Mamá por un día

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5 a.m. La llamada de mamá

El incesante sonido del teléfono resuena por la habitación, aún está oscuro dentro y fuera del apartamento. Lo único que interrumpe la tranquila noche es el tono agudo del teléfono que no ha dejado de sonar los últimos cinco minutos. La chica sobre la cama parece ignorar todo lo que no sea su cabello negro desparramado sobre la almohada, el ventilador, que funcionó toda la noche, provoca que sus rebeldes cabellos revoloteen sobre su rostro causándole cosquillas en la nariz.

De un momento a otro el ruido cesa, pero solo unos segundos, inmediatamente vuelve a resonar por la habitación subiendo su volumen. La persona al otro lado de la línea debe estar desesperada si insiste tanto al llamar, sí o sí, la pelinegra sobre la cama era necesitada.

Cansado del molesto sonido, el golden retriever de no más de dos años se levanta desde la esquina izquierda de la cama, aunque más que levantarse, se arrastró hasta llegar junto al rostro de su dueña. Los dos años de experiencia junto a ella le enseñaron la infalible técnica de lamer su cara para desertarla, poco a poco, lengüetazo a lengüetazo, el rostro de la chica se comenzó a llenar de saliva de perro.

Junto al sonido del teléfono, las lamidas en su rostro y el olor de la comida que el canido disfruto la noche anterior, le era imposible seguir durmiendo. Con pereza, alargó la mano hasta tomar el móvil sobre la mesa de noche. La tambaleante superficie, a la que le faltaba una pata desde hace tres meses y se sostenía por un libro de viajes, quedó vacía por el barrido que hizo con su brazo.

El humor del cachorro terminó por agotarse al oír el golpe de la lámpara al chocar con el suelo, enojado soltó un ladrido agudo cerca del oído de su dueña que terminó por despertar y sentarse en la cama. La pantalla del celular iluminaba su rostro, y un nuevo ladrido de Luka la instó a contestar la llamada.

­-¿…sí…?- su voz aún adormilada, un poco seca y pastosa, de reojo buscó el reloj, con su incesante ticktack desde la pared izquierda, esquina superior… el lugar más lejano del cuarto. Aunque quisiera, ese reloj de pared la seguiría hasta la tumba.

Suspirando, mientras esperaba oír la voz al otro lado de la línea,  se limpió los ojos y volvió a mirar, enfocando por fin las finas manecillas azules, dando lentamente la vuelta. 5 am… ¿Quién podía llamar a esa hora… día sábado? ¡Y en vacaciones!

-Ka, cariño, es mamá- la voz un poco ronca de su madre la hace dar un brinco, aún estaba media dormida sobre la cama- no te duermas, voy hacia allá ahora mismo.

Ante el repentino anuncio, Karla ladeó el rostro y dirigió su mirada al reloj nuevamente, confirmando la hora. No podía imaginar por qué su madre iría a las cinco de la madrugada a visitarla, y temía preguntar. Luka, confundido igual que su dueña, gruñó suavemente, llamando su atención. Su gran cuerpo amarillo pareciera vibrar cuando lo hace, lo que provoca una sonrisa en la morena.

-Bien, supongo…- murmuró hacia el móvil antes de girar en la cama, bajando ambos pies mientras que su mano izquierda buscaba el interruptor de la luz sobre el velador- te espero en la sala…- un poco dudosa, se quedó con el movil pegado al la oreja, pero nada más vino del otro lado de la línea, por lo que bajó el celular a sus muslos, dejándolo descansar allí.

Como si no fuera importante, o más bien, sin prestar mayor atención, Luka se recostó en la cama dispuesto a dormir. Algo que su querida dueña no podría volver a hacer, no por ese día.

Resignada, la chica de negros cabellos y ojos un poco caídos, se puso en pie, buscando las pantuflas. Un par de color amarillo que compró días atrás, pensando que eran lindos. Como patitos. Un poco envidiosa de Luka, se dirigió a la sala, apagando la luz antes de salir del cuarto.

Una decoración con pintura fluorescente iluminaba suavemente el lugar, por lo que no necesitaba luces, al menos para moverse. Pero esperaba a su madre, así que encendió la luz que dio un chasquido ante la presión de sus dedos en el interruptor. Si bien quería seguir durmiendo, tenía que abrir la puerta, nunca había dado copia de las llaves a sus padres.

El apartamento no era muy grande, lo suficientemente cómodo para una soltera con un lindo cachorro. Constaba con dos habitaciones, la que usaba para dormir con Luka, y la otra destinada a servir como oficina o sala de estudio. Tenía una cocina comedor, por lo que la mesa para invitados no existía. Karla solía comer en la barra, o en el sofá. Un baño con ducha, algo pequeño pero que satisfacía sus necesidades, solo debía bañar a Luka con mucho cuidado.

La sala en la que se encontraba, tenía un estante con algunos libros y adornos de escuela, como diplomas y fotografías. Dos sofás individuales y uno para tres personas, mesa de centro transparente con el que más de una vez había golpeado su pantorrilla y una peluda alfombra que solo reunía tierra.



Lena Díaz Riquelme

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En el texto hay: romance juvenil, comedia, maternidad

Editado: 18.02.2018

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