Medusa.

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La guarida del monstruo.

 

Caminaba decidido, aunque sin ninguna prisa por llegar, ¿y quién la tendría? Era la guarida de una feroz bestia después de todo.

Cuando al fin llegó ante el enorme agujero por el cual se suponía debía pasar se puso su casco de acero, del acero más resistente que había en el mundo, al igual que su armadura que brillaba con el sol haciéndolo parecer un espejo humano, apretó su espada y acomodo su escudo.

Mataría a un monstruo.

Entro despacio, tratando de no hacer ni el más mínimo ruido ni siquiera al respirar, si lo descubria, todo terminaría aun antes de comenzar.

La cueva estaba repleta de hombres, caballeros al igual que él, héroes.

Observó melancólico a todos esos hombres desdichados, con tal terrible fin y se preguntó ¿será así como yo terminare? Desecho esa idea, terminar convertido en piedra no era parte de su plan para llevar el honor a su pueblo y casarse con su amada princesa. 

Un ruido lo hizo ponerse en alerta, era desgarrador, era un gemido.

Se adentro aún más, se preguntó cómo era que ese monstruo podría vivir en tal estado, no había más que estatuas de caballeros y polvo. Era un lugar deplorable incluso para tal ser.

Adelante. Adelante. No te detengas. No le des ventaja. Mátalo. Mata al monstruo.

Se adentro hasta que las estatuas se quedaron atrás, al parecer solo él había llegado tan lejos, al parecer el monstruo estaba distraído con algo más.

De nuevo aquel desgarrador gemido ¿Qué estaría haciendo?

Dentro de la enorme cueva había más cuevas, más agujeros que atraían el recuerdo de habitaciones, estaban incluso iluminadas por velas, ¿de dónde sacaría velas? Tan lúgubre y decadente el lugar al parecer había sido tratado para asemejarse a un hogar. Gerald había matado monstruos antes, una vez incluso entró en la guarida de un dragón, su cueva estaba llena de huesos, tanto humanos como de animales, fue lo que espero encontrar en la cueva de Medusa. Pero no solo no fue lo que encontró, aunque la entrada se le asemejaba, lo que encontró fue un fallido intento de una vivienda común y corriente. Humana.

Se adentro aún más, distraído por la habitación llena de dibujos al carbón. Sintió un escalofrío cuando la vio, tumbada en un rincón enrollada en su desagradable cola de serpiente. Pero a pesar de lo que sintió en un primer momento, la pena lo embargó. Ella lloraba, los gemidos eran exactamente eso, gemidos. Dolorosos, desgarradores gemidos de desesperación.

Pudo hacerlo ahí, ella estaba distraída, ella estaba perdida en su sufrimiento, debió de haberlo hecho en ese momento. Pero no lo hizo. No desenvainó su espada, no asesinó al monstruo.

No. En su lugar la miro, miro a esa criatura mitad serpiente, mitad mujer embelesado. Lucia tan desgraciada, que solo pudo sentir pena. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo se aprovecharía de una mujer indefensa?

Entonces se percató de su presencia. Se levantó sobre su vientre de reptil, aun contra la pared, indefensa.

¿Indefensa? No. no estaba indefensa.

Levantó su escudo cuando lo recordó. Sus ojos, podía convertirlo en piedra con solo mirarlo.

-Largo – soltó con la voz aun quebrada por el llanto.

-He venido aquí a matarte, monstruo.

El silencio fue largo y pesado, ninguno de los dos se movió. Al fin la mujer volvió a hablar.

-Claro, ¿por qué otra razón si no? ¿Qué esperas entonces? Ataca.

De nuevo no se movió. ¿Cómo podría? ¿Cómo podría atacar a una mujer?

-Eres un monstruo – lo dijo más para convencerse a sí mismo.

-Sí, lo soy.

Su voz sonó débil, triste, amortiguada por la melancolía.

Su pecho se oprimió. Lo era. Debía matarla, por su pueblo, por su familia, por su princesa.

-He vencido dragones, ejércitos, centauros, te venceré también a ti.

Ella no habló más, se quedó allí, de pie, esperando a que el guerrero, el héroe se decidiera a atacar, a matarla, a terminar con su desdicha.

Pero no lo hizo. Lanzó su escudo con furia y resignación en su rostro. Antes de llegar a sus ojos cerró los propios, no debía verlo, si lo hacía, sería una estatua como los otros.

-¿Qué esperas caballero? Mátame, libérame de una vez de mi sufrimiento, porque no puedo soportar seguir viviendo.

-No puedo, no puedo...

Gerald hizo algo que jamás había hecho, que jamás pensó hacer. Salió corriendo de la cueva de Medusa, como un niño asustado, iracundo consigo mismo, por no tener el valor de cortarle la cabeza a ese monstruo. Pero lo que había visto no era nada parecido al horrible ser que del cual le habían hablado, no era una terrible y feroz bestia. Sino solo una triste y pobre mujer. 



Frann Gold

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En el texto hay: mitologia griega, mitos, magia

Editado: 10.08.2018

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