Mariposa de invierno

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Kitty se tomó una taza de café y pasó varias horas mostrándole a su padre, fotos de sus nietos.

La última semana, Mackenzie había comenzado a hablar con más frecuencia y tenía una grabación de la niña balbuceando uno de los temas de “La nodriza rebelde” con tanto sentimiento, como desafino.

Mozart estaba encantado mirando las imágenes en la pantalla, sus nietos eran un descubrimiento que le tenía encantado. Al igual que su hija, fueron inesperados, pero siempre agradecería el haberlos conocido.

La verdad sea dicha, él no era un hombre de familia. Nunca tuvo una relación muy cercana con su padre o con su madre, era hijo único y se quedó huérfano muy joven. Con respecto a las mujeres, no encontró a nadie con quien quisiera pasar el resto de su vida; si bien tuvo relaciones duraderas, amores apasionados, así como historias de una noche, nadie se quedó en su vida por más de cinco años. Aun así, él era un loco aventurero que, con el paso de los años, comenzó a buscar un cambio.

Cuando era joven fue actor de teatro profesional, llegando a retirarse muy joven para viajar por el mundo, hasta que consiguió un lugar en la docencia, que, de igual modo, no le duró muchos años. En general, consideraba que había tenido una buena vida, pero después de tanto tiempo siendo un vagabundo, la llegada de Kitty le dio la estabilidad que necesitaba.

Ella ya era mayorcita cuando la conoció un año atrás. Tenía veinticuatro, una bebé y un niño de tres años, además de un esposo abusivo y cara dura. Recordaba con pesar, que, en su primera reunión, ella terminó peleando con el hombre en la cocina, mientras Max lloraba en el comedor. Por suerte, el tiempo fue un buen aliado y al final ella se divorció.

—¿Cuándo vas a salir campamento ese? —preguntó, luego de darle un sorbo a su taza de café—. Max quiere verte, dice que espera que cantes en su fiesta de cumpleaños —Kitty le habló con un tono neutro, habitual en ella.

—No lo sé, tendría que hablar con el encargado —comentó encogiéndose de hombros, al tiempo que analizaba su expresión. La cara de la muchacha se mostraba seria, quizás era la genética de su madre, pero tenía un aire muy aristocrático. Su ceja derecha se levantaba de manera ligera, mostrándose incrédula ante sus palabras.

Sonrió un poco, ella tenía razón al ser desconfiada, el Doctor Martin le había dicho que, para él, ya era tiempo de salir. Sin embargo, la vida en el campamento era relajada y simple, así que decidió permanecer un tiempo más ahí, acompañando a Edmundo y Abraham, haciéndola de mediador, para que no se mataran durante la noche.

—¿Quieres que yo hablé con él? Me gustaría saber si hay algo que yo pueda hacer por tu salud. —Kitty ladeo el rostro, mirándole con ojos suspicaces.

—No, no, está bien, yo me encargaré de todo y el próximo mes estaré fuera, te aseguro que Max no se va a quedar sin un numero principal para su fiesta —prometió, tratando de no reírse. Él era un hombre tranquilo, no tenía muchas preocupaciones aparte de complacer a sus nietos y a su hija, le gustaba ser así. Ellos fueron quienes le incentivaron a cambiar su estilo de vida. No se podía quejar, le gustaba más como era ahora.

Mozart suspiró, para él la situación aún era muy nueva. No estaba acostumbrado a tener a alguien importante para él. Siendo Kitty una mujer seria, autoritaria y altiva en exceso, también resultaba extraño que no le molestase su actitud. Quizás porque en el poco tiempo que llevaban tratándose, también había descubierto el lado más frágil de su carácter; la sonrisa amable que le dedicaba sus niños, el trato sencillo que tenía con el resto, muy a pesar de su aura de superioridad y lo poco que le importaba relacionarse con personas lejanas a su posición social acomodada, eran cosas que aprendió a apreciar de ella.

—Por cierto —con una mueca disimulada, Kitty examinó la expresión de Mozart mientras hablaban—. ¿Dices que hay una chica nueva en “Sonrisas”? —preguntó, fingiendo desinterés en el tema, como si fuese algo para rellenar los espacios.

—Oh, Norita, si, es una bailarina que llegó el mes pasado, es muy guapa y tiene como tu edad —comentó con una sonrisa en los labios.

—Mmmm —Kitty se quedó en un silencio que incomodó a Mozart, otra cosa con la que estaba aprendiendo a lidiar era la posesividad y celos de su hija. Ella era del tipo que le gustaba monopolizar todo lo que le rodeaba. Era territorial por naturaleza, un amigo que de ella la había descrito en sus días de escuela como una “abeja reina”. La verdad, no resultaba difícil de imaginar, tenía buena apariencia, era inteligente y con mucho carácter. Se la imaginaba a la perfección usando su lengua afilada para imponerse sobre las otras chicas.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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