Memorias Externas

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Despierto y veo a mi madre, sonriéndome y sosteniendo una canasta con naranjas en su mano izquierda. Se me acerca lentamente y me besa en la frente, haciéndome sentir apreciado. Cierro mis ojos y estoy una playa, caminando a las orillas del mar, mientras escucho como las olas rompen contra las rocas. Aquel sonido tan distante pero a la vez tan cercano me desconcierta. Mi mente está perdida en sus propios juegos y nada parece tener una solución.

    Camino por esta extensa playa, cuya arena es rojiza, azul, verde y rosada. El agua se convierte en sangre, al momento en que una fuerte lluvia comienza a caer sobre mi cabeza, limpiándome de todos mis residuos emocionales y filtrando mis fallidas percepciones sensoriales. Mi vida está cambiando. El universo está cambiando y yo debo atenerme a las consecuencias que esto trae.

    –Los soñadores nunca aprenden –escucho una voz en la lejanía.

    Es una voz masculina, un tanto ronca. El sonido de aquellas palabras se disipa entre el viento.

    –Los soñadores nunca aprenden –escucho nuevamente.

    Comienzo a desesperarme.

    –Cristóbal.

    Varias voces comienzan a retumbar en mis oídos.

    –No eres nada.

    –Sal de aquí.

    –Eres igual a los demás.

    –Tu mente no tiene significado.

    –Estás perdido en tus propios anhelos.

    –Imbécil.

    –Tuviste una infancia de mierda.

    –Eres un falso soñador con delirios de felicidad.

    Comienzo a desesperarme, mientras una ola gigante me da vuelta y me azota contra el suelo, dislocando mis memorias y añadiendo gritos de oscuridad a mis consternados pensamientos.

    –¡Imbécil!

    –No vales nada.

    –Eres un error en el mundo.

    Las voces no cesan. Estoy perdiendo la cordura.

    –Inútil.

    –Lunático.

    –Demente.

    Escucho voces femeninas, masculinas, de niños y de niñas.

    –Estúpido.

    –¡No eres más que una mierda!

    –¡Mierda!

    –Te perdiste a ti mismo.

    –Corrompiste tus propios pensamientos.

    –Vuelve a tu guarida de soledad.

    –Continúa robando pensamientos ajenos, infeliz de mierda.

    –Infeliz.

   Emilia… te veo en la lejanía de una ciudad deshabitada.

   Doblas en la esquina del edificio abandonado. Apresuras el paso como si un profundo miedo comenzara a apoderarse de ti. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué es lo que saca de quicio a tus interminables pasos? Cada minuto que te sigo me voy acercando más. Pienso y pienso en qué puede significar el camino que recorre tu cabello en el aire y las formas que dibuja. Tu mente no me conoce y posiblemente jamás me conocerá, pero de todas formas, estoy seguro de que ya llegué a formar parte de ella. Pero… ¿cómo es esto? ¿Cómo es que llegué a formar parte de tu mente si ni siquiera sabes quién soy?

    Me acerco a ella. 

    –¿Cuál es tu nombre? –pregunto, con la esperanza de que las lágrimas que cubren sus mejillas desaparezcan. 

    No obtengo respuesta alguna, sólo un sollozo eterno que perdura en el tiempo como la lluvia que cubre rincones sombríos.

    Todo desaparece, al momento en que las voces vuelven.

    –Idiota.

    –Hijo de puta.

    –Malnacido.

    –No eres nadie.

    –Nadie te quiere.

    –Nadie jamás va a quererte.



León Danús

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Editado: 28.02.2018

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