Mi Piel DÁmara

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Tu muerte

Nunca me he creído ese momento en las películas cuando el moribundo sabe que le faltan instantes para morir y los utiliza para despedirse de sus seres queridos.

Pero en estos momentos me lo creo.

El peculiar líquido azul de Electric Blue está subiendo por mi garganta, inundando de su viscosidad oscura mi cerebro, y me está matando.

Electric Blue me está matando.

No me detengo a pensar en los motivos que puedan haberle llevado a decidir asesinarme, porque estoy demasiado embargada por la debilitante sensación de mi cuerpo sin fuerzas para seguir en este mundo. Jamás en mi vida me he sentido tan frágil, cansada y débil. Es algo que sale de mis huesos, como si estuvieran huecos, pero lo siento también en mis órganos agotados de realizar las mismas funciones incesantes por lo que parece un siglo. Mi corazón es el peor de todos, está avisándome en cada irregular latido que ya no puede más, que quiere dejarse ir porque necesita ese merecido descanso.

Sé a ciencia cierta que ese es mi último minuto de vida, y ya no veo el rostro del joven frente a mí, sino que todo se vuelve negro cuando el líquido de Blue alcanza las cuencas de mis ojos rellenándolas por completo.

Pero de pronto tampoco noto a Blue junto a mí, sino una mano sobre la mía, sosteniéndome con fuerza y soy capaz de sentir el amor que fluye de esa persona. De alguna peculiar forma que me sobrecoge sé que se trata de mi hija, Caterina, y las lágrimas me inundan la garganta al sentir un amor más real y profundo del que jamás pudiera haber imaginado. No es la única conmigo, hay dos hombres en la sala y de la misma forma sé que son mis nietos. Una niña pequeña está encaramada junto a la pierna de uno de ellos.

Aunque mi hija me toca con su propia piel, el más joven me acaricia la mejilla con una mano enguantada. Más información me va llegando de la misma forma. Sé que estoy en la camilla de un hospital, que está llena de flores preciosas y de una amalgama de sentimientos de apego familiar y tristeza por mi inminente marcha. Me inunda un torrente de afecto y ternura tan profundos que no creo haberme sentido jamás tan embriagada.

Me aman, tanto como yo a ellos; y esa es la idea a la que me aferro cuando al fin me noto ir.

El rostro de Blue vuelve a aparecer frente a mi campo de visión, justo cuando las sensaciones físicas de vejez y debilidad desaparecen de mi cuerpo. Pero no las de mi mente; estoy tan conmovida y turbada por lo que acaba de mostrarme que me echo a llorar inmediatamente.

Noto que me tiembla todo el cuerpo cuando Electric Blue pasa su brazo por mi cuello y me encierra en un abrazo.

—Cariño —me susurra, pegando su rostro a mi sien—, tu muerte es una de mis favoritas.

Sigo llorando ante la inmensidad de lo que acabado de vivir. Me doy cuenta de que durante toda mi vida he tenido un terrible miedo en el fondo de mi pecho acosando todo lo demás, acorralando cada momento de risa y de normalidad en mi vida. Miedo a acabar sola por culpa de mi condición, de no merecer el amor y el abrigo de una familia propia, una vez murieran mis padres. Algunos días ese miedo me ahogaba un poco menos, otros días como hoy, tras las palabras de Parker, me asfixiaba con la fuerza de una garra alrededor de mi garganta. Pero siempre ha estado ahí, cada minuto que recuerdo.

Hasta este momento.

Electric Blue acaba de enseñarme que mi peor miedo nunca va a alcanzarme, y siento tal redención y alivio que no puedo detener el llanto. Sale en sacudidas de mi pecho en un desahogo que nunca creí necesitar.

Cuando por fin me tranquilizo y me aparto de él, lo miro con ojos renovados. Mi primer pensamiento es preguntarme si sabe el consuelo que me ha proporcionado, la forma tan profunda en la que lo que me ha enseñado me ha curado por dentro. Después me doy cuenta de lo que me ha dicho.

Tu muerte es una de mis favoritas

Lo miro boquiabierta. También sus palabras la noche que lo conocí regresan a mí, y me quedo petrificada.

—¿Es cierto? —exhalo.

Electric Blue gira la cabeza hacia un lado, como haría un gato.

—¿El qué?

—¿Qué ves tu propia muerte todos los días desde que naciste?

Su ligera sonrisa no se ve afectada por mi pregunta. Lentamente asiente con la cabeza y mi corazón se encoge.

—¿Es... —me mojo los labios insegura—...es como...

—¿Cómo la tuya? —termina por mí; y entonces lo veo negar con la cabeza, imposiblemente tranquilo.

No puedo creerlo. Ver tu muerte a diario y saber que no es maravillosa es la peor maldición que he escuchado en mi vida. Por aun que ser como Dana Brattwurst, e incluso peor que ser como yo.

No sé qué decirle, no se me ocurre nada que pueda consolarle; pero de pronto entiendo su peculiar personalidad y su desinhibido comportamiento.

Lo contemplo en silencio, horrorizada al intentar entender lo que ha tenido que ser su vida, su infancia, tan llena de muerte, la suya y la de otros.

—Todos soléis mirarme con pena —dice entonces, reconociendo la expresión de mi rostro—. Pero no hace falta que me tengas pena, cariño. Si hay algo común en todos vosotros es que la ausencia del recordatorio de vuestra propia muerte os estropea. Os pasáis la vida sufriendo por problemas que nos vais a tener tiempo de tener.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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