Memorias de una mente frágil

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Camaleón

Segunda parte: Miedos

 

13 de abril de 2019

 

Si pudiera desnudarme ante ella, dejaría que sus pupilas se encandilaran con la blancura de mi piel resquebrajada.

Dejaría pasar la luz a través de mi sangre, del hematoma que, aún naciente en su bosquejo, resplandece violaceo sobre las raíces de mi barbilla.

Y no fuese el pequeño filo del arma, sigilosa llave de maravillas, la que ha de vencer sobre mi juventud, dejando en asfixia mi lozanía.

No fuese ella, sino que yo misma, la que después de descubierto el latido se desprendería de todo.

La que permitiría morder al miedo estando metida en su piel.

¿Y qué desastre sería aquel? ¿Qué sería de mi con ella, en ella; siendo yo el esqueleto y ella el dosel?

Sería irreal, quimérico, una tierra de leche y miel.

Escribiría con el alma llena su nombre en todos los rincones de mi anatomía y me apoderaría de su ser en cuanto ser.

Si pudiera revertir el odio que (nos) tenemos, conectando dulcemente lo separado por rencor, derramaría mi vigor en la piel que sangre secreta cuando de la mano nos abrimos la carne y saboreamos el mismo dolor.

Y no es menor que nos apodemos tiernamente por el melifluo sonido de una voz común, con los labios curvados al cielo, sonrientes y quietos, petrificados juntos por la misma emoción.

Es más, es natural. Somos almas gemelas, fundidas, forjadas en la misma fragua, puestas a arder en la misma hoguera. Somos la prueba hecha carne de que los seres humanos se claman incluso desde diferentes eras cuando existe el amor.

Pero temo que es aún mayor mi temor cuando me identifico en su nombre, sintiendo propia la propiedad arbitraria de sus latidos. Arden mis venas y la metralla cargada del sujeto incorrecto me perfora la cien, diciendo "que accidente gramatical más desafortunado".

Y de nuevo soy él.

Si pudiera beber de sus labios la media sílaba que vierte su sujeto, tan ajeno y tan lóbrego, me haría apenas humana.

Pero, cielo inmenso, no soy tan ingenua. Ni siquiera tengo el valor de (de)escribirme como ella me tiene enmarcada.

La noche tiembla sobre mis escápulas desnudas, dando tregua al espejo, sanando mi imaginación herida.

Y siento la sangre alcoholizada, ebria de dolor y de anhelos, mientras mi corazón abstemio padece la toxicidad de la roja bebida.

Me queman los dedos y mis ojos se entierran en los pliegues de la espalda, de la nuca, de mis brazos agotados abrazando su columna; y no es un misterio que esa mirada enrojecida se está muriendo de soslayo.

Como odio este pellejo y aún debo fingir que todo marcha bien, besando el quehacer añejo de probar esos rosados labios.

Quiero teñirme los brazos entelados de pintura, quiero partir el atril vertebral en mi dorso. Quiero desarmarme y volver a construirme con los pómulos rojos, con el vientre ardiendo, con el corazón bullendo de babor a estribor.

Quiero mirarme en el cristal pintado, rasgarme los labios con carmín cadencioso. Quiero abrazar la estrechez de su cintura y ocuparla como molde para lacerar en mi tronco una silueta.

Quiero, pero el veneno fluye por mis dientes y emponzoña mi boca; es una pena que los quiero también mueran con ella, conmigo, con el mundo entero.

¿Debo apuñalarme la lengua? ¿Debo fingir hasta la muerte? El aire se siente pútrido y al salir de la ducha, sé que el olor viene de mis sesos.

Me descabezo; siento el hacha rasgando mi tráquea y mis tiroides, mi esófago y mis vértebras de la C1 a la C6.

Maldita pubertad, maldita úlcera creciendo en mi cuello como bocio. Quiero morderla y enterrarla estéril para que nunca vuelva a crecer.

Quiero poder ser.

¿Es acaso un delito pedir amar, no actuar, sino que vivir? ¿Es prohibido el deseo de escaldar la piel, los músculos y los tendones? ¿Es constitución de pecado querer descubrir la verdadera carne bajo la piel?

No deseo volver a mirarme brillar en la noche; siento que pierdo la vida y viene un grito que escapa, pero que jamás rompe.

¿Permanecer estoico me hace más hombre? Di que sí y me haré cenizas; dame la razón y no volveré. Todo lo negaré

Mis discursos serán falsos, ignominiosos. No hay una verdad que te sepa decir sin fenecer.

¡No soy, no he sido, nunca seré... !

¿Qué era aquello que debía concluir? No lo sé, no lo sé.

Soy actriz y me ha tocado este triste papel, pero por desgracia no llega a ser mi segunda piel: es la primera y no la puedo quitar.

