Memorias Externas

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IV

Tengo 78 años y estoy sentado al borde de un acantilado, sintiendo brisas fuertes azotándome el rostro. Nada me sostiene y, hacia abajo, se extiende un gigantesco vacío. Siento el vértigo rodeando cada fibra de mis músculos y una tensión en la espalda que me dice que debo salir de ahí… pero no quiero hacerlo.

    Una voz femenina me llama:

    –¡Papá! ¡Sal de ahí!

    La ignoro y continuó mirando hacia el cielo, viendo como los pájaros vuelan en el aire. Cómo me encantaría ser uno de ellos: totalmente libre y sin preocupación alguna.

    –Papá.

    La voz suena cada vez más cerca. Miro sobre mi hombro y veo a mi hija, Emilia, caminando hacia mí. No la había visto nunca antes. Quizás justo en aquel momento en que el viejo estaba recordando esta situación me distraje y la perdí de vista. La veo por un segundo y luego continúo mirando hacia el vacío.

    Ella me toma del hombro con suavidad y me dice al oído:

    –Papá, estás muy viejo para esto.

    –Quizás mi cuerpo sea viejo, pero mi corazón sigue latiendo como el de un adolescente –respondo, riendo.

    Ella me mira a los ojos; es hermosa. Sus facciones son muy delicadas y su mirada refleja una calidez apasionante. Me dirige una sonrisa perfecta.

    –Vamos a comer. El pollo ya está listo.

    –Ayuda a este viejo a levantarse, amor –le digo, mientras me ayuda a pararme.

    –Tu cuerpo ya no es el mismo de antes, papá. No puedes hacer tantas locuras.

    –Yo seguiré siendo un loco hasta el día en que me muera.

    Ella ríe. Su risa es como una sinfonía de música espectacular, que converge en sonidos disonantes para crear una melodía hermosa. No puedo dejar de observarla. Su cabello ondulado de color castaño, su nariz respingada y sus mejillas llenas de pecas. Me estoy volviendo loco.

    Estamos sentados en el suelo, los dos solos, comiendo pollo asado. Un inmenso bosque nos rodea y nos ilumina con sus colores otoñales. Las brisas cálidas nos acarician el cuerpo y nos entregan sensaciones únicas. Estoy totalmente perdido en ella. Emilia. Emilia Andrade.

    Me he enamorado del recuerdo de un viejo.

    Despierto súbitamente en mi sillón carmesí, con la esperanza de revisar más recuerdos y encontrar de nuevo a Emilia, pero aquel es el único.

    No me desespero, puesto que sé que el viejo regresará a mi oficina mañana y me continuará entregando recuerdos, en los cuales encontraré a Emilia y podré continuar observándola, sintiendo su voz y su calor.

    Repito el recuerdo. Estoy sentado en el acantilado, sintiendo el viento en mi cara. Ella se acerca y me toca el hombro. La miro a los ojos y me pierdo nuevamente en aquella mirada repleta de sonidos convergentes. Ambos círculos son de un verde apasionado, gentil y sencillo. Me estremece el alma el solo pensar en ella. Repito la memoria una y otra vez, sin detenerme. No quiero dejar de mirarla, no quiero perderla de vista por un segundo. Quiero que sea mía en aquel recuerdo.

    Pero es solamente un recuerdo que ni siquiera me pertenece. ¿Qué será de ella en este momento? En el recuerdo tiene alrededor de 20 años. Ahora tiene 39, y yo no tengo nada más que 32. ¿Estará casada? ¿Tendrá hijos? ¿Habrá cumplido sus sueños? ¿Estará perdida en el mundo o tendrá claro su camino? Quiero conocerla, entenderla, besarla y acariciarla por el resto de mi vida. Nunca me he permitido sentir algo por nadie, ni siquiera por mi difunta familia, pero ella tiene algo especial, algo que evoca lo más profundo de mis sentimientos.

    Ella es un recuerdo que me gustaría revivir un millón de veces.



León Danús

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Editado: 28.02.2018

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