Mariposa de invierno

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—¡Feliz cumpleaños! —vitorearon sus padres tirando confetis y explotando bolas de celofán. Leonora levantó una ceja mientras observaba el pastel de fresas tamaño familiar que le habían comprado y los sombreros de fiesta que llevaban en la cabeza. Detrás de sus padres, su hermano menor soplaba un silbato con expresión fastidiada.

Leonora observó toda la parafernalia sin saber cómo actuar ante aquel teatrito. Sus padres se comportaban como si ella tuviese dos años y no veintisiete. León, su hermano, acababa de cumplir los veintidós la semana pasada y por su expresión estaba segura de que había sido injustamente obligado a comportarse como si estuviese en medio de la fiesta de su amiguito del jardín de infantes.

—Wao... —dijo intentando sonar sorprendida—. Esto es... —Ella tomó en sus manos el vaso con dibujos de Toy Story en tonos rosa y azul—. ¡Adorable! —exclamó con una sonrisa. Detrás de ella su hermano se pasaba el puño izquierdo con el pulgar levantado por el cuello y luego señalaba el pequeño regalo que sus padres llevaban en las manos.

"Estás muerta"

Susurró a modo de advertencia y ella hizo un movimiento para quitarse de la mesa.

—Bueno, si eso es todo creo que yo me voy a descansar, ya saben ando exhausta por todo lo de la... —apresurada por la advertencia de su hermano trató de marcharse lo más rápido posible, pero su padre la mantuvo en su lugar, mostrándole una enorme sonrisa y sosteniendo la silla de ruedas con firmeza en su sitio.

—Mi nena —dijo—, mi Leonora —agregó y ella supo que algo iba a salir muy mal. Esas palabras solo eran pronunciadas en la boca de su progenitor cuando este estaba por decir algo incómodo.

Su padre se inclinó hacia un lado para mirarla a los ojos, acomodándose a su lado izquierdo para quedar a su altura. Nigel colocó en las manos de Leonora un pequeño sobre, su regalo de cumpleaños, envuelto en papel de colores y con un llamativo moño encima. Su hermano soltó un suspiro, parecía más derrotado que ella.

—No puedes irte sin ver tu regalo—La voz del hombre sonaba como una trampa. Leonora miró de manera disimulada a León, quien negaba con la cabeza.

Ella se mordió el labio cuando su madre habló.

—Ábrelo nena —dijo Nicoletta—. Vamos—Ella parecía emocionada y eso solamente aumentó la sensación de peligro.

Leonora suspiró resignada y tomó el sobre abriéndolo con cuidado. Ella quitó el moño, dobló con delicadeza el papel de regalo y se tomó un par de segundos para observar el contenido del mismo, mientras sus padres le miraban con expresión atenta.

—¿Qué es esto? —preguntó frunciendo el ceño, levantando el rostro.

—Pensamos que te gustaría —dijo el hombre con una sonrisa brillante.

—¿Porque se supone que esto iba a gustarme? —Les cuestionó colocando los papeles de vuelta dentro del sobre. La pareja se miró.

—Pensamos que lo necesitas —Su madre se veía preocupada. Estaba fingiendo aquella gran sonrisa.

—No lo necesito —gruñó dejándolo en la mesa. León se llevó la mano a la frente y luego observó el regalo de sus padres.

Era el recibo de su inscripción a un campamento de convivencia con la naturaleza, o mejor dicho, un grupo de apoyo disfrazado para los amantes de las acampadas... Y para aquellos dispuestos a dejarse engañar por sus familias.

Ella miró con repelús la enorme sonrisa de los chicos en el panfleto.

Lo había decidido hace tiempo, no iba a ir a ningún lado.

Leonora hizo una mueca, encontrándose con la mirada ilusionada de sus papás, ellos siempre fueron así, hacían lo que querían cuando querían, Leonora había perdido la cuenta de las veces que le concertaron citas a ciegas o habían aparecido en el teatro exigiendo que le dejaran un día libre a su hija; no eran malas personas, pero eran demasiado demandantes como para tener en cuenta la independencia de su retoño.

Ella jaló las ruedas de su silla y la empujó llamando a su hermano.

—¡León! —exclamó—. ¡Súbeme a mi pieza! —El chico asintió, corriendo desde su sitio para levantarla de un tirón. No era muy difícil sostenerla y ya estaba acostumbrado a moverla de un lado a otro, después de todo, desde el principio ella se negó acomodarse de manera temporal en la habitación de abajo.

Una semana atrás la habían enyesado porque un motociclista idiota la arrolló. Por suerte solo se había quebrado las piernas (más suerte hubiera sido salir ilesa, pensaba Leonora), sin embargo, el proceso de recuperación sería demasiado lento para su gusto, al menos si quería curarse por completo.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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