Necesito limpiar mis tres capas cutáneas; quiero intercambiar mi epidermis con la suya y hacer un trato permanente. Necesito sentirme amada, necesito volverme real, necesito dejar de hablar de ella: sólo soy yo en el espejo, un hada agonizante bajo el alféizar.

Pero no es sencillo desprenderme de estos nervios y, por cierto, no es sencillo desemembrarme por la noche para volver a ser él de día.

Necesito vaciarme sobre la cama y escupir toda esta maldición de vida; llorar por la nuca, arrancar la cabellera, desgarrar mi silueta y abrirme de arriba abajo, para formar de nuevo lo que no admite transformaciones.

Necesito morir y nacer de nuevo; necesito saber que puedo ser yo misma en la intimidad de mis cuatro paredes.

Necesito que alguien me reconozca como hija, que me llame amiga, que me entienda compañera. Necesito que no le importe a nadie de que color es la tela que me viste, con la que escojo ocultarme entera.

Sea filo, familia o dominio, ¿qué más da el género? Clasifícame como quieras y te aseguro que somos de la misma especie. Sólo déjame completar mi árbol filogenético con la taxonomía que yo quiera.

¿No era aquello fiel a mi literatura? Creo que empecé a hablar con la voz adormecida; me escucho igual que él.

Mi lengua se arrastra amarga y aunque dice frases dulces, todas saben a hiel.

¿Por qué todo el mundo me compara con él?

Necesito un abrazo cálido de ella, de sus manos. La quiero acoplada en mi cuerpo como una varilla de acero, impropia y rígida, espumosa y lacerante.

La quiero sentir de un azul vibrante, quemándome la boca con su sabor de metano, con su ligereza de alquitrán. Anhelo que con su piel irreal, roja y perfilada por otras manos, me ensamble perfecta y me ponga otro nombre para ser fuerte cuando quiera llorar.

Y pérfidas se van las manos aunadas, quebrando mis huesos por la fuerza, diciendo con su aliento negro, con su corazón de soldado, que cada dulce esquina que mi boca ha probado contiene el pecado y que enveneno.

Pues no hay sitio sereno, no hay golpe dado por gracia. Todos los disparos en zona de caza son diminutas lágrimas de hielo.

Y aunque tiemblo y sollozante me desvelo, aunque trato de ebullirme en los nuevos días por entero, condensada en el mañana o en el hoy, no hay forma de ser el ser humano que quiero.

Me temo que no hay modo de existir por quien realmente soy.

La aguja de mi brújula se ha vuelto loca, he dado vueltas en la cama por horas y no hay norte: mi sueño peregrina sin rumbo por todo el cuarto.

¿Dónde estará mi guía dibujando el horizonte?

Creo que la oigo, creo que puede entenderme. Creo que sabe que estoy esperando un día sin sol para encontrarla.

Porque este anhelo escarlata, esta adoración hueca y vacía, es sólo un rastrojo de toda la porquería que atraviesa mi espíritu en pena.

Estoy escapando, soy cobarde y me apena, pero ¿qué puedo hacer para remediarlo?

Siento que mi cuerpo es una máquina de movimiento perpetuo y aunque es ella quien percute las acciones, creo que puedes vaticinar que me siento un nido vacío.

¡Hay que volar hacia la luna! ¡Asfixiarse, destruirse!

Hay que viajar lejos para encontrarnos, pero ¿cómo he de convencerla para que venga conmigo?

Gritaré: ¡Oh, querida. Por favor ven con tu chico!

¿Para qué invertir mi tiempo en confesar este deseo in vitro? Ya me inventaré una trova en lo que queda de la madrugada.

Por ahora debemos empacar para la interminable travesía, pero no sé con qué envolver mi tronco: incluso en cueros me siento disfrazada.

¿Con qué la vestiré para que me acompañe? ¿Con qué la vestiré para que sea mía?

Si pudiera hacerla calzar mi ropa sin que la piel me hormiguee, sin que me escoza el cráneo, sin que los demás me fusilen con su mirada de artillería.

Si tan sólo fuese más fácil evaporar los órganos para hacer del corazón una coraza...

Pero soy tan desalmada, tan mezquina, que sólo quiero que me suplante mientras pruebo el deceso; no quiero morir sin poder clavarme su esqueleto en cada célula informe.

Porque ese cuerpo ilustre, ancho de mástil, estéril de cubierta, es sólo una daga que hiere mi voz con su filo calciforme.

Y vienen más sílabas rotas, apagadas, reventando mis oídos con su voto de silencio ¿cómo haré despegar tu soliloquio? ¿cómo haré que digas lo que sin decirse ha muerto?

El teclado sonoro bajo la seda, su rubia cabellera desgranando una a una las arterias del abandono. Y sordo late un mu(n)do triste sobre su boca desfalleciente.

