Mariana

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20- La mina

Llegamos junto a la solitaria cueva cuando ya era noche cerrada. Mi tío iluminó con los faros del automóvil la boca de la caverna para disponer de algo de luz y luego bajó, exigiéndonos que nos quedásemos dentro del coche.
—No tardaré —nos dijo —. Si Fermín está ahí, le encontraré.
Estuvimos esperando más de media hora a que el padre de Mariana volviera. Pero no había señal de él.
—Está tardando mucho —dijo mi prima.
Asentí. Quizás, me dije, tuviera algún problema. Habíamos prometido no entrar en la cueva pero y si necesitaba nuestra ayuda.
Estaba a punto de desobedecer a mi tío, cuando le vimos aparecer. Venía solo y manchado de barro. Negó con la cabeza cuando llegó junto a nosotros.
—No he visto a nadie —nos dijo mientras apagaba la linterna eléctrica que tuvo la precaución de llevar —. Sí está dentro, debe de estar muy bien escondido.
—Estoy seguro de que está ahí —dije —. Si entrase yo, quizás saldría de su escondite.
Mi tío me miró muy serio sopesando los pros y los contras de mi exposición. Sabía que llevaba razón. Si Fermín quería permanecer oculto, nunca saldría ante un desconocido. A mí me conocía y además era un niño como él.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo? —Me preguntó.
Respondí que sí y él, meneando la cabeza, me entregó su linterna.
—Ten mucho cuidado, Álvaro. Si dentro de quince minutos no le has encontrado, entraré a buscarte y volveremos a casa. ¿De acuerdo?
—Sí, tío —contesté.
Encendí la linterna, miré a mi prima que me sonrió y entré en la cueva.
La oscuridad, que el haz de la linterna no alcanzaba a despejar, cayó sobre mí con su manto de negrura. Tan solo podía escuchar el eco de mis pasos y el monótono ruido del agua al gotear. Dos sonidos que me parecieron muy lejanos.
Me interné muy adentro y pronto llegué a la sima donde la vez anterior rescaté a mi prima. Estaba solo pero tenía la extraña sensación de que alguien me observaba desde la oscuridad. Como si unos ojos invisibles estuvieran clavados en mí.
Es mi imaginación, me dije respirando hondo. Si piensas en ver cosas, las verás, aunque no sean reales.
Grité el nombre de nuestro amigo y el eco me trajo repetidas mis palabras a través de las angostas galerías.
Poniendo toda mi atención bajé hasta al fondo de la sima buscando asideros en las rocas. Con la cuerda hubiera sido mucho más fácil, pero esta vez no disponía de ella.
Una vez en el fondo, tanteé las paredes buscando la puerta de madera que Mariana dijo ver. La encontré instantes después.
Es cierto, me dije, mi prima no se había equivocado. Sospechaba que todo fue fruto de su imaginación, pero no estaba en lo cierto.
La puerta se abrió con un espeluznante chirrido. La humedad había hinchado la madera haciendo que costase mucho abrirla.
Metí la cabeza y la linterna por el hueco que había conseguido abrir y lo que vi me dejó sin palabras.
Aquello, más que una cueva, parecía una mazmorra.
Las cadenas, sangrando con el óxido, colgaban del techo y las paredes reflejando la luz de la linterna. Sobre una vieja mesa de madera había un surtido de herramientas muy peculiar: Una hoja de sierra, un hacha y varios cuchillos sucios de sangre reseca. Porque era sangre lo que los cubría, descubrí al acercarme.
Esas cosas no deberían estar allí, me dije con un escalofrío. Parecía una sala de torturas como las que había leído en alguna ocasión. La guarida del asesino.
De repente sentí la imperiosa necesidad de salir de allí a escape, pero me controlé como pude y seguí investigando muy a pesar mío.
Sí en algún momento hubo allí el cuerpo de alguien, hacía mucho tiempo que se lo habían llevado. Ese lugar estaba vacío y Fermín, gracias a Dios, no se encontraba allí.
Al fondo de la sala de torturas distinguí otra puerta. Parecía cerrada a simple vista o eso era lo que esperaba yo, pero al empujarla, se abrió también.
Tenía que saber lo que había al otro lado. No había llegado hasta allí para dar media vuelta en el último momento.
Traspasé la puerta y me encontré con un largo corredor cuyas paredes estaban entibadas.
— Es la mina de carbón —susurré muy bajito. Una bocanada de fétido aire azotó mi rostro cuando me interné en el corredor, un aire viciado y viscoso que me produjo arcadas. Continué andando y llegué a una sala mucho mayor que las que había visto hasta ahora. Una vagoneta volcada y con su carga de carbón desparramada por el suelo, me impedía seguir avanzando. Los viejos raíles no llevaban ya a ninguna parte, se acababan bruscamente junto a un montón de escombros. En algún momento del pasado hubo un desprendimiento bloqueando el acceso al resto de la mina. O eso era lo que parecía en un primer momento, porque al fijarme bien, encontré una salida que permanecía oculta a la vista.
Vi huellas recientes en el polvoriento suelo. Unas huellas pequeñas, del tamaño de mis pies y otras mucho mayores. Las huellas de un adulto.
Fermín debía de haber pasado por allí, lo que no sabía era si él seguía las huellas grandes o estás le seguían a él. Lo que comprendí, no sin asustarme un poco, fue el saber que posiblemente no me encontraba solo allí dentro. Dos personas, un niño y un adulto habían recorrido mi mismo camino hacía muy poco.
Pensé que había llegado la hora de regresar junto a mi tío y Mariana. Sí Fermín se ocultaba allí y estaba sano y salvo, ya saldría en algún momento.
Iba a darme la vuelta para desandar el camino que me llevaba a la salida, cuando noté unas manos que me aferraban por los hombros.
Mi grito resonó por las galerías de la vieja mina. Un grito de horror y espanto.  



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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