Memorias Externas

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II

Es de madrugada y despierto en mi cama. Debo ir a trabajar, o mejor dicho, a recolectar recuerdos.

    Me levanto rápidamente y camino hacia la cocina; me hago un café expreso y lo bebo de a poco. Luego de ducharme, vestirme y cepillarme los dientes, desciendo al subterráneo del edificio e ingreso a mi automóvil.

    Mis mañanas son muy silenciosas; mis días son muy silenciosos.

    Llego al lugar donde trabajo y estaciono el vehículo en el lugar que tengo asignado. Tomo el ascensor hacia el piso 21, donde trabajan aquellos encargados de la recopilación y reestructuración de recuerdos basados en sensaciones.

    –Buenos días, Sr. Bergman –me dice mi secretaria, la señora Beatriz–, su cliente habitual lo está esperando.

    –¿Nadie le ha dicho a ese viejo verde que no le sirve de nada llegar temprano? Yo siempre llegaré a la misma hora –respondo.

    –Está adentro.

    –Gracias, Beatriz. ¿Algún papel que deba firmar?

    –La ficha de inscripción de Manolo Andrade, un nuevo cliente.

    –¿A qué hora agendó? –me dispongo a firmar la ficha.

    –Todo el día. Lleva esperando una oportunidad como esta desde hace casi dos meses. Todos saben que usted es un hombre ocupado.

    –¿Todo el día?

    –No solo eso. Agendó la semana entera.

    –¿Qué?

    –Tiene 97 años; le queda muy poco tiempo.

    –Si yo fuera a morir, preferiría pasar el tiempo con la gente que amo que reviviendo los recuerdos de mi vida. Bueno… mientras pague.

    Me retiro rápidamente e ingreso a mi oficina, para darme cuenta de que Don Andrés está esperándome, con la misma ansiedad de siempre.

    –¡Sr. Bergman! Un gusto, como siempre.

    –Igualmente.

    Nunca es un gusto verlo.

    Él es un hombre delgado, maltratado por años de adicción a la cocaína en crack y a los opioides. El poco cabello que tiene es de un plateado luminoso y las manchas en su cabeza aparentan ser continentes en un planeta rosado. Casi no tiene dientes y me da asco solo mirarlo. Sus recuerdos son perturbadores, pero aun así, más entretenidos que los míos.

    –Estoy cansado –me dice.

    –¿Por qué, Don Andrés? –interrogo.

    –Mi casa está muy lejos de este edificio y el camino es extenuante. 

    –Le recuerdo que puede extender su garantía por una suma bastante amigable y así tener su propio MBR 2.4, con personal que lo atendería y lo ayudaría en el proceso; todo desde la comodidad de su hogar.

    –No tengo tanto dinero.

    –Qué lástima –comienzo a revisar los antecedentes, para recordar las historias del viejo y así armarme un perfil sobre sus memorias–. ¿Qué recuerdo quiere visitar hoy?

    –El nacimiento de mi hija, Andrea.

    Qué hombre más creativo para los nombres.

    –Recuéstese, por favor –le digo.

    Don Andrés se levanta lentamente, desesperándome un poco. Qué viejo más inútil. Se acerca a la camilla y la mira como si fuera una reliquia extraña. Se recuesta y se acomoda, para finalmente mirarme con cara de perrito y decirme.

    –Creo que esta será mi última sesión.

    Nada podría hacerme más feliz.

    –Concéntrese en el recuerdo que quiere revivir. Cuando conecte el inductor de sueños, me aparecerán en pantalla las memorias que se asemejen a lo que usted recordó.

    –Nunca he entendido cómo funciona esa máquina.

    –Primero, se conecta con su hipocampo. Los recuerdos a corto y a largo plazo se generan de forma simultánea y se almacenan ahí. Esto, más la tecnología desarrollada por nuestra empresa, permite recordar emociones y sensaciones, para finalmente separarlas del recuerdo y reconectarlas a los mismos lugares de la amígdala donde ocurrieron en el pasado.



León Danús

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Editado: 28.02.2018

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