Mariposa de invierno

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Una vez que bajaron de la noria, ninguno de los dos volvió a abrir la boca. Permanecieron juntos, andando de manera forzada entre la gente, tratando de hallar a Mozart. Sin embargo, pasaron más tiempo de lo esperado rondando el parque, y con el correr de los minutos, la imagen de León en la mente de Leonora comenzaba a ser más nítida, causándole un fuerte remordimiento de conciencia.

A las cuatro de la tarde lograron encontrarlo entrando a una tienda de comida rápida y su hija ya no iba con él, pero eso no parecía acentuar su soledad, la verdad es que se le veía muy contento.

—¡Eh! —gritó saludándoles con la mano—. ¡Vamos a comer! —Y luego les arrastró dentro de una pizzería plagada de niños, que veían a Leonora con los ojos muy abiertos.

—Señora ¿Esta coja? —Le preguntó uno de ellos y, pese a lo avergonzada que le hizo sentir, no tuvo más remedio que tomárselo de buena manera.

—No, es que soy la hija de Charles Xavier —contestó, moviendo las manos sobre su cabeza para mostrar una calva inexistente. El niño, entendiendo el chiste a medias, comenzó a reírse antes de salir corriendo para contarle a sus amigos.

Luego del pequeño incidente, Leonora pensó que sería una comida muy incómoda y no se equivocaba, Mozart hablaba hasta por los codos, mientras ellos guardaban un silencio digno de un funeral. De vez en cuando Abraham hacía comentarios muy educados en respuesta a la palabrería del mayor, pero, sin llegar a tomar la confianza para hablar de manera más abierta.

Aquello era algo que ya había notado con anterioridad, pero Abraham solía comportarse como una persona decente con Mozart, suponía que era cosa de la edad, pero Leonora, de repente no podía evitar mirarle y juzgar todas sus acciones de manera negativa.

—Parece que te gustan los extremos —comentó una vez que Mozart se levantó para hablar con la chica del mostrador—. Diez años abajo o diez años arriba, no te soporto —exclamó, partiendo en pedacitos el pedazo de pizza que le había tocado. Ese día no estaba de humor para cuidar la dieta, pero no pudo contener sus hábitos de comer numerosos bocados pequeños.

—¿Estás loca o que te pasa? —Abraham dejó su hamburguesa en el plato, mirándole con cara de espanto.

—¿Tienes un crush con Mozart? Parece que quieres impresionar a nuestro viejo —Leonora desvió la mirada, intentando verse desinteresada, aunque sus palabras no concordaban con la imagen que quería proyectar.

Abraham ladeo el rostro, soltando un pequeño suspiro.

—No tienes idea de quien es ¿Cierto? —dijo bastante ofendido por la ignorancia de la chica—. Claro, porque tú nunca estuviste en un curso intensivo —él sonrió— sí, pobrecilla.

—¿Y tú como sabes que no estuve ahí? —preguntó a modo de reto, sin embargo, enseguida se dio cuenta de que había picado el anzuelo. Abraham no iba a dejar pasar una pequeña venganza por las indirectas que llevaba rato lanzándole.

—¿Será porque yo estuve en todos? Incluso hubo un par que estuvieron organizados solo para mí —presumió, mirándola con superioridad, luego se encogió de hombros—. Pero de todas formas deberías conocerlo, su Macbeth fue muy aplaudido en su momento y hace unos meses aceptó salir de su retiro para una interpretación especial —Abraham dejó escapar una sonrisita, que se veía muy parecida a la que siempre lucía cuando estaba en la academia—. Y fue igual de maravillosa que siempre.

Leonora frunció el ceño, tratando de hacer memoria. Cuando estaba en la universidad, recordaba el gran alboroto que se armó cuando uno de los profesores tuvo que retirarse y consiguieron un prospecto prometedor para las clases intensivas. Sorprendida, abrió los ojos de par en par.

—Oh dios… —murmuró llevándose las manos a la boca—. ¿Es ese profesor del que todos hablaban? ¿El que tuvo que suspender clases los primeros días porque había muchos chicos tratando de colarse en su salón? —Leonora aun podía contar la cantidad de veces que su profesora había hablado del hombre como un ejemplo de vida, a pesar de que se había retirado muy joven. Junto con sus amigas, habían intentado hablar con él, pero los prefectos las regañaron, así que solo pudieron verlo de lejos.

—Ese mismo, ahora está viejo y no se ha cortado la barba en meses, pero antes parecía un ser humano —comentó asintiendo en tono juicioso.

—Eres un bestia —gruñó aventándole una servilleta.

—¿Estás buscando pelea otra vez? —Abraham levantó los puños—. Porque puedo aguantar más de un raund.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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