Mi Piel DÁmara

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La Caja

Los dámaros no somos ajenos a la muerte. De hecho, nuestra esperanza de vida es de setenta y tres años mientras que en los humanos pasa de los ochenta. Tampoco nos es extraño el dolor físico.  

Desde niños, nuestro trabajo es aprender a controlar nuestros poderes y ofrecerlos al mundo para mantener la paz y el orden. Pero nos hacemos daño en el proceso.  

Muy a menudo.  

Nuestra muerte no es un acontecimiento tan dramático como la muerte de un humano. Entre los de nuestra especie, porque estamos acostumbrados a arriesgarnos y salir heridos; para los humanos porque en el fondo nos ven como meros instrumentos. Para ellos existimos para servir, y no por el simple hecho de vivir, de disfrutar de ese paseo que es la vida.  

Quizá sea cierto. 

¿Por qué sino existiría alguien como yo? O alguien como Dana Brattwurst, a la que veo correr hacia la salida de la escuela custodiada por tres fuertes dámaros que abren paso entre la marea de estudiantes para sacarla de allí cuanto antes. 

Todos sabemos a dónde la llevan.  

La meterán en el helicóptero que sin duda la espera en el patio trasero de la escuela y se la llevaran a Bolid, la ciudad humana que ha sido atacada.  

Devastada, me corrijo, recordando las manchas de sangre y restos de piel.  

Los despojados se alimentan de la energía humana, a través de sus lenguas serradoras, en un proceso parecido al que realizan cuando absorben los poderes de un dámaro. Te lamen la piel cual rayador de limón tomando tu esencia en el proceso.  

La agonía es indescriptible. 

Lo interesante de todo esto es lo que se espera de Dana cuando llegue a suelo bolidiano, porque si queda algún humano con vida, Dana pondrá su mano en la frente del herido y absorberá todo su tormento. Y no, el dolor no saldrá volando en forma de pequeñas moscas como en La Milla Verde, ojalá fuera tan sencillo. Sino que pasará en toda su intensidad a Dana, quién tendrá que soportarlo porque... bueno, porque según el sistema, Dana Brattwurst nació para eso.  

Dana no es la única absorbedoradámara. Hay muchos más. Trabajan en hospitales humanos y viven una vida de constante calvario. Pero si les preguntas a alguno de ellos, te dirán que es su gran honor poder aliviar el sufrimiento humano. 

Nada particularmente especial ocurrió cuando los dos alumnos dámaros murieron hace dos días, aparte de encerrarnos a todos en la escuela claro. No obstante, ahora que se trata de una ciudad humana es como si el tiempo se hubiera detenido, sacándonos a todos de la rutina habitual, y sumiéndonos en una peculiar alarma colectiva. 

Las clases se han interrumpido y no sabemos muy bien hacia dónde ir. Algunos alumnos con poderes parecidos a los de Dana, es decir, habilidades útiles tras una masacre están siendo evacuados vía helicóptero. Probablemente lo mismo está ocurriendo con los dámaros adultos que puedan resultar de ayuda fuera de la escuela.   

A pesar del ajetreo siento la imperiosa necesidad de ir al baño, y lo hago rápido como si alguien más fuera a morir mientras hago pipí. 

Al salir del servicio, mientras me coloco el guante entre el ajetreo del pasillo, veo a Evans pasar y aprovecho para ponerme a su paso. Lleva el teléfono pegado a la oreja, pero no mueve los labios por lo que sé que no está en mitad de una conversación. 

—¿A dónde vas?  

Evans baja la mano y mira la pantalla, serio. 

—No me lo coge. 

—¿Quién?  

Mueve la cabeza de un lado a otro como si buscara a alguien por el pasillo. 

—Mi padre. 

—No vas a ir, ¿verdad? —pregunto con una risa forzada.  

Evans mira hacia la salida del edificio. 

—Habrá helicópteros... —se da cuenta y acelera el paso hacia las puertas. 

Trago saliva notando una bola de ansiedad en el estómago. 

—Evans —grito y troto tras él, hasta interponerme en su trayectoria mientras camino de espaldas —. No puedes ir... ni siquiera sabemos qué está ocurriendo. 

Lo que sí sabemos es que los Despojados acaban de darse un festín de humanos después de décadas sin alimentarse, lo que quiere decir que están a rebosar de energía y fuerza. Son más letales que nunca. 

Mis funestos pensamientos me hacen sujetar a Evans del brazo.  

Por fin me mira, pero frunce el entrecejo como yo si fuera una abeja habladora. 

—Aparta, Tori, no estoy para juegos. 

—Eres un imbécil, no te hagas el puto héroe...hay dámaros adultos preparados para estas cosas. 

Evans pone una expresión de fastidio y me doy cuenta de lo ridículo que es no considerarle un adulto. Es todo un hombre y yo misma he visto lo que es capaz de hacer. Pero las imágenes que acabo de ver están grabadas en mi retina y tengo un mal presentimiento. No quiero que salga ahí fuera.  

Su teléfono suena y lo veo mirar la pantalla brevemente antes de descolgar. 

—¿Dónde estabas?  

Intento escuchar la respuesta al otro lado de la línea, pero hay demasiado ruido en el abarrotado pasillo como para captar ninguna de las palabras. 

—Voy a tomar el helicóptero, ¿te veo allí? —continúa Evans, y me muerdo el labio notando como regresa el nudo a mi garganta. 



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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