Mariposa de invierno

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—¿Salir? —preguntó Leonora confundida—. ¿No se supone que estamos en algo así como aislamiento? —dijo, mirándolos con obvia desconfianza.

—Para nada —comentó, encogiéndose de hombros—, salimos de vez en cuando, nos devuelven los celulares, nos dan nuestras tarjetas y nos vamos de paseo —explicó sentándose cerca de Leonora, poniendo cara de sabiondo—. Claro que, las salidas son un privilegio que no todos tenemos.

—Edmundo tardó mucho en que le dieran permiso para andar afuera —agregó Mozart, encogiéndose de hombros—. Supongo que tu progreso es más rápido que el de nosotros, por eso, aunque solo llevas tres semanas dentro, te han dado permiso para los paseos —dedujo, llevándose el dedo índice a la barbilla, en una mueca pensativa—. O puede que nosotros estemos demasiado jodidos en comparación. No lo sé.

—Ya... —Leonora hizo una mueca de desconfianza, pero igual no dijo nada. Todo aquello le parecía de lo más extraño, sin embargo, no dijo nada. Después de todo si la estaban dejando salir, no iba a ponerse intensa con el asunto y a desperdiciar la oportunidad.

Su mirada se dirigió por un segundo a Abraham, preguntándose cuanto habría tardado él en conseguir el permiso.

—No pongas esa cara, tampoco es la gran cosa —dijo Edmundo, encogiéndose de hombros—. En realidad, si fuera por mí, no saldría ni aunque me pagaran —espetó, muy convencido de sus propias palabras, frunció el ceño y luego miró a Abraham—. Ah... Y... Tú también puedes venir.

Abraham entreabrió los labios, mirando a Edmundo con fijeza, como si no entendiera lo que acababa de decir.

—¿Perdón? —preguntó frunciendo el ceño y ladeando el rostro de manera ligera.

—Que puedes venir —aclaró, sin mucho humor en sus palabras. Abraham ignoró su tono de manera deliberada y adoptó una mueca pensativa. Su falta de reacción solo logró que Edmundo se fastidiara un poco. Leonora no entendía porque no conseguían caerse bien—. O, mejor dicho —agregó el muchacho, luego de aclararse la garganta—. El doctor dijo que tienes que venir, Mozart va a ser tu padrino, o algo así —continuó diciendo, al tiempo que fingía desinterés.

—Por supuesto, también voy a aprovechar para tener un pequeño paseo con mi pequeño petirrojo desplumado —Mozart levantó una mano en señal de victoria antes de sentarse al lado de Leonora. Su sonrisa estaba llena de confianza, pero Leonora frunció el ceño ante el apodo.

—¿Petirrojo desplumado? —preguntó, haciendo una mueca.

—Si ¿A poco no suena romántico?

—Eres todo un Mr. Darcy.

—Aún tengo el toque —murmuró el hombre, mirándose las uñas, en una pose sobreactuada.

—Payasos —Edmundo trató de sonar malhumorado, pero tenía una pequeña sonrisa en los labios cuando habló. Sin embargo, casi de inmediato perdió la suavidad en sus facciones—. ¿Y bien? —espetó, dirigiéndose a Abraham.

—¿Y bien qué? —respondió este, mirando a todos lados, temiendo haberse perdido una parte importante de la conversación.

—¿Vas a ir por tu propio pie o tendremos que llevarte a la fuerza? —Le cuestionó en tono retador. Leonora no estaba segura si el muchacho estaba acostumbrado a que Abraham pusiera resistencia a todo, o, por el contrario, solo estaba buscando pelea.

—Ummm...—guardando un prudente silencio, pensó en su respuesta y después habló—, estaré a las siete en la camioneta ... ¿A esa hora salen cierto?

—Cierto —convino Mozart—. Y bien, ya que está todo este asunto aclarado ¿Podemos cenar? —preguntó—. Tengo hambre y a mí me prometieron estofado.

Leonora negó con la cabeza. Había aprendido algo de Mozart en el poco tiempo que llevaban conviviendo y es que cuando quería dar por terminada una conversación, lo hacía sin más y de manera fulminante. Si tú intentabas continuar con ella, él podía decirte claramente que te callaras, o, por el contrario, si la plática le interesaba, él iba a obligarte a hablar.

Ese momento era de los primeros y Abraham lo estaba aprovechando para levantarse y marcharse de la cocina con la excusa de que necesitaba realizar algunas tareas. Edmundo lo vio irse y suspiró.

—Me pregunto si se sentirá mejor —comentó en voz alta. Leonora se le quedó mirando.

—¿De qué hablas? —dijo frunciendo el ceño.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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