Y otra vez eres mi bella durmiente. Otra vez me siento asesino.

¿Qué hago? ¿Cómo oculto la evidencia de este crimen pasional?

Debo despertarte antes de que me dejes para siempre: debo hacerme tuya, te debo liberar.

Voy a escribir mi carta de eximición sobre la cama para que nunca la puedan encontrar:

Rómpase mi claustro, fúndase la gloria del delirio.

Que vengan sus manos de fuego a desvestir el encantamiento de los amores verdaderos y que el nombre binario que tengo bordado en la carne como un estigma sea destruido.

Que me tomen prisionera y me llamen por tu nombre, que oculten mi dolor con la caligrafía impecable del pecado nefando.

Que me lleven arrastrando, no me duelen los golpes. Que me hagan sentir viva en el rigor de su fuego dorado.

Que por poco me hagan un muchacho condenado.

Que se llenen la boca con su moral inestable, que me llamen de aquí hasta el final "poco hombre".

¿Quién destruye una vida y hace del alma un circo es más digno? ¿Quién sólo ha caminado con sus propios pies tiene derecho a pisotear mi corazón y negar mi humanidad?

Que lo hagan de justo derecho y yo veré en que momento del parpadeo nublado me vuelvo a ti igual.

Pero, querida mía, ¿qué hago si no te puedo despertar?

Debo migrar; no necesito más que el ardiente sol de mayo bajo la chaqueta. No necesito un amago de sonrisa ni un abrazo dulce y maternal

Necesito deshojar apenas con la yema de los dedos el capullo marchito y helado de tu boca. Que fuese beso el roce azulino de este amor que muere, que no nace, que se oculta bajo el peso del cielo nocturno.

Sólo bastaría el dolor agudo de tus labios sobre mi cuello y moriría sin desprenderme de desearte.

Pero eres una estrella fugaz que me estremece los huesos en sueños y de día se escabulle tormentosa bajo la mesa, ardiendo bajo la mirada resplandeciente de sus ojos risueños.

¿Qué parece divertido en mi expresión de piedra? ¿Qué es tan llamativo cuando vienen a recorrerme de arriba a abajo?

Si alguien me adorara con la misma dedicación tendría apenas algunas migajas de felicidad, pero sólo me siento capaz de decir que amo a quien se supone que debo querer.

Toc toc, y el silencio se estremece totalmente bajo el grosor de la madera. Una mano llega, no la mano de cualquiera, y siento que estoy desnuda hasta el corazón.

"Abre la puerta con los ojos cerrados, márchate sin decir una palabra", pero él no atiende a mi suplica y se siente ardiente como una llama.

¡Hágase nuevo el sol, que vibre el astro rey! ¡Qué lo oculto de muestre como fue concebido bajo su rayo poderoso!

"Y su bello rostro pretencioso, ladino, la hace a ella estremecer".

¿La luz está encendida? ¡No me veas, lo suplico! No quiero que sientas ni un centímetro de mi cuerpo con la vista. No quiero que huelas el color de mi espalda o sientas el sabor de mis anchos hombros.

Pero él no me escucha y a morderme se precipita.

Y otra llama dolorosa en mi garganta crepita. Los tendones me queman, se desgarran bajo su tacto y todo el sufrimiento escondido y compacto se hace carne, se hace vivo.

La quiero, pero cada vez estoy más lejos de ella y es esa verdad la que me aterra de norte a sur, de la cabeza hasta el último nervio.

Preciosa, no puedo evitarlo. Lo siento.

Su olor se queda, su forma se ancla y me veo cada vez más pequeño.

Me he vuelto aire, sangre, tan sólo un alfil. Y aquello que miras con tanta atención desde el perfil es su máscara de hierro enterrada sobre mi rostro. Pues, una vez experimentado el dolor de sentirme ajena, nunca más podré dejar que se vaya de mí.

Ahora esas noches que eran nuestras, en donde nuestras almas se adoraban con nostalgia, en donde éramos iguales, no existen más.

Ahora no me atrevo a pensar en ella, no me atrevo a llamarla, pero la deseo por igual.

La llamo con el corazón abierto, jadeando, teniendo pesadillas espantosas sobre nuestra soledad.

Pero esta noche, este primer infierno sin verla en el cristal reflejar, me dejaré juzgar.

La voy a calmar.

¡Tómame en bruto y acaba con esto! No quiero perderte por siempre, no puedo.

Pero debo asesinar hoy mismo este deseo; voy liberarlo al viento para no pensarlo más:

Si pudiera desnudarme y ser ella, si camaleón fuera, ya no tendría que dormir con él. No tendría que temer por ella.



Romane Lavoie

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En el texto hay: locura, poesia, humanidad

Editado: 14.04.2019

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