Mi Piel DÁmara

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Frío Muerte

A la mañana siguiente llego diez minutos antes de que empiece la primera clase. Me gusta la historia, pero eso no es lo que me ha llevado a levantarme antes. Creo que llevo tanto tiempo durmiendo poco que es casi como si ya no necesitara más de cinco horas de sueño al día.

Como es habitual, mis compañeros más madrugadores me abren paso en mi ascenso por la escalera central de la clase, pero al otear a mi asiento habitual no veo a Cas en su pupitre. La muy petarda debe haberse quedado dormida. La envidio, pues estoy tan necesitada de sueño que me siento mareada. Después de que Cas se marchara no pude pegar ojo, y me he pasado el resto de la noche dando vueltas entre mis sábanas prendidas en llamas mientras imágenes confusas de Evans flotaban por mi adormilada mente. Creo que he logrado dormirme media hora antes de que sonara mi despertador.

¡Dios bendiga el maquillaje!

Greg se aparta exageradamente para dejarme pasar por el estrecho pasillo de mesas hasta mi pupitre. Echo un vistazo al asiento vacío de Cas. Estoy segura de que no va a aparecer hasta la segunda o tercera clase.

Me cuesta levantar la cabeza y cada vez que parpadeo me dan ganas de dejar los ojos cerrados. ¿Por qué no habré intentado dormirme otra vez? Pero sé porque, hay un nerviosismo sutil recorriendo los nervios de mi cuerpo, enervándome más allá de mi agotamiento.

De hecho, mientras hojeo el libro de historia, fijándome en la bonita foto en blanco y negro de Yadra en los años veinte, siento la paranoica idea de que me observan.

Alzo la vista y me encuentro con la estúpida cara de Evans fija en mí. El muy idiota no es capaz de levantarse feo ni tras una noche sin dormir...sino que acaba de cruzar las puertas del salón despeinado, con una barba desaliñada y el ceño fruncido mientras provoca espasmos vaginales a media clase.

Me muerdo la cara interna de mi mejilla ante su atenta mirada al otro lado de la sala, y me alegro de la gran distancia que nos separa porque me he puesto más roja que una compresa en el primer día de menstruación.

Arrugo el ceño ante mi propia ocurrencia. Necesito dormir más, decido y le aparto la mirada a Mr Moja Bragas. No pienso ser otra estudiante dámara que babea hasta que él se sienta en su habitual pupitre de la parte inferior de la derecha. Lo malo de que la clase tenga la forma de un teatro romano es que nos vemos todos las caras muy bien, por lo que la mayoría de las chicas seguirán contemplándole aun después de que se siente. No sé cómo Evans soporta tanta atención, incluso aunque sea admiración, es simplemente demasiado.

Regreso mi atención a las fotos de mi libro de historia, e intento imaginarme como ha tenido que ser para Yadra vivir tantas épocas distintas. Distinta ropa, distinto pelo, distintas normas...

Le queda bien el vestido blanco que lleva en una de sus fotos de los años sesenta. Blanco como la camiseta de Evans...freno mis ojos justo antes de que se muevan hacia la zona donde se sienta con los élite. Es cierto que me gustaría volver a apreciar cómo se ciñe la bonita camiseta blanca en sus bíceps, es cierto que lo de anoche me ha dejado un tanto...hormonada, pero también es cierto que tengo el autocontrol de un pastelero diabético. Para mi propia tranquilidad, no he vuelto a mirarle desde que entrara por la puerta.

No obstante, la acuciante sensación de que me observan vuelve hasta hacerse insoportable.

Me rindo al fin, y ladeo los ojos con disimulo.

Como me había temido, Evans me está contemplando totalmente ajeno a lo que le dicen sus amigos y eso me cabrea mucho. Su rostro no delata emoción alguna, no es como si me mirara boquiabierto o apasionado, o con corazones, simplemente me observa y su calma y frialdad me enfurecen aún más. Le doy varias oportunidades de que pare, volviendo mi atención al libro, pero no lo hace por lo que me saco el teléfono de la mochila y le escribo un mensaje.

 

Lo contemplo con el mentón alzado y expresión desafiante mientras se saca el teléfono del bolsillo

Lo contemplo con el mentón alzado y expresión desafiante mientras se saca el teléfono del bolsillo. Sabe que el mensaje proviene de mí, pero su expresión no cambia.

Hasta que lo lee y una pequeña sonrisa curva sus labios.

Hasta que lo lee y una pequeña sonrisa curva sus labios

 

Debo admitir que me decepciona su escueta respuesta, pero intento que no sea demasiado.

Entonces llega otro mensaje, y comprendo de qué va todo esto.

Entonces llega otro mensaje, y comprendo de qué va todo esto



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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