Más de Mil Formas de Amarte

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Capítulo 2

Son las diez con veinte minutos de la mañana y es sábado. Estoy esperando a que mi amigo Carlos llegue como hemos acordado. No sé si vendrá.

He abierto mis ojos en horas muy tempranas de la mañana muy con la intención de estar alerta con cualquier mensaje que Carlos me deje, pero ni uno de ellos he visto. Quizás tenga algunas ocupaciones y por eso no me ha avisado nada. Viniendo de él, de seguro vendrá.

Abro las ventanas de mi habitación y obtengo una excelente y maravillosa vista hacia al mar. Es todo un milagro que mi casa quede cerca del mar. Siempre habrá una playa hermosa aquí en San Antonio en horas de la mañana.

Mi móvil suena. Me acerco a él y, al examinarlo, encuentro un mensaje te texto que Carlos: ya viene camino a mi casa.

Ya que ha informado que vendrá dentro de poco, salgo de mi habitación bajando hasta la sala. Miro por ambos lados de la casa y todo está pacífico, no hay nadie. No veo a mi mamá y a Rafael por ningún lado.

Supongo que fueron al mercado a comprar.

Tomo un poco de café al estar en la cocina. Me acerco a la ventana del garaje y avisto desde la ventana a mi padre, está lavando la camioneta.

Mis oídos no me fallan; alguien toca la puerta. La han tocado dos veces. Abro paso hacia la puerta. Abro la puerta y es mi mejor amigo Carlos. Sonreímos al vernos como si fuésemos hermanos unidos.

Nos saludamos estrechándonos las manos y dándonos un abrazo. Mi mano le da palmadas en la espalda como habitualmente siempre hago al saludarlo de esta manera. Él también lo hace. Invito a Carlos a que entre en la casa y el accede a mi invitación con una grata sonrisa de bienvenida.

—No has cambiado nada, Sebastián —dice Carlos mirándome con una gran sonrisa.

—Solo han pasado unos cuantos meses, Carlos —agrego—. No creo que pueda cambiar en tan poco tiempo.

—Díselos a tus músculos.

Nos reímos.

Detallo bien a Carlos. Él tampoco ha cambiado. Su piel casi bronceada debido al sol y su cabello enmarañado que le cae hasta el final de su cuello y tapando sus orejas, más su casi encorvada posición y poco músculos que posee su cuerpo, me dice que no ha cambiado absolutamente en nada en su físico. Exageraría diciendo que sí hubo cambios en él cuando solo pasaron unos meses y ya.

No ha perdido siquiera la costumbre en no quitarse la poca barba y bigote que tiene, incluyendo, su típica, peculiar y no tan higiénica vestimenta.

No entiendo por qué siempre carga su apestosa y deportiva chaqueta azul a donde quiera que vaya.

Mis modales me hacen recordar que los invitados merecen tomar asiento una vez lleguen de visita.

— ¡Oh! Mis modales. Toma asiento —ofrezco penosamente por mi impúdico descuido, guiándole hacia los sofás de la casa.

Carlos toma asiento muy cómodamente y yo también.

—Gracias —dice él al tomar comodidad en el sofá.

—No hay de qué.

Carlos me da una sonrisa. Expande sus ojos luego, como si hubiera recordado algo. Él comienza a buscar en los bolsillos de su apestosa y antihigiénica chaqueta que siempre usa, terminando de sacar en él una caja pequeña de madera llena de chocolates y galletas.

—Es para ti —añade Carlos sosteniéndola en sus manos, esperando a que yo la tome—. Mi padre compró una tonelada de estas cosas, y ya que venía de visita, no podía llegarme con las manos vacías.

Quedo en shock y sorprendido por lo que Carlos me ha regalado, con una casi e invisible sonrisa en mi rostro.

—No tenías que hacer esto, tarado —comento con mucha timidez—. Sabes que eres bienvenido aquí en casa sin necesidad de darnos algo. ­

Carlos se encoge de hombros.

—Lo sé, pero debía traerte un recuerdo. —Ambos nos reímos—. Acéptalo, Sebastián, no me dejes con las manos estiradas.

Miro a mi amigo y le doy una sonrisa como último recurso. Carlos entiende y me concede una sonrisa también de su parte.

Abro la caja y pesco un olor exquisito a chocolate me embriaga.

— ¡Guao! Sí que huele bien —admito impresionado—. Espero y no lo hayas envenenado —bromeo.

Carlos rueda los ojos sosteniendo su sonrisa.

Ya que Carlos me ha dado tal regalo, decido compartirlo con él. Le ofrezco diciéndole que, si quiere algo de café como una manera de decirle gracias y él lo acepta. Pasamos a la cocina y él toma asiento en una de las sillas de la mesa del comedor, sirviéndonos después el café y los dulces que él ha traído.



Danny J. Ortiz

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En el texto hay: traumas, amor, drama y suspenso

Editado: 09.07.2019

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