Mi Piel DÁmara

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A veces la muerte es el mayor consuelo parte 2

Entramos en casa y los dos se desviven por atenderme y preguntarme cincuenta veces qué necesito. Mi madre intenta preguntarme sobre lo ocurrido pero mi padre intercede para que lo deje para más tarde.

Para más tarde.

No tengo ni idea de qué voy a decirles. ¿La verdad? ¿Qué Parker Armstrong me ha dado una paliza porque una profesora celosa le ha contado que ha habido un inocente acercamiento (hasta donde ellos saben) entre Evans y yo?

Es tan ridículo que hasta yo me planteo haberlo alucinado todo. Si no fuera por el dolor, estaría convencida de que ha sido un sueño.

No puedo decirles la verdad. Tendré que fingir que ha sido una pelea con compañeros y que me niego a dar sus nombres porque... bueno porque es peor ser un chivato que estar medio muerto.

Entiendo que el despliegue de celos de Evans con lo de mandar a Electric Blue volando a una piscina y lo de la silla flotante no resulte tan inocente a otros ojos. Además Evans acaba de romper con Di, y ella debe haber relacionado una cosa con la otra, culpándome a mí de ello.

No obstante, no dejo de ser la Gay Maker...y por razones obvias no puede haber nada entre Evans y yo. Di podría haberme ahorrado esta paliza con tan solo ser un poco racional.

Me tumbo en el sofá que tan cariñosamente me han preparado con la almohada de mi cama y mi manta favorita. Mi madre me da un vaso de agua y una pastilla para aliviar el dolor, y mi padre enciende la televisión de lo que una vez fue su propia casa.

—¿Cómo está Henry? —le pregunto, mientras toma asiento en el sillón cerca del reposabrazos del sofá donde he apoyado la cabeza. Alarga la mano para acariciarme el pelo.

—Espero que le dejen quedarse en casa mañana también —responde mi padre mientras sintoniza las noticias.

Las imágenes de lo ocurrido en Bolid están en todas las cadenas en informativos especiales. No dejan de mostrar el post campo de batalla en el que se ha convertido la ciudad. Hay médicos humanos y dámaros con poderes curativos por todas partes, pero el número de supervivientes es mínimo y la mayoría de cuerpos están tapados por completo por lonas negras.

Asistimos el horror enmudecidos durante media hora, hasta que no puedo más. Siempre he odiado la forma en que la televisión explota el horror ajeno hasta el punto de parecer disfrutarlo. Es morboso y me enferma.

—Me voy a dormir un rato a mi habitación —declaro ante la atenta mirada de mis padres. Ambos insisten en acompañarme escaleras arriba aunque es innecesario.

Una vez en mi cama tengo ganas de llorar de nuevo al recordar una y otra vez las palabras de Parker, pero estoy demasiado agotada y la pastilla de mi madre me ha dado sueño. No tardo en hundirme en el magnífico alivio de la inexistencia.

Despierto hora y media más tarde, sintiéndome renovada en fuerzas pero me duelen más las heridas y cuando llego al salón mis padres me regañan por no llamarlos antes de bajar sola.

Mi madre está preparando el almuerzo, y en la televisión siguen hablando de Bolid.

—¿Alguna novedad? —pregunto a mi padre que acaba de volver de sacar la basura. Cuando estamos así fantaseo sobre cómo hubiera sido la vida juntos en la misma casa si yo no fuera... bueno si yo no fuera yo.

—Han aparecido los guardias dámaros que custodiaban la zona —explica mi madre.

Los dámaros más populares, a los que yo llamo élites, son los que tienen los poderes de mayor fuerza y violencia. Se dedican a proteger las ciudades humanas y Dámara de los despojados.

—¿Y bien dónde estaban?

—Dicen que no recuerdan nada —responde mi padre con una risa bufido incrédula, mientras se lava las manos en la pila de la cocina.

Lo conozco bien y sé que cuando se ríe así está asustado.

—Mierda —interrumpe mi madre —. No me queda salsa de tomate para los macarrones.

Mi padre y yo intercambiamos una mirada y nos reímos.

—Cada uno con sus problemas —se burla y mi madre le tira un trapo de cocina a la cara.

—Por mucho que el mundo esté en crisis, necesitamos almorzar y ya he puesto la pasta a hervir —se defiende ella.

Mi padre se levante del sofá donde nos hemos sentado juntos y le dice que se acercará a la tienda del barrio.

—Necesito más cosas, ¿te puedo hacer una lista? —ruega mi madre.

—Mamá, ¿por qué no vas con él? —le sugiero, deseando que dejen de tratarme como si tuviera tres años otra vez—. Creo que puedo sobrevivir veinte minutos sin niñera.

Mi madre pone una mueca, pero sé que es demasiado controladora como para no querer ir a la tienda ella misma. Su problema es el de siempre: odia conducir. Le da pánico, por lo que ni siquiera tiene un coche, y siempre se está aprovechando de los coches y la generosidad de los demás.

Mi padre me pone la mano en el hombro y me mira con fingida seriedad.

—Intenta no morir, ¿vale? —me pide con tono dramático.

Me río y le muestro mi pulgar. Intento que no se den cuenta de lo mucho que me duele moverme o sonreír siquiera.

En cuanto cierran la puerta, bajo el volumen de la televisión y me regodeo en el casi silencio de mi salón.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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