Medusa.

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La maldición de Medusa

 

Gerald y Jefferson caminaron durante algunos minutos, el lugar era de un curioso tono naranja, todo lucia... sin vida, sí, eso era, sin vida.

Todo el suelo era arenoso, estéril, a lo lejos se escuchaba un río.

-Debe ser el río de la vida – dijo Jefferson.

-Si...

Gerald se detuvo, se dio la vuelta y logró ver una enorme cola de serpiente ocultarse entre las sombras.

-Espera aquí – le dijo a Jefferson volviendo sus pasos.

Gerald se acerco lo más que pudo y cerró sus ojos.

-¿Qué haces?

-Vengo a asegurarme de que no mueras.

Sonrió, la voz de Medusa había sonado como una reclamación.

-¿Ah si? Soy un guerrero entrenado, estaré bien.

-Te han entrenado en guerras de humanos, esto es diferente.

-¿Y por qué te interesa?

-Porque... dijiste que me darías del agua ¿no?

-Sí. Bien, vamos.

-Los seguiré de cerca.

Gerald frunció el ceño, ella estaba preocupada por él, por ellos, no quería convertirlos en piedra. 

-Bien.

Continuaron el viaje, pronto encontraron el río que escuchaban.

-Bueno eso fue fácil. – Dijo Jefferson, se agachó y trató de tocar el agua.

La cola de Medusa lo golpeó justo en el abdomen levantándolo y arrojándolo lejos del agua.

-¿Qué demonios...? – logro articular una vez que recobro el aliento.

-El agua de ese rio esta maldita, es el rio Aqueronte, si pones una mano ahí, entraras al inframundo en puro espíritu.

Gerald sonrió de lado, después de todo había sido buena idea que Medusa los acompañara.

-Bueno, solo tenias que haberlo dicho – respondió Jefferson levantándose – no era necesario el golpe.

-¿Ahora qué? – preguntó Gerald.

-Esperaremos a Caronte, él nos llevará hasta el otro lado, después de eso...

Medusa guardo silencio, Gerald vio como una sombra se acercaba a ellos. Era un barquero.

El hombre que apareció ante ellos iba cubierto por una capa negra desgastada, roída, llevaba un enorme palo con el que mantenía la barca estable, sus manos lucían tan pútridas como las de las arpías.

Sintió un escalofrío y dio un paso atrás, Jefferson se quedó de pie pero él pensó que más bien estaba paralizado. El hombre extendió la mano hacia ellos, ambos hombres soltaron el aliento.

-Él quiere su pago – dijo Medusa.

-¿Pago? ¿De cuánto estamos hablando? – Jefferon comenzó a esculcar en una pequeña bolsa que llevaba colgada en la cintura.

-Un óbolo por cado uno.

El príncipe miro sus monedas, la mayoría de oro y unas cuantas de plata.

-Óbolo, ¿Qué es eso?

-Una pequeña moneda... - Medusa pareció impaciente – Solo llévanos Caronte y evitare mirarte.

El barquero levanto la vista y sus ojos chispearon, solo había visto la parte baja de Medusa dándose cuenta de quién era.

-Medusa – soltó con voz seca – no pensé verte aquí de nuevo.

-No me produce ningún placer venir aquí – soltó ella con asco – pero no tengo por qué darte explicaciones.

-Bien, estoy seguro que él estará feliz de verte.

Gerald noto la torcida sonrisa del barquero, no le agrado, parecía que se burlaba de ella. Preguntas taladraron su mente, ella ya había estado aquí antes ¿Por qué? Y ¿Quién exactamente estaría feliz de verla?

Los tres subieron a la pequeña barca, Medusa se mantuvo viendo el río todo el tiempo. Después de un momento Gerald lo miro también.

Salto cuando vio lo que corría por el turbulento río. En lugar de peces, lo que pensó que eran la primera vez que las vio, las cosas que nadaban en él eran personas, más bien almas, las almas de las personas.

-¿Qué...? ¿Qué...?

-Son almas – le dijo Medusa.

-Sí, eso pensé, pero ¿Qué...?

-Son las almas de las personas que murieron con asuntos pendientes, no encontraran el descanso eterno, jamás. Tendrán que pasar la eternidad flotando y lamentándose.

-¿Qué horrible?

-Hay cosas peores.

Gerald sintió una profunda pena por Medusa, su voz había sonado cargada de tristeza. Sin darse cuenta se encontró viendo los ojos de la mujer.

Medusa encontró los suyos también y por un segundo el terror la inundó. Pero desapareció cuando se dio cuenta de que le guerrero seguía respirando.

Gerald y Medusa permanecieron mirándose a los ojos por el reflejo del agua del río con las almas torturadas en el fondo durante un largo tiempo. El guerrero pudo apreciar sus rasgos mejor esta vez. Sus labios eran tan gruesos y parecían pintados con cerezas. Su respingada nariz y su rostro pálido, pero lo que más le atrajo de Medusa fueron sus ojos. Hermosos ojos dorados, destellaban como estrellas, enmarcados por largas y gruesas pestañas y transmitían melancolía, arrepentimiento, soledad, amargura, rendición, pero también pudo ver un pequeño, muy pequeño rayo de esperanza.



Frann Gold

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En el texto hay: mitologia griega, mitos, magia

Editado: 10.08.2018

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