíceps internos, haciendo que entienda.

—Oh, el control del método anticonceptivo. —Digo, él asiente—. Claro que sí, aunque hace mucho que no voy por ese camino, siempre asisto —se sonríe.

Es natural que vaya aunque haya cambiado de lugar de residencia. Mi madre me inculcó desde que me bajó la regla por primera vez la importancia de protegerse durante las relaciones sexuales, tanto por prevenir un embarazo no deseado como por prevenir enfermedades de transmisión sexual. Aunque si soy más objetiva, quizá la razón por la que me instruyó por ese camino desde tan temprana edad no fue esencialmente por las enfermedades, sino por los embarazos, ella sabía bien nuestra naturaleza sobrenatural, quizá esa fue su manera de impedir un bebé sobrenatural en la familia.

Naturalmente, no fui la única que pasó por esa charla. Los chicos también la recibieron.

—Olvidaba que eras la responsable —dice con algo de ironía.

—¿Por qué estás tan molesto? —le indago, ladeando unos centímetros mi cabeza hacia el lado derecho.

—No estoy molesto, ¿por qué habría yo de estar molesto? Es ridículo —está atrapado, cuando comienza a hablar de esa manera, auto justificándose, se delata.



Danparamo

Editado: 03.06.2019

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