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Capítulo 2: "Viejas amistades y un doloroso recuerdo"

He leído que las vidas de algunas personas cambian en un segundo. Les aseguro que la mía demoró más que eso para que se volviera un caos.

Después de darme el alta en la clínica y prácticamente ser obligada a quedarme allí por órdenes explícitas de mi santa madre, pasó lo que jamás en mi vida creí que pasaría, me encontré con Susana. La chica que envió a golpearme porque no la ayudé a tener una relación con mi hermano, a quién consideraba mi amiga.

Ya les conté sobre Matías, el primer encuentro, pero no nombré a esta chica. En ocho años, desde la última vez que la vi, no pensé un segundo en ella. Interioricé una mala experiencia en la cual Susana era protagonista y decidí olvidar por mi bien mental ese suceso.

Hasta ese día en la cual me dieron de alta.

(***)

Me quedé el resto del día y noche internada. Por precaución e insistencia de mi madre, más que nada. Nunca entendí la manía de esa mujer de controlar todo, ¡pero todo! Hasta mi tío le hacía caso. Para no tener problemas con ella, me dejó en observación. Prometí en ese momento no enfermarme más...no lo cumplí.

Como sea, no me quejé mucho el estar internada, me alimentaron, descansé y lo mejor, es que mamá no molestó, no llamó y no me persiguió en nada, y no por que no se preocupara por mí, sino porque tenía otras preocupaciones en su mente.

El suceso de mi desmayo no estaba en sus planes, para nada, y sabía que mamá necesitaba que alguien me cuidara.

Se venía el cumpleaños de mi tío y ella era la encargada de planear toda la fiesta sorpresa, no podía cuidarme y además, organizar todo. Esa mujer es una maniática del control y si algo no está saliendo como ella quiere, se desespera y se obsesiona. Verla así no es lindo. Además, es su único hermano, no podía salir nada mal.

Alfonso me fue a buscar ese día junto con su mejor amigo, Hugo, y me trajeron ropa para cambiarme. Según él, se había ofrecido para llevarme a casa sana y salva, ¡sabía que mentía! Él simplemente no quiso seguir ayudando a mamá con los preparativos, y yo fui una buena excusa para lavarse las manos y dejarla sola.

Nadie lo puede culpar, yo hubiese hecho exactamente lo mismo. Mi hermano Cris se salvaba porque tenía práctica y Pame, bueno, ella estaba fuera del país en su luna de miel. No las iba a interrumpir para discutir con mamá, no señor. Así que quedaban solo los mellizos que al final no aportábamos nada.

Mamá siempre trabajó mejor sola.

Había salido animada de la clínica, sin antes reclamarle a Hugo que no me había ido a ver, como se imaginarán, cobrar sentimientos era y es mi especialidad. Pero a él nada le afectaba. Pero aún así, se disculpó y nos invitó a comer como compensación. Gané algo ese día.

Alfonso tenía otros planes para mí. Como entregarme las últimas cartas que habían llegado en mi tiempo de ausencia de casa.

—En serio Alfonso, esperaste el momento más lindo del día para darme estas porquerías—reclamé haciendo que mi hermano se encogiera de hombros.

—Va en ti si las lees o no. Cumplí con entregarlas—se defendió viendo mi cara amargada.

Las cartas, oh sí, las malditas cartas. ¡Ni siquiera eran cartas! Solo notas de mal gusto.

Llevaba cuatro cartas, ahora con esas dos eran seis. Seis mensajes tratándome de puta, perra, aborto mal hecho —esa me hizo gracia— y zorra. ¿Qué traía esas dos nuevas cartas? Nunca lo sabré, porque Hugo las tomó, las hizo bolita y las botó por la ventana del auto, contribuyendo a la contaminación.

—No nos amarguemos por mensajes de un ocioso—dijo Hugo calmando los ánimos.

—¿Creen que alguien quiera matarme?

—¿Quién querría matarte? —se burló Hugo.

—Hay cosas por las cuales no me enorgullezco.

—Denise, lo más malo que has hecho fue darle mal la dirección de una calle a un extranjero—comentó mi hermano.

—¡Fue sin querer! Juraba que se llamaba así esa calle, no sabía que le habían cambiado el nombre.

—Eso explica todo, el extranjero quiere venganza—continuó Hugo haciendo reír a mi hermano.

—¡No se puede hablar en serio con ustedes!

Seriamente pensaba que alguien quería matarme, pero viendo las notas infantiles, nadie se las podía tomar en serio. Ni siquiera le había dicho a mamá por lo mismo, no eran algo que debía preocuparme, o eso creí.

Fuimos al patio de comidas de un mall que quedaba a quince minutos en auto de la clínica, y también era el mall que quedaba más cerca de mi casa, así que era habitual que fuésemos a comer allí cuando mamá, o alguno de nosotros no quería cocinar o papá no estaba. Estaba relativamente lleno y, mi hermano, que es sensible a la luz, lo primero que hizo fue ponerse sus lentes de sol, llamando la atención de varias personas allí.



C.J. Arcos

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En el texto hay: romance, drama, chile

Editado: 02.09.2018

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