Mi compañero de celda.

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Capítulo 2.

Cuando ya me han cosido—dos puntos nada más—, vuelvo a mi celda y las puertas se cierran, haciendo un ruido cuando chocan contra el hierro que las fija.

Sin mirar siquiera al imbécil que ha hecho que me parta el labio, subo a mi cama y me tumbo mirando hacia el techo, dándole vueltas a todo. Desde lo que ocurrió hace tan solo mes y medio, hasta el día de hoy.

En mi cabeza empiezo a formar una melodía para calmar la ansiedad que, al darle vueltas a la cabeza, me he creado. Me siento bastante inquieta. Y cada segundo que pasa, comienzo a ponerme más y más nerviosa, sintiendo que me falta el aire.

Me levanto como un resorte, me siento en el borde del colchón y me llevo la mano al pecho, dando alguna que otra bocanada de aire.

El corazón me late fuerte y muy rápido. Un cosquilleo me recorre los dedos de las manos. Unos ligeros mareos me hacen ver un poco borroso, sentirme aturdida y mi respiración retumba en mis oídos. Cierro los ojos e intento calmarme pero me es imposible y, en un arrebato, me lanzo hacia debajo de un brinco. Camino de un lado a otro dando bocanadas de aire. ¿Qué me está pasando?.

Los mareos se intensifican y eso me provoca más angustia, haciendo parecer que mi pecho se oprime cada vez más.

Me da un vahído y apoyo la espalda en la pared, sin darle importancia al dolor.

—Mierda —escucho una blasfemia por su parte y lo veo que se levanta rápido de la cama. No quiero ni siquiera oírlo Me niego. Veo como mueve sus labios, pero estoy tan angustiada y nerviosa que no puedo prestarle atención aunque quisiera. Me pone más histérica.

Las piernas se me duermen en cuestión de segundos, y me preocupo más.

¿Me está dando algún tipo de infarto? ¿Me voy a morir?

Pensar en aquello me pone más enferma, de modo que cierro los ojos, intentando dejar de pensar en las cosas malas.

—¿Qué te pasa? Estás muy pálida —me coge del brazo y al mirarlo, noto que se me está nublando más aún la vista.

—Me cuesta respirar —le digo, con dificultad —. Y las manos y las piernas... —me interrumpo para dar otra bocanada de aire. Me encuentro fatal.

—Joder, ven siéntate aquí —me lleva hasta su cama y me sienta. Mis piernas comienzan a temblar visiblemente. ¿Qué demonios...? —. Tienes que calmarte. No es nada, te lo prometo. —me asegura.

¿Cómo quiere que confíe en él después de todo?, es algo muy absurdo por su parte.

—Llama a los guardias, por favor —le ruego, entre bocanadas, pues ya no soporto más este malestar.

Él niega, se pone de cuclillas frente a mí y me mira con desesperación, después habla:

—Tan sólo es una crisis de ansiedad, cuenta hasta diez con los ojos cerrados —aun sin fiarme de él lo hago, todo sea por mi salud.

Abro los ojos de nuevo y sigo sintiendo la misma tensión, los mismos mareos...los mismos cosquilleos en mis articulaciones. Sigo igual. No funciona.

—Otra vez —me insta, y suspirando vuelvo hacerlo.

Ésta vez funciona y me quedo ahí sentada hasta que toda la angustia y malestar que sentía desaparece de a poco. Abro los ojos y veo que me mira sin expresión alguna. ¿Este capullo me acaba de ayudar?

Y Justo cuando voy a abrir la boca para decirle que ya estoy mejor, y darle las gracias por ello, el chico vuelve a ser el de siempre:

—Espero que no me vuelvas a molestar con tus mierdas, no voy a volver a ayudarte. Ahora levanta tu culo gordo de ahí y sube a tu puta cama —añade finalizando. Asiento levemente con la cabeza, me levanto y dejo que las lágrimas salgan, después de lo que me ha pasado me siento más delicada que nunca.

Me tumbo en mi cama y sorbo mi nariz. Sigo pensando que no voy a ser capaz de sobrevivir a esto y temo que algún día se me vaya la cabeza y el asunto de las manos. Me giro poniéndome de lado y pienso en que tengo que darle las gracias, aunque me haya tratado mal después de ayudarme.

—Eh —lo llamo, escucho un gruñido de desaprobación por su parte y hablo de nuevo: —. Gracias. —no obtengo respuesta como era de esperar, suspiro con pesadez y cierro los ojos para dormirme y hacer que las horas pasen más rápidas de esa manera.

A la hora de la cena no nos dejan salir, ya que ha habido dos asesinatos por arma blanca en las que han muerto las dos reclusas que permanecían en esa celda. Por lo tanto eso hace que mi miedo aumente y me desespere más por salir de este sitio. Qué efímera en la existencia. ¿Y si me ocurre a mí el día menos pensado? ,no quiero ni imaginarme en esa situación, me revuelve las tripas tan sólo de imaginarme en mi propio charco de sangre. ¡Me pone los vellos de punta!.

El chico está haciendo ejercicio con unas mancuernas que ha sacado de debajo de la cama, mientras murmura palabras que no lo logro entender y yo, como no tengo nada qué hacer, me dedico a mirar por la pequeña y rectangular ventana con barrotes del mismo tamaño, con el frío de noviembre golpeándome en la cara. Me cojo un mechón de pelo y comienzo a trenzarlo en lo que pienso en lo que estarán haciendo mis padres y amigos en este momento. Se me parte el alma al imaginarme a mamá y a papá, viendo la televisión sin preocupación alguna por mi estancia en la cárcel, porque si fuese así ya se habrían dignado en venir a visitarme.



Leah Jones

Editado: 13.03.2019

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