Metahumanos #1 |saga "Evolución"|

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Capítulo tres

San Miguel de Allende, Guanajuato, México.

Una noche estrellada en verdad, un joven de quince años camina en la oscuridad de la noche. Ha huído de su casa cuando su padre alcoholizado golpeaba a su madre, y ésta sólo se quedaba en silencio.

—Diablos, todos los días es lo mismo, odio mi vida— farfulla el chico frustrado.

Carlos Sandoval es un muchacho aplicado en la escuela, amoroso y buen amigo, sobreprotector con sus​amigos y muy sociable. 
Lamentablemente tuvo la desdicha de tener malos padres, su padre alcohólico y su madre sin el carácter necesario para afrontar la situación y poner a salvo su familia.

—Estoy harto de todo ésto.— susurra.

El camino de la carretera es largo, solitario y ayuda a que un niño solo llore en silencio sus penas.
Con el pasar de las horas– y sin contar las que ya lleva– el cansancio se hace presente por lo que Carlos decide sentarse unos momentos junto al tronco de un enorme árbol viejo.
Suspira cansado, sus ojos rojos ya no lloran pero su rostro refleja su gran aflicción. Comienza a silbar, al ritmo de una popular canción infantil, algo que su madre solía hacer cuando lo arropaba al dormir en su edad de cinco o seis años.
La noche quieta y calma, ni siquiera los grillos o las luciérnagas están presentes, no hay nada ni nadie. Pronto se lleva una gran sorpresa, sin dejar de silbar observa cómo de su boca sale aire de manera extraña, no cómo lo haría una persona común y corriente sino que, de manera casi antinatural.
Asombrado se pone de pie, observa a todos lados viéndose totalmente solo en el lugar, toma aire y lo retiene unos segundos en sus pulmones para luego expulsarlo en dirección al enorme árbol y así moviendo de manera descomunal la copa de éste.

—¡Increíble!— grita eufórico.

Sonríe y salta de alegría, está seguro que eso lo ha provocado él y no el viento natural, ¡Tiene habilidades especiales! ¿Quién diría que la huida de su hogar sería el detonante de sus habilidades? No puede creerlo, algo en su interior lo alerta, debe buscar dónde vivir y bajo ninguna circunstancia hablar sobre ésto, nadie puede saberlo, nadie debe saberlo.


 

Ciudad de Perth, Australia.

Darel Wirrpanda y su hermano mayor Heng, caminan por la ciudad en busca de los materiales necesarios para un trabajo escolar. 
Ambos chicos, de quince y once años van ensimismados en su mundo y sin prestar atención a su alrededor.

—Vamos Darel, camina o llegaremos tarde a casa—Heng espera a que el pequeño rubio lo alcance.

—No entiendo, ¿Por qué tanto apuro?— dice el chico molesto.

—No quiero que tengamos problemas de nuevo por tu rareza— el mayor continúa con su marcha.

—Te equivocas, yo no soy raro. Mamá dice que soy especial— espeta el niño corriendo lejos del mayor.

—¡Darel!— el mayor lo sigue.

Heng corre detrás de su hermano menor, unos pasos detrás de él lo alertan y al observar mejor, logra ver unos hombres vestidos de negro y con extraños artefactos en las manos seguirlos a toda velocidad. 
La rapidez con la que los están alcanzando desespera al muchacho mayor quién al llegar junto a Darel tira de su brazo para alentarlo a volver a correr.

Ambos hermanos llevan la delantera desenfrenados, saben muy bien que buscan al más pequeño y el miedo se instala en ambos.
Heng no permitirá que se lleven a su hermanito, y Darel jamás irá con ellos por voluntad propia.

—¡Darel corre más rápido!— apremia el mayor.

—¡Ya no puedo más!— el pequeño jadea— Voy a hacerlo hermano.

—¡No!— responde Heng— Es peligroso, podrías hacerte daño.

—Soy inmune, ¿Recuerdas?— responde sonriendole Darel.

El rubio se detiene y llena sus pulmones de aire, voltea hacia los misteriosos hombres de negro y los enfrenta, no tiene miedo, sabe muy bien lo que hace y está dispuesto a hacerlo para que no dañen a su hermano.
Concentra su energía en el cuerpo, poco a poco la temperatura corporal va subiendo y sus ojos rojos hacen acto de presencia, sin ningún tipo de aviso sale despedido del cuerpecito del chico nada más y nada menos que una estela de energía. Cómo si una bomba atómica hubiera devastado la calle, todo está en ruinas, la gente herida y corriendo despavorida sin terminar de entender bien qué es lo qué pasó.
Los oficiales que los seguían yacen heridos en el suelo y la distracción –y el humo– de la explosión les dan a Heng y Darel el tiempo suficiente y la distracción necesaria para huir del lugar sin ser vistos.

—¡Diablos! ¡No debiste hacer eso!— dice Heng llegando a su casa.

—Nos hubieran atrapado— responde el menor al entrar.

—¿De qué hablan niños?— Megan, su madre, los encuentra susurrando en el pasillo.

—Darel lo hizo de nuevo madre, volvió a hacer explotar su cuerpo o lo que sea que haga con él— Heng habla molesto.

—¿Qué? ¿Te encuentras bien querido?— Megan inspecciona al menor y sonríe al saber que está sano.



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Editado: 20.04.2019

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