Metaguerra

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Veinte

Colorado, Estados Unidos.

Dos pequeñas de doce y diez años caminan de la mano por las calles de la ciudad, el otoño comienza a dejar huellas dejando las hojas tomar tonalidades amarillas, rojizas y marrones, para posteriormente dejarlas caer al suelo dónde los niños gustosos jugarán en montañas de ellas.

-–Susan, escuché a mis papás hablando sobre una supuesta mudanza.-– dice la niña.

-–¿De veras? Tranquila no nos separarán, de seguro hablaban de alguien más.-– responde Clara saltando entre montoncitos de hojas secas y marchitas.

-–¿Crees que sea por lo que sucedió hace unos días?-– pregunta la otra nuevamente.

Ambas niñas se observan en silencio, hace apenas dos días la menor de ellas - Clara- tuvo una pelea con una de las niñas de su salón, Cindy Perron, quién en un pleito infantil terminó abofeteando a la niña y ésta furiosa y no dispuesta a dejar las cosas como están le jaló el cabello para posteriormente - en un acto de superioridad- le escupió en la cara.
Lo más normal hubiera sido que ambas se hubiesen golpeado nuevamente o las autoridades educativas hubieran interferido, eso de seguro habría sido lo más indicado pero, para desgracia de Clara, no es lo que sucedió.
Cindy comenzó a llorar y gritar cuando la saliva de su rival le quemaba el rostro por completo, y es que en ese momento se manifestaron por primera vez las habilidades metahumanas de la pequeña.

-–No lo sé, espero que no, en verdad me gusta estar contigo. Eres mi prima favorita.–- sonríe Susan.

-Su, soy tú única prima.–- ríen ambas.

Están a dos cuadras de llegar a casa de Marcus Mitchell, padre de Clara y hermano mayor de Morgana, la madre de Susan. Desde dónde están pueden ver las llamaradas que cubren el techo de la modesta casita, aterradas corren hacia su pequeño hogar e intentan pedir auxilio a los vecinos pero ellos parecen no querer ayudar en nada. 
Clara se adentra en la casa, no mide las consecuencias de sus actos ya que en ese momento lo único que quiere es encontrar a su papá y a su tía, el humo negro llena el lugar y sus pulmones se llenan de él. El suelo cruje con cada llamarada, las paredes colapsan, el techo cae y no hay señales de su familia. Susan la sigue lo más rápido que puede pero al ser mas alta que su prima no puede evadir con tanta facilidad los escombros que penden del techo.

-–¡Clara! ¡Clara!-– grita la niña tosiendo.

Logra verla unos pasos adelante de ella, las intenciones de la menor son subir las escaleras que llevan a las habitaciones pero en su descuido no puede ver que una columna se desploma directo sobre ella; Susan, en un acto impulsivo solo piensa en gritar su nombre con todas sus fuerzas, tanto como sus pulmones se lo permitan y un eco potente se desplaza desde su boca hacia el cuerpo de Clara empujándola hacia adelante y por ende apartándola de los escombros.

-¿¡Te encuentras bien!?–- pregunta la mayor al llegar hasta ella.

-–Si-– tose y se incorpora.

-Clary debemos irnos-– la toma de la mano y la jala en su dirección.

-–¡No! ¡Mi papá!-– se suelta del agarre y corre escaleras arriba.

Los peldaños se deshacen conforme las pisadas van haciéndose presente, suben rápidamente y al llegar a la entrada de ambas habitaciones lo que ven las deja perplejos; la primera en reaccionar es Clara quien corre hacia el cuerpo de su padre, éste se encuentra tendido en el suelo, sin vida y con graves quemaduras. Antes de que la niña pueda siquiera verlo de cerca Susan la atrapa y en contra de su voluntad la arrastra escaleras abajo para finalmente salir de la casa antes de que termine de derrumbarse por completo.

-–¡Papá! ¡No! ¡Déjame!-– grita y patalea Clara.

-–¡Ya basta Clary! ¡Tío Marcus ya no está!-– la mayor la estrecha.

Ambas observan lo que queda, una niña ha perdido a su padre esa noche y otra a su preciado tío, esperan a que alguien les brinde ayuda, una ayuda que no llegará ya que fueron los mismo humanos quienes han provocado la terrible tragedia.

Fajardo, Puerto Rico.

Miguel Montaner corre por las calles de su ciudad natal con tan solo catorce años, huye despavorido como lo que es, un vulgar ladrón cuyo botín es una canasta de joyas caras y preciosas que logró quitarle al joyero. 
Desde niño, ha sido un visitante constante de la correccional de menores, a la edad de cuatro años su padre falleció a causa de un accidente y él fué la oveja negra de la familia, el pequeño indomable. 
Las autoridades policiales lo siguen de cerca e incluso le disparan con sus pistolas sin ningún tipo de remordimiento, sus piernas se esfuerzan al máximo, su respiración agitada y su corazón desbocado solo incrementan la adrenalina que corre por sus venas. Voltea hacia atrás y sonríe divertido seguro de que no van a encontrarlo, que los ha dejado atrás y que una vez más salió victorioso en sus fechorías.
Pero no es así. 
Choca estrepitosamente contra un hombre que lo toma por el cuello de su sudadera y lo eleva varios centímetros en el aire, con una sonrisa cómplice lo observa y le quita la bolsa de sus tesoros para luego aventarlo contra el suelo.



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Editado: 04.05.2019

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