Mariposa de invierno

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Cuando eran niños, Leonora y León eran los hermanos más unidos que una familia pudiese ver. Ella pasaba los días yendo y viniendo de las clases de ballet, mientras el pequeño trataba de no morir de aburrimiento mientras miraba las prácticas en la sala de espera. Él tenía cinco años y sus padres se negaban a contratar una niñera, hasta que a los seis les exigió que lo inscribieran en la liguilla a ver si la pasa mejor pateando pelotas.

A los diez dejó el fútbol porque ya "era mayorcito" para volver solo a casa y concentraba sus energías en furiosos pedaleos sobre su bicicleta, que fue su fiel compañera hasta la secundaria. Por esos años también comenzó a bailar; saltaba y gritaba al ritmo de la música, mientras daba conciertos solitarios en su habitación. La última vez que Leonora le vio, justo antes de irse a la universidad, su hermano era un chiquillo loco, enérgico y rebelde, que la causaba muchos dolores de cabeza a sus padres.

Ella se marchó, viéndole sonreír desde el portal de su casa y volvió, encontrándole apagado, serio y solitario. Ya no bailaba, ya no cantaba, no parecía interesado en nada.

Sin embargo, el mundo de Leonora era el mismo. Tranquilo, feliz, ella caminaba hacia adelante, sin fijarse a los costados. Su mundo era como una caminata en la playa, cálida, con el viento soplándole a la cara. Con una calma tal, que llegaba a ser aburrida, pero lo suficientemente buena como para que no se quejase.

¿Porque iba a preocuparse? Cuando miraba a su hermano, veía un vaso con una grieta, nada que un poco de cinta no curase. Aunque en el fondo supiera los remedios caseros no siempre eran el final del problema.

Cansada, suspiró mirando a León. Ella estaba en la entrada del parque de diversiones, llevaba un par de minutos ahí, tratando de pensar en cómo debería actuar en ese momento. ¿Sería capaz de mirarlo a la cara? Aún seguía enojada por las cosas que el chico le había ocultado, sin embargo, no era eso lo que la detenía.

—¿No vas a hablar con él? —preguntó Abraham, tratando de no sonar demasiado interesado en lo que estaba pasado con los hermanos.

—¿Y tú? Creo que los interrumpí la última vez —comentó encogiéndose de hombros.

—Mmm, no estoy seguro de que quedase mucho que decir, al menos de mi parte —Abraham hizo una mueca pensativa—. No, creo que ustedes son los que tienen mucho de qué hablar, yo me quedaré aquí, observando cómo se matan o lo que sea.

Leonora soltó una risita amarga, negando con la cabeza.

—¿Sabes? Eres muy guapo, pero me caes muy mal —comentó pensando en León, preguntándose que había visto en aquel extraño bailarín de mal carácter. Suspiró, sintiéndose un poco hipócrita, porque hasta esa mañana, ella había pasado mucho rato pensando en cómo conquistarlo.

“Soy tan volátil” pensó levantando la ceja derecha.

—Ya —Abraham hizo una mueca ante el comentario de la chica—, tú también eres guapa y también me caes mal —Luego miró el cielo, cubierto de nubarrones y rezó porque no lloviera. De ser así, ese día podría coronarse como el peor del mes—. Apúrate y arregla las cosas con él, que me congelo.

—No me digas que hacer —se quejó, empujando su silla hacia su hermano, quien se encontraba sentado en una banca, con las manos en el rostro y los hombros tensos. Era como verlo aquella noche, en la universidad, cuando lloraba por su amigo muerto.

¿Por qué estaba sufriendo tanto? Ella no lo entendía y cuando él levantó la mirada, encontrándose con el rostro de Leonora, se dio cuenta, que quizás jamás iba a hacerlo. León, el segundo hermano, quien debía cuidar de ella, obligado a ser fuerte, a resistir, el muchacho cuyo camino en la vida fue marcado al nacer como el más pequeño, un hombre, alguien que debía igualar el éxito de su hermana, aunque ella fuese cinco años mayor.

No, ella nunca tendría que pasar por lo mismo que él, así como él jamás pasaría por lo que ella. Eran sufrimientos diferentes, vidas distintas, caminos desiguales. Incluso si ellos tuviesen que andar por el mismo sendero, sabían que sus pies pertenecían a sus propios cuerpos y que no tropezaría con las mismas piedras, pero sin lugar a duda, iban a caerse.

Era imposible que supiera con exactitud la situación de su hermano, pero, por lo menos intentaría comprender el porqué de sus acciones.

—Leonora… —murmuró el muchacho, antes de comenzar a balbucear cosas sin sentido. Parecía preocupado, confundido y buscaba con fuerza las palabras correctas para decir, sin llegar a encontrarlas.



Paloma Caballero

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En el texto hay: superacion, romance, amistad

Editado: 23.06.2019

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