Mi Piel DÁmara

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Maldita (parte 2)

Ayer visité lugares oscuros de mi mente a donde hacía años que no descendía. Rememoré viejos sentimientos de odio profundo hacia mí misma que empecé a desarrollar cuando comprendí que la separación de mis padres era culpa mía. Hay algo sobre el dolor de dudar de la valía de tu propia existencia que deja una huella imborrable en tu alma. Te desfigura en formas que años de terapia nunca logran sanar del todo, y esa vieja cojera regresa a ti en tus momentos más sensibles, susurrándote que el mundo sabe que hay algo intrínsecamente defectuoso en ti. Qué eres un error.

Pero para cuando anochece hoy, me siento mejor. Aun me veo como una dámara maldita que no debería haber nacido, pero durante el día en la escuela me he ido inundando de la sensación de paz y seguridad que hay en el ambiente ahora que hemos encontrado a los despojados. La gente vuelve a sonreír relajada por los pasillos, a bromear y preocuparse solo de las tonterías del día a día. Y yo he formado parte activa del grupo que ha hecho eso posible. Es más, si Cas y yo no hubiéramos bajado al nivel inferior quizá no habríamos descubierto que estaban allí. De alguna forma, me consuela saberme una heroína por una vez, y no la maldición de alguien.

Tengo la fuerza suficiente como para animarme a acudir a esa clase de zumba a la que llevo semanas faltando. E incluso ha habido algo de diversión y olvido durante esos cuarenta minutos de música y coreografía.

La mayoría de chicas ya han abandonado la sala de baile, por eso me sorprendo cuando agachada sobre mi bolsa de deporte, una sombra se cierne sobre mí.

Alzo el rostro y me encuentro con Evans. Sin camiseta y sudado. Ha debido verme desde la sala de máquinas por el cristal de la sala de baile.

—Bailas fatal, Baker —me dice y apoya el hombro contra la pared de espejo.

Cierro mi mochila y la cremallera chirría exagerada en el silencio de la ahora vacía aula.

—Eso no es justo —protesto, colocándome el asa en el hombro—, he faltado durante semanas porque estaba ocupada salvando el mundo, y todas las coreografías eran nuevas.

Evans no parece aceptar mi excusa.

—Menos mal que estás buena, y eso compensa tu total falta de coordinación con la música. ¿Tienes problemas de oído?

Intento no mostrar que ha logrado provocarme, porque veo en su expresión que eso es justo lo que quiere.

—No, y tu...¿tienes problemas económicos?¿no te llega para camisetas? Puedo pasarme por el centro comercial y comprarte un par de ellas, si quieres.

Evans se ríe y da un paso hacia mí.

Yo doy dos pasos hacia atrás, y eso le borra la sonrisita por completo. Se detiene, respetando mi muda petición de espacio personal y se acaricia la nuca.

—Supongo que ahora que vuelves a tener teléfono y aun así sigues sin responder a mis llamadas y mensajes, es hora de admitirme a mí mismo que he sido utilizado para sexo sin ataduras.

Suspiro y dejo caer mis hombros nada preparada para esa conversación. Pero su expresión dolida me da remordimientos, y me doy cuenta de lo mal que me he comportado.

—Lo siento, Ev. Pero no es por ti.

Me mira boquiabierto, y un instante después sacude la cabeza mirando hacia otro lado de la sala.

—No puedo creerlo...

Me muerdo el labio al darme cuenta de que suena a que estoy rompiendo con él con la frase más cliché de la historia.

Doy un paso hacia él, pero me detengo al recordar que mis guantes de deporte no tienen dedos y mi piel está al descubierto. Esa es la razón por la que me he colado en el rincón más recóndito y me he rodeado de una fortaleza de steps de aerobic para que nadie se me acercara.

—Escúchame con atención Evans. Yo te quiero, siempre te he querido; pero soy muy peligrosa. Lo que hicimos hace dos noches fue estúpido e imprudente y es justamente la razón por la que te alejaste de mí cuando llegamos a la adolescencia.

Evans aprieta los labios y me aparta la mirada sin querer atender a razones.

—Estoy harto de eso —salta entonces, enfadado—. Estoy...no harto, sino cansado, Tori. Me agota mantenerme lejos de ti, porque tengo que usar hasta la última gota de mi voluntad para hacerlo. Y no dejo de sentir que estoy perdiendo el tiempo y es como vivir en puta una dieta constante...

Sin dejar de hablar me acorrala contra el espejo y alzo mis manos contra este como si me apuntaran con una pistola.

—... y tengo hambre —su rostro está muy cerca del mío—. Tengo tanta hambre de ti, que me está volviendo loco.

Mi corazón bombardea como loco en mi pecho, y se me saltan las lágrimas ante su explosión. Siempre he querido escuchar eso y podría llorar de alivio ante el sentimiento de estarlo escuchando de verdad.

—Pero no podemos...yo, no voy a hacerlo porque lo más importante para mi es que sigas siendo quien eres ahora. Si te cambiara, no podría perdonármelo nunca —razono con los ojos humedecidos.

Él analiza mis ojos durante un instante, y al fin sonríe. Hay algo malicioso en su rostro cuando alza sus manos para colocarlas en mi cintura.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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