Malvada Belleza©

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Capítulo 14. Cita que no es cita.

Ha pasado un día desde que Brant vino y fue mi apoyo para ayudar a esa chica que despertó muy desorientada, casi se arrodilla frente al chico para pedirle perdón por haberle hecho ese pedido, los padres del joven estaban un poco asustados por lo que pudiese pasar pero dejé ese incidente como uno aislado, claramente si vuelve a ocurrir no habrá disculpa que los salvé, la situación según me explicó Brant, pudo ser mucho peor de lo que fue.

—Tengo sueño —Kian bosteza largamente.

— ¿No dormiste bien? —sacude su cabeza en negación.

—Estuve haciendo un trabajo, soy muy malo con los números, lo sabes —hace un moflete deforme—: tengo que estudiar el triple que los demás para no quedarme atrás.

— ¿Necesitas ayuda? —lavo el último plato de la cena.

—No, lo haré por mi cuenta —inclino un poco la cabeza, dedicándole una mirada de poca credibilidad—. De verdad, si necesito de tu ayuda iré a buscarte.

—Está bien —no es que yo sea la mejor en matemáticas pero, nunca reprobé. Siempre fui mejor en química y en lenguas, esas materias fueron mi fuerte desde que tengo memoria.

Recuerdo que tengo que hablar con mis hermanos sobre lo que son.

— ¿Cómo seguiste de tu malestar? —decido abordar el tema por ese lado.

—Mejor, las pastillas funcionaron.

— ¿No te ha ocurrido nada extraño? —curvea su cabeza.

— ¿Cómo qué? —De pronto niega aterrorizado—, no voy a tener la charla de los cambios físicos de un hombre contigo —su cuerpo se estremece—, de solo pensarlo me da repelús —libero una risa.

—No, no me refería a eso.

Recuerdo cuando le cambió la voz, hubo un tiempo en que hablaba tan delgado que Damián lo molestaba por ello, incluso papá le hacía uno que otro comentario a modo de broma. Seco mis manos para mirar hacia fuera, falta poco para que anochezca.

—Kian —Damián entra en la cocina—. ¿Te comiste las peras que había llevado a mi habitación?

— ¿Peras? —inquiero.

—Hay un árbol cerca del invernadero, lo descubrimos el otro día —me cuenta Dam—. Te dije que eran mías, tú tenías las tuyas.

—Me las comí muy rápido —sonríe mi otro hermano, con mucho descaro—, no seas egoísta, mamá siempre dijo que debíamos compartir.

—Tu no me prestas tu computadora —contesta el otro—, no te comas mis peras.

—Kian —suspiro—, sabes que son las frutas que más le gustan, si hay un árbol solo ve a cogerlas —agito las cejas—. Damián —sus ojos se posan en mí—, la ropa que estás apilando en la cesta de tu habitación no va a lavarse sola.

— ¿No lo harás tú? —me pregunta extrañado.

— ¿Disculpa? —Arqueo mis cejas—, no tenemos empleada y me niego a ser la de ustedes —miro a Kian también, pues no he visto su ropa sucia por lo que no sé dónde la está dejando—. La lavadora está en el cuarto de lavado, el que está por esa puerta detrás de la escalera —les sonrío—, si quieren ropa limpia tendrán que lavarla.

—Pero, tienes que cuidarnos —se queja Damián.

—Una cosa es cuidar —inspiro—, otra hacer sus deberes.

—Extraño a nana —se queja Kian—, nunca teníamos que lavar nada, todo aparecía limpio mágicamente —hace un moflete.

—Bueno, nana no está y ustedes ya son unos hombres —les expreso—, ocúpense de sus asuntos, no piensen que voy a tocar sus calcetines mal olientes.

—Ey, mis calcetines no son mal olientes —contraria Kian.

— ¿No? Si te pones el mismo par como por dos semanas —se burla Damián.

—Ya verás —quien se reía se va corriendo escalera arriba con mi otro hermano tras él, veo que el último en salir ha dejado los trastos sucios sobre la isla de la cocina.

Respiro largamente, si pienso que decirles sobre lo que somos será un reto no quiero ni pensar en cómo va a ser terminar de educarlos. Ambos son muy mimados, no digo que yo no lo sea pero al menos sé cómo usar una lavadora, separar las prendas y encender la secadora, ellos no han lavado un plato más de cinco veces en sus vidas, no saben pasar una aspiradora, ni desempolvar, en realidad, solo saben tender la cama, me parece que es todo lo que papá les obligó a aprender sobre quehaceres domésticos.

Recuesto mi cabeza en la nevera, nunca pensé en tener esta responsabilidad sobre mis hombros.

Oigo un leve golpeteo, Solomón se pone en pie para ir hacia la puerta principal. Lo sigo de cerca, sonidos de risas provienen de fuera, salgo en brevedad puesto que la puerta se encuentra abierta. Diviso a Mat y Jake, ambos están haciendo huecos en el jardín con una pala, el primero termina de cavar mientras el segundo siembra una pequeña planta sin flores.



Danparamo

Editado: 03.06.2019

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