Más de Mil Formas de Amarte

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Capítulo 11

Las nubes están acoplándose al color de la cera de todas las calles de Cumaná, grisáceo sin mostrar otro color y ocultando completamente el cielo azul. Las carreteras están mojadas haciendo que se vean más negras aun. El viento cesa de vez en cuando y vuelve a ponerse turbulento, pero no arisco. La lluvia sigue en pie todavía, reluciendo su encanto ante la madre naturaleza, pero de manera calmada y pacífica. Todas las personas que están a bordo en el bus, incluyéndome, fueron víctima de la lluvia, algunos están de suerte en llevar un paraguas en sus manos.

Miro por la ventana del bus y reflejo por mi lado derecho la farmacia Farmatodo. El transporte ha ido lento para evitar accidentes. Aunque no ha estado mal que la velocidad del bus se haya reducido; me encanta disfrutar de un paisaje lluvioso, y llegar rápidamente a la casa de David, le quitaría el encanto.

Tomo parada minutos después de haber llegado a la Prefectura, caminando hasta la casa de David. La lluvia toma provecho en aliarse con mi suerte empeorando más el clima. Las gotas vuelven a caer sobre mí una vez más, Yo acciono a correr. Mis pies mantienen equilibrio lo más posible con tal de no resbalar por algún lado de la cera. Después de todo, mis manos tocan el pomo de la puerta del hogar de David, y al girarla, entro en ella. Toda la casa está a oscuras, pero tiene luz gracias a que recientemente es de tarde. Bueno, lo poca que tiene.

Mi suéter está mojado, mi cabello también, y ni hablar de mi blue jeans y mis zapatos. Grito el nombre de todos aquí, pero veo que estoy solo aquí. El sosegado ambiente en el que se encuentra la casa de David, me hace entender que no hay nadie en la casa. Para no mojar o encharcar el lujoso piso de cerámica, desamarro las trenzas de mis zapatos y me los quito, dejando mis pies forrados con calcetines. No es lo único que comienzo a quitarme; voto también por quitarme los calcetines y el suéter que cargo puesto. Al terminar, mi musculoso cuerpo queda al descubierto. Claro, con el bóxer puesto.

De lo frío que estoy, mi cuerpo me pide a gritos que, no estaría mal darme una ducha caliente. A decir verdad, no está mal. Es lo más conveniente que puedo hacer, o terminaré agarrando una gripe en cuestiones de segundos. Solo espero que funcione, aunque ya es tarde para arrepentirme; ya estoy duchándome. El agua caliente está actuando como he querido: alejando el frío de mi cuerpo.  Ha hecho bien su trabajo.

No creí que darme una ducha caliente me dejará con la sed, hace frío como para que eso pase. Bueno, no está demás bajar a la cocina y tomar un poco de agua. Mientras no me encuentre a los señores Rosales o a David estaré bien. Lo digo más que todo por las cicatrices de mi cuerpo y, porque ando en toalla. Mi mente está diciéndome que debo ponerme algo de ropa para asegurarme que nada malo pase, pero rechazo su idea. Ésta lluvia no hará que David o los señores Rosales lleguen de inmediato. Además, es solo tomar un vaso de agua y ya. Los señores Rosales siempre llegan puntuales a partir de las cinco de la tarde y dudo que lleguen ahora. David de seguro está con Stella. Aunque, si es así… ¿cómo es que la puerta estaba abierta? ¿Se le habrán olvidado cerrarla con llave? Mmm…

Doy un tour por la cocina para hacer a lo que venido y mis ojos no tardan en ver una nota que está pegada en la nevera. En él está escrito lo siguiente: Sebastián, tu almuerzo está en el microondas junto con la de David. Puedes elegir cualquiera. Sírvete jugo de naranja si lo deseas. Saludos. Supongo que acerté al adivinar que David no estaba aquí. O eso creo yo. Bueno, aún están los dos platos que la Sra. Antonia nos ha dejado a mí y a David. Es toda una mentira que David no haya querido comer ahora; siempre anda hambriento.

Mientras mi comida se recalienta en el microondas, vuelvo a acercarme a la nevera y, esta vez la abro. Mis ojos encuentran el jugo de naranja que la Sra. Antonia ha mencionado. Echo varios cubos de hielos en un vaso de vidrio y lo lleno casi hasta el tope. No quiero abusar con llenarlo hasta el máximo del vaso. Con disfrutar un poco de ello como lo estoy haciendo ahora, basta y sobra.

¿Qué rayos? ¡Diantres!

Me atraganto con el jugo al ver una chica joven de lo más repentino jurando que tiene una edad de veinte años aproximadamente. Está todavía en la puerta de la cocina, luciendo sorprendida igual que yo. El ambiente se tensa de pronto, y ambos nos miramos fijamente. Ella me mira con ojos ampliados, y yo reflejo ante ella como si estuviera asustado. Aunque en realidad lo estoy.

Estoy en toalla, a la vista de esa chica donde ella puede ver mis cicatrices sin dificultad alguna.

Esta chica extraña lleva puesto una camisa de vestir color blanco, de manga larga, pero las tiene arremangadas hasta los codos. También lleva puesto un chaleco vaquero celeste, pantalón de pinzas verde oliva y zapatos bailarinas de cuero marrón claro. Su cabello es de color negro y está suelto, luciendo que está planchando. Su piel es morena clara y su rostro de aspecto achinado. Su cabeza es ovalada y su cuerpo es delgado. Se puede ver que es de estatura mediana.



Danny J. Ortiz

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En el texto hay: traumas, amor, drama y suspenso

Editado: 09.07.2019

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