Más de Ti

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—02—

|No hay lugar como el hogar|

 

Tenía una tarde planeada.

Después de recibir la noticia de impacto, había pensado en huir —como ya lo había hecho—, distraerme un momento en una alentadora caminata en solitario por unos cuantos minutos. Luego, regresaría a mi casa, comería helado y me deprimiría durante toda la tarde. Pero, al parecer, mis planes se fueron al caño cuando un desconocido vociferó una grosería sin más.

¿De qué le sirve ser tan atractivo si su carácter y vocabulario están perdidos?

De acuerdo, yo no soy una «perita en dulce», pero tampoco es como si estuviera escupiendo malas palabras a los desconocidos. Pienso en cientos de respuestas ante su vulgar pregunta, pero no tengo nada ocurrente que decir ahora; mejor dicho, estoy perpleja ante su actitud.

Soltando un largo bufido, él se levanta del suelo, obligándome a hacerme a un lado e imitar su acción. Y, ahora que estamos de pie, no puedo evitar agrandar mis ojos a su máximo poder, y es que… o bien, él es un gigante, o yo soy una enana. Me indigna ver que apenas y le llego al hombro y que desde esta posición él se ve como un ogro malhumorado mientras contrae sus cejas y su nariz.

—Te hice una pregunta, ¿quién eres y qué haces mirándome?

—No la formulaste de esa forma —balbuceo para mí misma, pero escuchar su risa ante mi declaración me hace comprobar que escuchó mis palabras. Ahora me estoy preguntando cómo es que puede tener esa sonrisa de ensueño, una que me embelesa y me atrapa al instante.

¿Cómo se supone que voy a deprimirme a gusto teniendo una hipnótica distracción?

Meneo suavemente mi cabeza, en un intento de ahuyentar estos absurdos pensamientos.

Sin quitarme la mirada, él palmea los bolsillos de su cazadora negra; luego, tantea los de sus pantalones del mismo tono y abre sus ojos de par en par, frunciendo a la vez el entrecejo, muy disgustado. Aún sin decir nada, me analiza de arriba abajo sin disolver lo ceñudo de su rostro. Mientras tanto yo, incómoda, paseo mi mirada de un lado a otro para eludir su mirada, apretando fuertemente mis labios y sin entender qué mosco le picó a este sujeto.

—¡Tú! —exclama repentinamente, señalándome con su dedo índice y sorprendiéndome de lleno. Parpadeo un par de veces, confundida—. ¡Devuélvemelos!

—Devolver… ¿el qué? —cuestiono dudosa. Ahora, mi nivel de incomodidad es indescriptible.

—Mi celular y cartera —dice como si fuera de lo más obvio—. ¡Dámelos a menos que quieras ir a la cárcel!

Entreabro mi boca, incrédula.

—¿Me estás llamando ladrona? —pregunto lo evidente—. Porque si es así… Oh, amigo, te estás metiendo en un gran lío —amenazo sin ningún fundamento que me respalde.
Tal parece que no escucha mis amenazas porque se acerca a mí con pasos agigantados y yo retrocedo en automático, casi corriendo. Maldigo internamente al chocar contra un árbol y sentir una raspadura el hombro.

—Sí, devuélvemelos. —Por suerte, él no está peligrosamente cerca, porque si me acorralara, entonces yo no tendría más opción que desistir.

—No soy ninguna ladrona —digo entre dientes—, yo no los tengo.

Esto era lo único que me faltaba. ¿Por qué no? Después de tener el corazón y las ilusiones por el suelo, alguien más me llama ladrona. Es una buena forma de pasar el rato.

—¿Ah, no? —Niego sin dejar de mirarlo mal. Ahora sí estoy comenzando a molestarme—. Eres la única que se me ha acercado mientras dormía, ¿cómo no voy a creerlo? —Se cruza de brazos y yo doy un paso a mi costado para dejar de sentir la áspera corteza contra mi espalda; aun así, él sigue mi paso y se coloca nuevamente frente a mí, con el ceño fruncido y la mirada de pocos amigos.

—¿Cómo estás tan seguro? Muchas personas pasan por este parque y…

—Si alguien se me hubiera acercado, me daría cuenta —interrumpe con seguridad—. No tengo el sueño tan pesado.
Río sarcásticamente.

—¿En verdad? —pregunto con ironía mientras alzo una ceja, un poco divertida por su afirmación. En cambio, él sin dudarlo, asiente—. Porque creo que tienes un poco de baba en tu mentón… Además, tenías los ojos en blanco cuando dormías.

Con rapidez, pasa su mano por su mentón y mejillas, comprobando así mi declaración. Aprovecho su momento de distracción, me hago a un lado disimuladamente y sin esperar más corro lo más rápido que mis piernas me lo permiten.

«No hay como el hogar, no hay como el hogar», pienso repetidas veces mientras corro sin mirar atrás, dirigiéndome a casa. No obstante, y como ya debía de esperar, escucho, los gritos de ese desquiciado detrás de mí.

—¡Oye, ladrona, detente!

Sin importar lo que pase, sigo corriendo lo más que puedo. Pero, como ya lo había dicho antes, él es mucho más alto que yo y logra alcanzarme con facilidad. Me toma del brazo y me gira bruscamente hacia él, manteniendo esa impasible mirada que hace ladear a mi valor.

—Ya te dije… que yo no… te robé nada —digo pausadamente, intentando recobrar el aliento.

Inesperadamente, él suelta una estruendosa carcajada que se expande por toda la calle.

—No puedo creérmelo, ¿ya te cansaste?



Abs Gyl

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En el texto hay: amorodio, romance, comedia romntica

Editado: 02.12.2019

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