Mariposa de invierno

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Edmundo suspiró por enésima vez en el día. Ya estaba cansado de los sermones de su padre que se extendían hasta el punto de parecer interminables; “debes hacer esto” “no debes hacer aquello” “Levántate, camina, no arrastres la pierna” “Que ese pantalón no muestre tu tobillo” ¡Dios! Aquello resultaba casino y le estaba bajando la moral a los suelos.

Solo un par de horas con el hombre terminaban con el máximo de su resistencia. En ocasiones quería volver a “sonrisas” y olvidarse de todo, pero, no podía. Primero, porque era obligatorio salir cuando era debido y segundo, porque después del primer mes encerrado, se dio cuenta de que extrañaba a Fabricio Moreno, así que, molestia o no, aguantaba sus largos discursos durante el día para pasar un rato con él.

Desganado, trató de prestar plena atención a la cháchara de su padre, dándose cuenta de lo ligero que se había vuelto su carácter con respecto al año pasado. En general, seguía teniendo unas maneras bastante bruscas, había algo en sus expresiones que, de entrada, causaban una mala impresión, la gente decía que tenía un rostro arrogante y quizás no fuese solo su rostro.

Sin embargo, aunque era evidente que no estaba hecho un “Miss simpatía” al menos podía mantenerse callado frente a su padre sin perder los estribos. Las peleas ya no eran subidas de tono y en general, le resultaba una convivencia más sencilla. Después de todo, no importaba que tan alto se elevase la voz de Fabricio, Edmundo siempre era quien tomaba las decisiones importantes sobre su propia vida.

—Espero que cumplas con las actividades que te asignaron al pie de la letra —dijo apretando las manos sobre el volante, tratando de no desesperarse ante la fila de coches que avanzaban a ritmo lento—. Entre más rápido puedas superar lo de tu cojera, mucho mejor, no quiero que andes arrastrando los pies toda la vida. —El hombre presionó el claxon con fuerza, desencadenando una oleada de quejas por parte de los otros conductores—. ¿Sabes cuándo me gasté en esa prótesis? ¡Es lo mejor que hay! ¡Y tú aún cojeas!

Su padre era una persona intensa, igual que él, pero era buena gente la mayoría de las veces.

—La cuota de la entrada es por pasajero, no por vehículo —respondió sin hacerle mucho caso. Ya eran las doce y media así que estaban retrasados.

La entrada del parque de diversiones se asomaba desde la ventana del auto de su padre. Inclinándose un poco en su sitio, podía tener una buena vista del lugar, que se erguía en el horizonte, mostrando un festivo panorama que no iba acorde a su humor; los globos volaban rumbo a un destino lejano, los juegos mecánicos se movían, deteniéndose de vez en cuando y varios grupos de personas los rebasaban a pie para disfrutar de su visita.

Como era viernes, resultaba lógico que estuviera todo lleno, en especial cuando se trataba del primer viernes luego de la liberación de labores en los institutos y algunas empresas gubernamentales. Para Edmundo ese día no significaba nada, pero para otros, era sinónimo de libertad.

Aburrido, ladeo el rostro pensando en lo que le esperaba. Un largo día de vergüenza y humillación, una carnicería pública que su padre apoyaba de manera abierta. Chasqueo la lengua, removiéndose incómodo cuando cruzaron las puertas de la entrada, buscando un sitio libre en el estacionamiento.

Cuando se bajó del auto se colocó los lentes oscuros. La insistencia de su padre con respecto a ese tema era exagerada, como si todos fuera a reconocer al muchacho del comercial de cigarros.

—Anda, camina más rápido —insistió, casi corriendo rumbo al edificio del personal. A Edmundo desde siempre le había costado seguirle el paso el paso al andar. El hombre caminaba como si lo estuviese persiguiendo la CIA, sin embargo, luego de su accidente parecía haberse vuelto más veloz, la ansiedad de ocultarle del público era exagerada y muy obvia.

Edmundo suspiró una vez más, tratando de concentrarse en sus pies, mientras intentaba con todas sus fuerzas que las oleadas de gente que aparecía de vez en cuando, no se lo llevaran lejos.

Mientras andaba a paso dudoso, su mirada chocó con la de un conocido que había esperado no ver pronto. Abraham estaba sentado en una caseta del parque, con una pose rígida y expresión de piedra. Por pura inercia detuvo sus pasos, quedándose un momento en su sitio. El reconocimiento en el rostro del contrario terminó por desencadenar un momento en el que parecía que los dos buscaban pelea.

—¡Edmundo! —su padre le llamó, plantándose uno o dos metros lejos de él y al ver la expresión en la cara de su hijo y la pose defensiva que había adoptado, siguió su mirada hasta encontrarse con Abraham—. ¡Edmundo! —Le llamó otra vez, en esta ocasión caminó hasta él, acomodándose de modo que Abraham no viera su rostro—. ¿Ese es Abraham Auger? ¿De la Dantelion? —preguntó bajando la voz.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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