Mi Piel DÁmara

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Resistirse, o no... (parte 2)

 

Me quedo mirando las sábanas blancas perpleja. Pero noto la presencia de Evans a mi espalda. Si siempre soy capaz de notarla en el salón de la escuela o en la cafetería, entre decenas de personas, en esta diminuta habitación me resulta arrolladora. Es como el calor de una hoguera en mi piel, a la que no necesito mirar para sentir su presencia en todo mi cuerpo. Lo oigo moverse, por el rozar de la tela de sus pantalones.

Me quedo muy quieta, tontamente pensando, que si no respiro me haré invisible. Pero Evans no es un tiranosaurio Rex y es perfectamente capaz de verme parada en medio de su habitación, rígida como un espantapájaros. Me circunvala y se para justo frente a mí, tapando mi visión de su perturbadora cama.

Alzo la vista a su rostro y se me dispara el corazón al encontrarme con sus ojos.

Está enfadado.

—Quítate los guantes —ordena.

Mis labios se separan, y frunzo el ceño confusa.

—¿Te has vuelto loco?

—Sí —me corta antes incluso de que termine la pregunta—. Dame tus guantes, Tori.

—Evans... —comienzo, ladeando la cabeza—. Si quieres que ve vaya, me iré ¿de acuerdo?

Me doy la vuelta, pero no he dado dos pasos hacia la puerta, cuando de pronto aparece de la nada interponiéndose entre la salida y yo.

Me observa, con una expresión decida, mientras apoya la espalda en la superficie de la puerta y se cruza de brazos.

—Te he dado varias oportunidades de irte a casa... —me dice, y alza el mentón hacia un lado al hablarme. Está aparentemente tranquilo, pero veo señales de agitación que hacen pensar que está forzando la pose calmada. Me muerdo el labio, entendiendo que para poder salir tendría que moverle a la fuerza—. Ahora ya no es una opción.

Lo miro boquiabierta y con ojos muy abiertos. ¿Si no quiere que me vaya a casa... entonces, qué quiere?

Se me acelera el pulso ante una idea ridícula relacionada con lo que empezamos en mi habitación, pero lo contemplo, con sus ojos azules y su torso desnudo, y me viene un recuerdo de todos esos años de fría distancia, y sé que no se trata de eso.

Quiere mantenerme alejada de Electric Blue, porque es un niño mimado que ya no quiere un juguete viejo pero tampoco quiere que lo tenga otro.

Me enfurece esa idea y saco fuerzas para caminar hacia él. Me quito un guante y pongo la palma de mi mano justo frente a su pectoral.

—Déjame salir, o te juro que...

—Gracias —me dice con una ligera sonrisa triunfal. Lo que ocurre a continuación es tan rápido que mi pobre ojo no consigue registrarlo. Evans ha desaparecido, y vuelvo a ver la superficie de la puerta, pero en lugar de abrirla, me doy cuenta de que me ha arrancado el guante de la mano.

No entiendo muy bien sus intenciones, pero sé que tengo otro juego en el bolso, por lo que alargo la mano al pomo de la puerta para marcharme de allí, pero me encuentro con que está cerrada con llave.

Exhalo y me doy la vuelta. Mis hombros dan un pequeño salto cuando me doy cuenta de que él está en la cama. No tumbado, sino medio tirado a lo ancho con la parte superior de la espalda y la cabeza apoyada en uno de los almohadones que hay recostados contra la pared bajo su ventana. Tiene las rodillas dobladas y los pies apoyados en el suelo, y un brazo doblado hacia arriba con la mano bajo su cabeza.

Siento la tonta tentación de sacar mi teléfono y hacerle una foto para más tarde. A Cas iba encantarle esa postura y como se ven sus abdominales.

El labio superior de Evans se alza en un lado, y me doy cuenta de que me he quedado mirándole como si ya fuera una foto y estuviera sola en mi habitación con ella.

Trago saliva, sonrojándome y miro para otro lado. Tiene un escritorio a la izquierda, donde hay un montoncito de libros, papeles y bolígrafos de distintos colores, y una lámpara de estudio que es la única iluminación de la habitación. Arroja una tenue luz amarilla que le da un halo de intimidad al cuarto. Y un dorado bonito a la piel de su torso.

Mierda, ya lo estoy haciendo otra vez.

Evans aprovecha que vuelvo a mirarlo y palmea la cama a su lado con la mano que tiene descansando sobre la superficie de esta.

Sonrío, es una risita nerviosa, porque Evans Armstrong está medio desnudo, contemplándome con intensidad y invitándome a sentarme junto a él en la cama.

¿Qué cojones está pasando? Mis fines de semana solían ser tirada en mi sofá viendo pelis con Cas o con mi madre. Un bol de palomitas bien saldas como emoción máxima de la velada.

—Va a ser una larga noche si te quedas ahí de pie todo el tiempo...

Me atraganto con mi propia saliva al escucharle. ¿Larga noche? ¿Es que no piensa echarme en cualquier minuto?

Mi cerebro empieza a marearse. Debo de estar respirando mal porque de pronto no consigo pensar con claridad.

—Devuélveme mi guante para que me pueda ir —musito, y tengo que carraspear porque de primeras mi voz sale alterada. Ni siquiera sé porque lo digo, porque tengo otro juego en el bolso, pero de pronto no sé cómo ser yo misma, no sé que solía hacer con las manos, y...¿por qué me mira así?

—Estas nerviosa.

Suelto una risa nasal y miro la puerta que comunica su habitación con el baño, pero no soy capaz de responderle. Es tan obvio que sí.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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