Mi Loca Encantadora

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Reencontrándonos

David

Han transcurrido un par de semanas desde que Sharon se fue y el incidente con Julieta. Después de dejar el hospital no vi más a mi prometida porque ella no retrasó su viaje a Grecia, así que mis planes de cancelar la boda no ocurrieron, aunque, sigo creyendo que estamos cometiendo un error al casarnos, no puedo hacer nada contra eso hasta que Sharon regrese.

Es extraño, pero a quien debería de tener ganas de ver es a mi prometida, sin embargo, no es así, deseo ver de nuevo a Julieta, no obstante, sé que eso es imposible. Es tan extraño desear ver a alguien que solo has visto una vez y en una situación poco común.

En cuanto a mi trabajo todo va mucho mejor, la historia fluye de una forma que me está gustando, por sorprendente que parezca en dos semanas escribí lo que no pude hacer en meses. No estoy seguro si esto tenga relación con Julieta, pero cuando pienso en ella todo comienza a tomar forma. Sé lo ridículo que eso es, pero por más que lo intento no puedo alejarla de mi mente, sin embargo, aprovecho estos momentos para continuar escribiendo, quizá si continúo así terminaré el manuscrito en unas semanas más.

Mi celular suena interrumpiendo mis extraños pensamientos y con ello mi trabajo. Al tomarlo para decidir responder o no, veo que es de Bodas Murray, los encargados de organizar mi boda, los mismos a los que llevo dos semanas evadiendo, y es que con el viaje de Sharon quien se debe hacer cargo de los detalles faltantes soy yo. Así siempre que, ellos llaman yo ignoro la llamada, tal vez, si no veo nada de lo que falta para la boda termine por desaparecer, pero en esta ocasión algo dentro de mí me obliga a contestar.

―Bueno. ―digo de mala gana.

―Con el señor Sanders, por favor. ―pide.

―Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

―Buenas tardes habla Clara Alcocer, soy la asistente de la señorita Murray, quien usted y su prometida eligieron para qué se encargara de organizar su boda. ―mientras explica puedo detectar el sarcasmo en su voz―. Por eso es de vital importancia reunirnos con usted para cumplir sus expectativas.

―Estoy trabajando. ¿Sabe algunas personas nos dedicamos a otra cosa que quitar el tiempo? ―refunfuño.

―Señor Sanders, con todo respeto su trabajo es tan importante como el nuestro y el de nosotros consiste en organizar su boda. En ningún instante es nuestra intención que por reunirse con nosotros desatienda sus responsabilidades. ―agrega. Me pasé al decirle que no hacen otra cosa más que quitar tiempo a las personas, pero es que no quiero saber nada de la boda. Por supuesto ella no tiene la culpa de eso. ―No obstante, le aseguro que una o dos horas que nos regale de su tiempo no serán de demasiada inversión tomando en cuenta que su boda es una fecha muy importante de la que dependerá su futuro. ¿Cuándo puede acudir a las oficinas? ―indaga. Por más que quiera evadir esa reunión, no podré hacerlo para toda la vida.

―En un par de horas. ―respondo. Al menos, que las oficinas estén hasta el otro lado de la ciudad no me llevará mucho tiempo apagar la computadora e ir a la reunión.

―¿Habla en serio? ―cuestiona incrédula. Vaya, parece que llevara toda la vida posponiendo la reunión.

―Por supuesto. ―respondo con seguridad, aunque reunirme con ellas es de lo que menos ganas tengo.

―Bien. Permítame un momento. ―pide entusiasmada, cualquiera que la escuche pensaría que se ha ganado la lotería y no que está concertando una reunión conmigo.

―Claro. ―concedo.

―Voy a poner en pausa la llamada, pero no cuelgue, por favor. ―pide, mejor dicho, ruega. ¡Qué mujer tan extraña!

―Aquí estaré ―intento tranquilizarla. Como ella dijo la llamada ha quedado en espera, no se escucha ningún sonido del otro lado de la línea. Al parecer, mi interlocutora ha decidido castigarme porque según ella me he portado mal. Enciendo el altavoz y regreso a mi trabajo. Han transcurrido 20 minutos y la llamada sigue corriendo, en definitiva, me están castigando, decido colgar la llamada.

―Disculpe la tardanza. ―escucho la voz de Clara, impidiendo que termine la llamada.

―Ya iba a colgar. ―respondo.

―Le pedí que no lo hiciera.

―Así es, pero se olvidó comentarme que estaba castigado.

―¿Castigado? ¡No lo estamos castigando!

―¡Que bueno que lo aclara! ―agrego sardónico―. Pero al usted dejar en pausa por 20 minutos la llamada, me hizo pensar que era una especie de castigo o venganza.

―Nada de eso. ―agrega exasperada―. ¿Está seguro de que hoy puede asistir a una reunión con nosotros?

―Muy seguro, solo que hay un inconveniente.

―¿Cuál?



AleBPena

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En el texto hay: amor a primera vista, romance

Editado: 28.04.2019

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