Más allá del Everest

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Capítulo 3

Bajando como la luz y con el sonido de un trueno, reflejando sus emociones más oscuras, las cuales se movían turbiamente por su mente mientras la nieve, blanca y pura caía por sus mejillas heladas pero sonrojadas por la rabia que crecía a de un modo extraordinario, la desesperación no se quedaba atrás, lo sostenía fuertemente mientras lo engullía con lentitud cual serpiente con su presa, con ansiedad buscaba con la mirada a la causante de sus emociones; La misma que le regresó el color en su vida, emoción, pero no tuvo resultados, no estaba en ningún lado; ¿cómo podía su hermoso panorama, ser tan macabro? Las curvas mortales, las rocas puntiagudas y pronunciadas, el resbaladizo hielo que con un paso en falso te propulsaría hacia una muerte segura, todo eso cubierto por un engañoso blanco que prometía ser suave y amortiguar tu caída, como si jugaran a un ejercicio de confianza, en el que yo mejor que nadie sabía el resultado.  

Un anormal montículo sobresalía en la nieve, era casi imperceptible pues era igual de pálido que la nieve; sin pensarlo dos veces corrió hacía el bulto, encontrándose con su peor temor. Sus ahora pálidas mejillas ya no tenían ese característico color rosa que adornaba siempre sus mejillas, sus ojos negros como un pozo estaban abiertos, sin moverse, sin vida, sus labios rosados estaban ligeramente abiertos como si suplicara que le regresasen la vida, su último aliento de vida; Su hilo de vida había desaparecido desconectándola de este mundo, su pecho no subía ni bajaba, su corazón se congeló junto con su alma.

-No, ¡No! ¡NO!

Sus rodillas se hundieron en la nieve mientras acercaba su rostro al de la albina, no podía morir, no ella, no lo único bueno que le quedaba en su patética existencia; Con cuidado acunó en su pecho el rostro frío como hielo de la albina.

-Everest, ¿estás llorando?

La voz que menos quería oír lo estaba llamando, ¿qué importaba si sus lágrimas se derramaban por sus mejillas? Ella nunca podría llorar nuevamente, ella no le sonreiría cuando lo encontrara en la nieve, ella ya no lo molestaría, ella ya no lo regañaría cuando los inviernos fuesen demasiado fríos a causa de su soledad; Ella estaba muerta, todo por nada.

-Un sacrificio lo es todo, ¿recuerdas?

-No tenía que ser ella.

-No, no tenía que ser ella.

Sin pensar lo que hacía me abalancé contra quien me creó, agarrándolo de sus aburridas ropas resplandecientes lo miré con rabia; La facilidad con que admitía que no debía haber sido ella me enfurece, hubiera deseado que dijera que era necesario, que debía ser solamente ella.

-¿Querías que fuera ella?

-Sí.

El viento se empezaba a agitar salvajemente a nuestro alrededor, conectado con mis emociones, una tormenta se desató.

-¡¿Por qué?!

-Ningún humano debería convivir de esa manera con un espíritu.

Lo sabía, sabía que él haría algo tarde o temprano, pero no creyó que doliese tanto.

-¿Estás listo?

-Sabes que ella debía ser feliz, ella debía crecer y casarse con alguien, vivir.

-Su sentencia quedó decidida desde que prefirió no olvidarte y desde que tú no quisiste apartarte de ella.

Lo sabía, y se odiaba por eso.

 

 

¿El infierno era así de fresco?

Según Everest, toda persona que moría en el monte, iba al infierno; quizás estaba equivocado, no sentía su piel quemarse y sentía un poco de frío, incluso la voz más relajante y pacifica la llamaba por su nombre.

-Krystal.

¿Ese era Everest?

-Despeierta, Krystal.

Como si me lo hubiese ordenado, mis ojos se empezaron a abrir lentamente, los parpados se sentían pesados, su cuerpo dolía, sus músculos estaban entumecidos y adoloridos; Al principio no enfocó nada, hasta que vio a Everest viéndola con preocupación. Adormecida levantó su mano para posarla en las pálidas mejillas del espíritu quien se sonrojó con el contacto de sus manos de seda.

-¿Qué haces en el infierno, Everest?

-No estás en el infierno, Krystal. Bienvenida al paraíso.

Sobresaltada con la noticia me incorporé con rapidez, provocando que me doliese la cabeza por el brusco movimiento.

-¿Qué hago aquí?

Los árboles eran frondosos, con hojas de plata y frutos de oro, los ríos fluían libremente, frescos y resplandecientes, el aroma a césped inundó mi olfato, rocío, flores silvestres y tierra húmeda me rodeaba.

-Yo puedo responder eso.

La voz pacifica de antes ahora tomaba cuerpo. Con inmensas alas blancas con detalles dorados, cabellos cortos, tan rubios que parecían plata, y ojos casi blancos, etéreos, rasgos afilados, pero con cierto toque de dulzura, labios masculinos llenos, mandíbula y cuello fuerte, hombros anchos, su cuerpo no se podía apreciar puesto que llevaba una toga blanca e iba descalzo, alzándose en su gran altura.

-Llegas tarde, Gabriel.

Miró con curiosidad al recién llegado.



Apollymi Darlow

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Editado: 05.04.2018

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