Mariana

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9- Fermín

La casa estaba en mejores condiciones por dentro que por fuera. Incluso podría decirse que resultaba acogedora de no ser por el agujero del techo por el cual se veía el cielo azul. Frente a nosotros, sentado en el suelo observándonos, había un muchacho. Las huellas que seguimos hasta allí posiblemente fueran de él. El chico, delgado y un poco más bajo que yo, de pelo moreno y una expresión asustadiza, no dijo nada.
Fui yo el que entabló conversación.
—Te hemos seguido hasta aquí —le dije —. ¿Vives en esta casa?
Negó con la cabeza.
—Aquí vive mi abuelo —dijo —. Yo vivo en el pueblo.
Calculé que tendría aproximadamente entre once y doce años. Sus ojos tan claros que parecían cristalinos no me perdían de vista. Su cabello rubio, algo largo se agitaba por la brisa que entraba por el techo.
—Os vi ayer, antes de la tormenta —dijo de nuevo —. Os fuisteis corriendo.
—Queríamos saber que era ese sonido...ese aullido que a veces resuena en el bosque. Creo que nos asustamos cuando empezó a tronar —le contestó, Mariana.
—¿Queréis saber que es ese aullido? Yo os lo puedo explicar.
—¿Tú lo sabes? —Le pregunté.
—Sí, tiene una explicación muy sencilla.
—¿Y cuál es? ¿Podrías decírnoslo de una vez? —Me estaba impacientando. Al poco noté que Mariana me tomaba por el brazo para que me tranquilizase.
—Es mi abuelo.
—¿Tu abuelo?
—Sí, todo el mundo piensa que está loco. Por eso vive recluido aquí, en mitad del bosque. Lo que ocurre es que es ciego y a veces se desespera, sobre todo cuando está solo. Le da por chillar y ese es el sonido que habéis escuchado, no hay nada extraño en ello y mucho menos sobrenatural como mucha gente opina. Pero yo prefiero que sigan pensando así, eso evita que vengan a curiosear por aquí.
—¿Está aquí ahora? —Preguntó mi prima.
—Ahora duerme. Yo le traigo unas pastillas que le ayudan a descansar. Está en esa habitación —Señaló la puerta, bastante desvencijada que tenía a su espalda.
—Entonces no es un misterio como pensábamos —afirmó, Mariana un poco decepcionada.
—¿Os gustan los misterios?
Asentimos los dos.
—Entonces habéis llegado al lugar idóneo. Mi abuelo sabe muchos misterios de este bosque, como el de la viuda negra o el pozo de las almas perdidas o ese otro de la niña de la cueva.
Abrimos la boca emocionados al escuchar aquellos nombres. Nuestra sangre aventurera hervía en nuestras venas.
—¿Podríamos hablar con tu abuelo? —Le pregunté.
—Hoy no. Cuando se toma las pastillas duerme como un tronco hasta el día siguiente. La verdad es que se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo, pero cuando era joven era un reconocido escritor. Fue muy famoso en España y en Iberoamérica...
Aquella mención a mi particular afición me atrapó del todo. Ardía en deseos de hablar con ese anciano ciego. Todo un maestro que podría guiarme a través de los misterios de la escritura.
—Venid mañana al amanecer y podréis hablar con él. Por cierto, me llamo Fermín.
Nos tendía la mano y yo primero y después mi prima se la estrechamos. También nos presentamos los dos.
—Yo soy Álvaro y ella es mi novia, Mariana.
Mi prima me miró sonriente cuando la presenté de esa forma. Yo tan sólo quería dejarlo bien claro ante aquel jovencito para que no tuviera la intención de hacerse ilusiones con respecto a  ella. No me gustaban nada las miradas que le dirigía de soslayo.
—También somos primos —explicó, Mariana —Vives en el pueblo, entonces.
—Sí. ¿Y vosotros?
—Vivimos en la mansión que hay a la entrada del bosque —contestó la chica.
—Entonces tú debes de ser la hija del pintor. Me extrañaba no haberte visto nunca por el pueblo, ahora lo comprendo.
—¿Qué es lo que comprendes? —Quiso saber mi prima.
—Todo el mundo dice que tu padre nunca te deja salir de esa casa. Que es un pintor excéntrico y que desde que murió su mujer se volvió un poco loco.
—Eso no es cierto —replicó, Mariana —. Mi padre no está loco...y yo salgo cuando quiero o acaso no lo ves.
—Eso es lo que se cuenta por ahí —se defendió Fermín —. No estoy diciendo que yo lo crea. Ocurre lo mismo que con mi abuelo. Todo lo que se sale de la normalidad es digno de ser tergiversado y ridiculizado y eso me enfurece.
—Lo creas o no, no es cierto —dije yo defendiendo a mi prima —. Ya la has escuchado.
—Lo siento —dijo el muchacho —. No era mi intención molestaros.
Ella aceptó las disculpas proponiéndole dar un paseo por el bosque con nosotros.
—Vale —dijo —Os enseñaré algo si tanto os gustan los misterios. A mí me lo contó mi abuelo. Me hizo prometerle que nunca me acercaría por ese lugar, pero si voy con vosotros no tengo nada que temer.
Aceptamos encantados y seguimos a Fermín, bosque a través hasta una pequeña hondonada en la que se abría la boca de una cueva. Estaba rodeada de altos y retorcidos pinos, otorgándole un aura de misterio.
Del interior de la caverna surgía un fétido aliento a podredumbre. La oscuridad en su interior era total y no nos atrevimos a traspasar el umbral.
—Deberíamos traer algo de luz la próxima vez —dije yo.
Fermín me miró con cara de espanto.
—¿No pensaréis entrar ahí? —dijo muy asustado.
—Claro, ¿por qué no?
—Por lo que se dice de esta cueva. La leyenda cuenta que una niña se perdió dentro y no pudo volver a salir. Algunas personas que entraron en la cueva dijeron haberla visto. Siempre se aparece solicitando ayuda, pero su única intención es atraerte a su interior y hacer que te pierdas como a ella le sucedió.
Un escalofrío me recorrió la espalda. La historia era muy sugestiva, aunque tan solo se tratase de la típica leyenda.
Miré a mi prima y ella asintió con la cabeza leyendo mis pensamientos.
—Mañana vendremos y traeremos luz. Tú no tienes por qué entrar si no quieres —le dije —, pero te agradeceríamos que nos trajeras hasta aquí. No he memorizado bien el camino y no sé si seré capaz de encontrarlo.
Fermín nos miró como si nos hubiésemos vuelto locos y yo sonreí al ver su nerviosismo.
—De acuerdo —dijo —. Os traeré hasta aquí en cuanto terminen las clases del colegio. ¿Vosotros no vais a ningún colegio?
—Tenemos una profesora en casa —dijo, Mariana.
—¡Vaya suerte! —Exclamó el chico —¡Ojalá también pudiera yo estudiar en casa!
Nos despedimos de Fermín al acercarse la hora de comer. Echamos a correr en la dirección que nos indicó el muchacho y pronto encontramos el sendero que nos trajo de vuelta a casa.
En nuestros pensamientos solo cabían un par de ideas: Hablar con aquel anciano escritor y visitar la misteriosa cueva de la niña.



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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