Mejor que él

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 4

Yo solo quería que el mundo se detuviera en ese instante.

Que las cosas dejaran de existir, que se extinguieran y no volvieran más nunca, pero desgraciadamente estamos hablando de la realidad.

La realidad te golpea abruptamente haciéndote saber que tienes que tener los pies en la tierra, firmes y seguros en espera del primer golpe que llegues a recibir.

Y este, sin duda, es mi golpe de la realidad.

Lo que más detesto de volver a casa es en no saber si tengo que presenciar o no la discusión de mis padres, como lo estoy haciendo en estos momentos. Siempre se me olvidaba de que ellos se la pasaban discutiendo por las infidelidades de mi padre hacia mi madre por el hecho de que estaban mis hermanos en la casa.

Ellos me sacaban de esa burbuja maliciosa, en donde después oía a mi madre decir:

―Me separé de su padre, ya yo no puedo seguir soportando esto.

Pero después venía el flamante:

―Ya lo hablamos, seguimos juntos por ustedes.

Mis padres sabían de antemano que cuando se referían al “ustedes” es por mí; saben que termino siendo la más afectada en todo esto, porque para mis hermanos era algo normal, para mí no.

No obstante, con mis dieciocho años de edad, aún no me acostumbraba al hecho de verlos discutir y mucho menos de verlos separados.

Por una parte, yo no sé el detonante de su discusión esta vez, mi lado curioso me insistía en que nos quedáramos para escuchar la discusión pero mi lado razonable me dijo que no lo hiciera; que no lo hiciera para ahorrarme una decepción más.

Simplemente me encerré en mi habitación y me puse mis audífonos y música a todo volumen. No quería escuchar ni saber nada de nadie.

Quería paz mental, y era lo que menos tenía en aquello que apodo “hogar”.

(…)

En la noche cuando caí en las nubes de Morfeo un peso en mi cama me asustó, ya estaba preparada para caer a golpes a lo que fueses que estuviera en mi cama, pero me cerciore de que era mi madre que se había venido a dormir en mi cama.

Eso también era lo usual. Una discusión, venirse a dormir en la habitación de Natasha Crowell.

Sabía que papá tenía que trabajar esa misma noche porque cuando me decidí en dormir escuche su auto yéndose.

Por ende, mamá no dormiría en esa cama esa noche, y estuvo bien que lo hiciera.

Ella se fue primero a su trabajo para evitar tener aquella conversación conmigo que tanto ansié tenerla esa misma noche. Sinceramente quería saber el detonante de lo ocurrido, sin embargo, mamá fue astuta en irse sin mí.

Después de haber comido, procuré que mi aspecto no fuera tan predecible y fui en busca de Alisson, la cual, ya me espera afuera de su casa con una radiante sonrisa.

―Hola, sol. Hoy es un maravilloso día, ¿verdad? ―preguntó, destellando felicidad en su voz.

―Oh, sí.

Fue lo único que prenuncie después de que ella deshiciera nuestro abrazo. Su sonrisa se descompuso rápidamente y la preocupación se instaló en su rostro.

―¿Ocurrió algo? No me digas que Charlie te terminó por móvil, ese hijo de… ―la interrumpí.

―No pasó nada con Charlie ―negué varias veces, sentí como el nudo en mi garganta se acentuó.

Sin poder decir algo más, fui envuelta en sus brazos. Sus manos acarician mi cabello lentamente y las lágrimas ya recorrían por mis mejillas unas tras otra sin detenerse.

Al cabo de unos minutos, nos separamos y limpie mis lágrimas. Ella no deja de mirarme preocupada y le conté todo; absolutamente todo.

―Mierda, cariño… con razón no respondías mis mensajes anoche.

―Lo siento por no hacerlo ―murmuré y ella negó varias veces.

―No te preocupes, tienes tus razones y las respeto. ¿Sabes que siempre estaré para ti, verdad?

―Lo sé, gracias por eso, Alisson ―le sonreí con los ojos cristalizados.

―No hay de qué, sol.

(…)

―¿Por qué el ser humano le gusta sufrir? ―Preguntó el profesor a la clase, mientras se pasea por todo el salón.

―Porque son masoquistas ―comentó un chico al fondo.

―Puede ser… pero hay más ―argumento el profesor Will, deteniéndose en el pizarrón, escribió algo.

―Puede que cuando piensan en un recuerdo negativo aparece una persona que marcó sus vidas, y simplemente al recuerdo los hace aferrarse a ellas ―habló Jenna con una sonrisa triunfante. Sus ojos se enfocaron en mí cuando el profesor aplaudió entusiasmado por su respuesta.

―Muy bien Jenna, estuvo muy bien tu argumento. ―Aludió el profesor―. ¿Alguien más quiere aportar algo?

Con toda la seguridad levante mi mano, para hacerle saber al profesor que tengo algo que decir.

―Bien, Crowell, ilumínanos.

Respiré hondo.

―Realmente no nos gusta sufrir ―comencé―. Simplemente, es que a veces atendemos a divagar mucho en nuestra mente. Además de ello, el ser humano cuando sufre es porque ya está acostumbrado a ello; vive en la negatividad sin ver aquel atisbo de paz mental; tranquilidad. El dolor nos hace sentir que estamos más que vivos, así que es algo normal que un ser humano sufra… si no fuera así ¿Cómo sabría las cosas negativas de la vida?



Sunshine

#11110 en Novela romántica
#7189 en Otros
#1060 en Humor

En el texto hay: apuestas, mejores amigos, amistad y amor juvenil

Editado: 23.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar