Mariana

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34- Un regalo sorpresa

Estuve cerca de dos semanas sin poder abandonar la cama hasta que las fracturas de mis huesos terminaron de curarse.
Una soleada mañana de junio, Mariana entró en mi cuarto y abrió de golpe las cortinas dejando entrar la arrebatadora luz del sol que lo inundó todo.
—Vamos a dar un paseo, Álvaro.
Sonreí y no sin esfuerzo me incorporé en la cama.
—Donde me vas a llevar, doctora —bromeé.
—Es una sorpresa —dijo mi prima sonriendo enigmáticamente.
Me ayudó a sentarme en la silla de ruedas y empujándome, salimos al jardín. Allí nos esperaba mi tío con una sonrisa tanto o más misteriosa que la de su hija.
—¿Qué tal te encuentras, Álvaro? —Me preguntó.

Unos días atrás tuve una conversación con él. Le pedí perdón por haber desobedecido sus ordenes y sobre todo por haber puesto en peligro a Mariana. Él aceptó mis disculpas en silencio.
—Tengo que contarte algo, tío —le dije.
—¿Qué es, Álvaro?
—No sé cómo decirlo, pero...Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba y es que llegué... Llegué...
—Lo sé. Sospechaste de mí, ¿verdad?
Asentí.
—Lo siento... Yo...
—No tienes que disculparte, Álvaro. Fue un cúmulo de casualidades. Yo en tu lugar también hubiera sospechado de mí.
—Fui un tonto —dije —. Por mi culpa estuvieron a punto de matar a Mariana, nunca me lo perdonaré.
—No fue culpa tuya. Salvador estaba loco, toda la culpa es suya.
—Estaba seguro de saber quien era el asesino. Todo encajaba, el gemelo que encontré en la cueva, tus ausencias...Me equivoqué y lo siento.
Mi tío se sentó a mi lado y pasó su brazo por mi hombro.
—Mariana me ha contado... Lo vuestro. Te gusta, ¿verdad?
—Sí, señor. Me gusta muchísimo...
—Fuiste muy valiente al ir a rescatarla. Un poco inconsciente, pero muy valeroso por tu parte. Gracias a ti sigue viva, sí, no me mires así. Yo también sospechaba que os traíais algo entre manos. Aquella noche, cuando secuestraron a Mariana, yo había salido, pero en realidad os estaba espiando. Vi entrar en casa una figura que no llegué a reconocer y cuando salió, llevando a Mariana en brazos, le seguí. Tuve que hacer un esfuerzo para no delatarme y rescatarla y machacar a ese desgraciado. Hubiera podido hacerlo pero temía no ser capaz de impedir que mi hija sufriera algún daño, por lo que le seguí hasta la cueva. Sabiendo donde se escondía, acudí a avisar a la policía. Pase todo lo que quedaba de la noche dando explicaciones y tratando de que me creyeran. Cuando lo conseguí, partimos hacia la cueva...Llegamos justo a tiempo, gracias a Dios...
Le miré sorprendido y le di las gracias de nuevo por rescatarnos. Nunca más volvería a dudar de mi tío. Estábamos vivos gracias a él.
—Por cierto, Álvaro...No creo que tenga que explicarte lo jóvenes que sois...¿Me entiendes? Tendréis todo el tiempo del mundo para...ya sabes.
Me sonrojé. Le entendía perfectamente.
—Una cosa más. Cuando os caséis y me deis un nieto, me gustaría proponer un nombre para él, si es un niño, naturalmente.
Le miré como quien no entiende de que le están hablando.
—Me gustaría que le llamaseis Álvaro, como su padre. La persona más valiente que he conocido en mi vida...

—Estoy bien, tío —le dije, volviendo al presente —. Mariana me cuida como una madre cuidaría a su hijo. Creo que gracias a ella, volveré a caminar muy pronto —mi prima se sonrió al escucharme.
—No sabes cuanto me alegro de oír eso —dijo mi tío llevándome hasta un rincón oculto del jardín —. Ella ha sido, también, la que ha planeado esto. A mí no me mires.
Por esto, se refería a una enorme carpa que habían montado en mitad del jardín. Había globos por todas partes y guirnaldas y casetas donde disfrutar del tiro al blanco e incluso una tómbola y una pitonisa que decía leer el futuro en las cartas. Era una feria como las que había visto en Madrid en las fiestas populares.
—Es por ti, Álvaro —continuó mi tío —. Mañana es tu cumpleaños y hemos decidido celebrarlo por todo lo alto. Todo el pueblo está invitado. Ya va siendo hora de que la gente diga algo bueno de este lugar, no lo que se escucha por ahí, que si soy un pintor loco o un excéntrico o no sé cuantas cosas más...
—Eso no debería importarte, tío. Yo sé que eres la mejor persona del mundo —le dije, todavía un poco consternado por haber dudado de él.
—Todos me han ayudado a hacerlo —dijo, Mariana —. Mi padre, Lorenzo y Matías e incluso Fermín.
—Por cierto, ¿dónde está Fermín? —Pregunté. No le había visto desde aquel día.
—Sigue empeñado en restaurar la casa de su abuelo —me explicó, mi prima —. Creo que lo conseguirá, ha puesto mucho empeño en ello.
—No pude pedirle disculpas por lo que le pasó por mi culpa. Esa noche estaba tan nervioso que no me preocupé por él.
—No fue nada. Solo un rasguño en la cabeza—dijo, Mariana.
—Cuando le vi, creí que sería mucho más grave. Sangraba mucho.
—En realidad, según dijo el medico, no se explicaba como había sangrado tanto con un corte tan pequeño, pero es que las heridas en la cabeza son muy escandalosas.
—Sí, será eso.
No seguí pensando en ello hasta que esa misma tarde oímos una escalofriante noticia en la radio. Entonces ya no pude dejar de pensar en nuestro común amigo.
El cuerpo de Renato Sainz, el padrastro de Fermín, había aparecido muerto en el bosque que rodeaba nuestra casa. Muy cerca de una cueva que nosotros conocíamos demasiado bien.  



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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