Mi compañero de celda.

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Capítulo 11.

Muero de hambre, frío, sed y cansancio. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero ansío las ganas de que esa puerta se abra y comer algo. Estoy muy desorientada y estar en este lugar me ha dejado un poco tocada, las pesadillas se reviven en mi cabeza durante todo el tiempo, algo que me desespera y hace que tenga ganas de gritar, tan fuerte como para romper una copa de cristal.

Tirito del frío, los dientes me castañean y trato de entrar en calor moviéndome de un lado a otro, a pesar de que me siento muy débil. Sé que no hago nada, pero de esa manera, tengo la sangre fluyendo por el cuerpo, con lo cual, no moriré de hipotermia. 

El corazón me da un vuelco cuando escucho las cerraduras. Me giro y espero a ver la luz. Cuando veo ésta, cierro los ojos de inmediato, pues me hace daño incluso a través de los párpados. 

—Vamos —me dicen. No vacilo y voy hacia ellos abrazándome a mí misma, sintiendo como las piernas están luchando por no doblarse y hacerme caer. 

Llegamos al pasillo, donde veo que todas las presas están durmiendo, hablando o mirándome tras las rejas. La rabia crece en cuanto veo a mi compañero sentado en mi cama, leyendo ese libro de empresariales. Espero con ansias a que abran la puerta y me quiten las esposas.

Una vez lo hacen, me dan otro empujón. Miro por encima de mi hombro al guardia y gruño ¡Imbécil! Quiero gritarle. 

A continuación reparo en Blake, el cual me mira fijamente con lástima. No lo pienso dos veces: Doy un paso, alzo mi mano y le doy el mayor bofetón que he dado en mi vida.

—¡Hijo de puta! 

Gira la cabeza lentamente, se que está enfadado, pero más lo estoy yo. No le doy tiempo a reaccionar y comienzo a lanzar golpes, algunos le dan y otros simplemente se quedan en el aire.

 —¡Te odio con todas mis fuerzas! —le grito, intenta detenerme poniendo sus manos en mis muñecas, pero es tan grande la rabia que siento que no soy capaz de parar —. ¿Qué te hecho yo, eh? —empiezo a llorar de la impotencia, mientras intento seguir golpeándolo. Él  lo toma como una ventaja y me estampa con la pared.

—No me vuelvas a tocar —sisea, cerca de mi rostro. Vuelvo hacer el intento de golpearlo, pero ya me quedado sin fuerzas, he gastado toda la energía en los golpes anteriores. Sollozo con ganas. Blake me suelta y me caigo al suelo de culo. 

Siento sus manos debajo de mis axilas, me levanta y, con facilidad me sienta en la cama. 

—Toma, estarás hambrienta —me dice, sentándose a mi lado y tendiéndome unas cuantas galletas. 

No debería cogerlas, no quiero nada de él, pero si no como posiblemente me desmaye. Así que, las cojo y comienzo a comérmelas. 
Están buenísimas, a pesar de que tienen un aspecto horrible. Aunque también debo decir que con hambre, todo está para chuparse los dedos.

—Deberías quitarte el mono, está empapado y caerás enferma —su tono es suave, algo que me repugna, es un cínico de mierda. Primero hace que me metan ese zulo y ahora quiere tratarme bien.

—¿A ti qué te importa si enfermo? Déjame tranquila de una puta vez ¿No te has dado cuenta hace ya unos días que no quiero tener nada que ver contigo? No me hables y no te acerques a mí —escupo, llena de odio hacia él. 

Sigo comiendo las galletas que me ha dado. De reojo lo veo tensarse, resopla y se levanta de la cama.
Mejor así.

Cuando he terminado con las galletas, me quito el mono quedando en ropa interior y cuando me voy a meter en la cama para descansar, un guardia me llama

 ¿En serio? ¿No me van a dejar respirar un poco?  

Resoplando, me levanto y lo miro para ver qué quiere. 

—Han venido a verte, vístete —dice, severo. Me vuelvo a poner el mono empapado de agua suciedad, y abre la puerta. Me esposa y otra vez, recorremos pasillos.

Debería estar contenta porque mis amigos están aquí para verme, pero han venido en un mal momento y no quiero verle la cara a nadie. Sólo quiero tumbarme en la cama y dormir cuanto pueda y más. 

Entramos a la sala, y si pensaba que mi mundo ya estaba hundido por completo, estaba muy equivocada. Todo se está desmoronando más a mis pies. El guardia nos informa de que tenemos quince minutos y yo sólo pienso en darme la vuelta e ir de nuevo a la celda; es peor estar aquí que entre cuatro paredes con ese cabronazo. Lo prefiero de esa manera.

Me siento en la silla, viendo sus rostros que, claramente, fingen humildad. 

—Hola, Annie —sonríe, la muy...

—¿Cómo estás? —dice, Daniel. 

—¿Qué queréis y que hacéis aquí? —digo, cortante. No quiero que se acerquen a mí, no quiero saber nada de ellos.

—Oh, cielo, visitarte para ver cómo estabas —hago una mueca, asqueada ¡no se lo cree ni ella!
 
—Vicky, déjate de mierdas y dime qué es a lo que habéis venido —gruño.

 Daniel y Vicky se miran entre sí y sus rostros cambian: ya no están sonrientes, me miran con odio y asco. 

El sentimiento es el mismo, señores.



Leah Jones

Editado: 13.03.2019

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