Mariposa de invierno

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—Así que no llegó —Mozart miró a Abraham, quien suspiró cansado, observando el reloj en la pantalla de su celular.

—Parece que no, supongo que no encontró espacio en su “ocupada agenda” para venir a verme —aunque trató de contenerse, su voz sonó un poco resentida.

—Lástima, esperaba poder conocerla —comentó encogiéndose de hombros en tono divertido. Kitty, quien se encontraba a unos pasos de distancia, se cruzó de brazos, aclarándose la garganta. Mozart sonrió nervioso, sabiendo que aquello era una reprimenda por su falta de tacto—. Pero bueno, que ella se lo pierde —agregó, tratando de verse un poco menos cínico.

—Esto no es justo —se quejó, cruzándose de brazos—. Se supone que hoy terminaría nuestra relación, o como sea que se llame lo que tenemos —resopló—. Pero justo ahora se le ocurre desaparecerse.

A pesar de su descarada forma de expresarse, se notaba que la estaba pasando muy mal en ese instante. Su rostro se encontraba marcado por una mezcla de sentimientos, del que se podía distinguir la frustración, tristeza y rabia entremezclada.

—Vamos, no te preocupes, a veces las cosas no salen como uno se lo imagina, pero ya que no vino, lo menos que puedes hacer por ella es terminarla por un mensaje de voz —aseguró, tratando de levantarle el ánimo. Abraham sonrió un poco, sin poder evitar que aquella minúscula muestra de humor se le escapara de los labios, sin embargo, al final volvió a quedarse serio.

—¿Puedes esperarme otra media hora? —preguntó, un poco avergonzado por la petición—. Estaré aquí un rato más a ver si viene, si no, te enviaré un mensaje.

Mozart se quedó en silencio, al principio pensó que aquello no era una buena idea, pero después de meditarlo un rato, decidió que podía darle una prórroga pequeña, aunque sea para que se desengañara con respecto a la llegada de su novia.

—Está bien —dijo, soltando un suspiro—. Daré una vuelta más con Kitty y vendré por ti en un rato.

Abraham sonrió por segunda vez, solo un poco y su mueca era muy triste.

—Gracias.

 

 

 

Luego de que León se terminara casi media cafetería y se hubiesen puesto al corriente de lo que pasaba con media ciudad, los hermanos se encontraron con que su salida se había alargado más de lo que debía.

—Mozart dijo a las doce —inquirió Leonora, lanzando su cabello hacia atrás, mientras observaba a su hermano acomodar la silla de ruedas detrás del coche. El asunto de sus piernas siempre retrasaba las salidas, pero a esas alturas, Leonora estaba un poco más acostumbrada al asunto y se acomodaba más rápido en lugares pequeños.

—Ya se, ya se señorita impaciente —León gruñía peleando con el espacio en el coche, apretando los dientes de vez en cuando, mientras fruncía el ceño, recriminándose por no haber sacado sus cosas antes de ir a ver a Leonora. Ahora estaba todo demasiado lleno y era difícil acomodar algo más—. ¿Al menos sabes dónde queda el parque de diversiones? —El golpeo el auto logrando acomodar todo en su sitio antes de ir al volante.

—Uh, no, pensé que tu sabrías —Ella frunció el ceño intentando pensar si le habían dejado instrucciones de cómo llegar al sitio. De nuevo había caído en la convicción de que su hermano podría resolver los problemas insignificantes por ella.

—Vale, usaré el maps, no creo que haya muchos parques de diversiones por aquí. —comentó, rogando porque aquello fuera cierto. Luego sacó su teléfono y soltó una maldición mientras contestaba unos mensajes—. ¡Joder! Parece que no voy a poder conocer a tus amigos —gruñó, mientras sus dedos se movían a la velocidad de la luz. Debía ser algún cliente inoportuno, en el último mes, antes de entrar a Sonrisas, León había estado muy ocupado por el aumento en su carga de trabajo.

—¿Y eso? —preguntó, sabiendo la respuesta de antemano.

—Lo de siempre, clientes con poco tiempo—dijo encogiéndose de hombros—. De todos modos, iré a dejarte a la entrada ¿Sabes cómo encontrarlos? Si tienes algún problema, llámame,

—Si mamá —respondió Leonora, con una sonrisa en los labios.

Al parecer, en efecto, solo había un parque de diversiones en la ciudad, así que, una vez marcada la localización, condujo hasta llegar al lugar con una rapidez que se mantenía, a duras penas, en la línea de lo legal. Pagó las entradas y, a pesar de sus prisas, al final la llevó hasta el sitio donde se en encontraría con los demás.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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