Mi Piel DÁmara

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Corazones rotos parte 4

Existen sucesos que tu mente no logra asimilar conforme ocurren. Tu tiempo se detiene mientras el mundo continúa sucediéndose a tu alrededor; y de pronto ya no perteneces a esa realidad. A partir de ahí, todo lo que ven tus ojos y escuchan tus oídos parece una macabra representación ficticia de la que eres un mero espectador.

Así me siento mientras mi abogado de oficio recita lo que me va a ocurrir a continuación. Mi madre asiente, su rostro tan desfigurado como debo tenerlo yo; y espero que ella sí esté prestando atención a algo de lo que nos explica. En mi caso, mi mente no deja de fijarse en detalles nimios como la forma en que su bigote se une por un hilo fino de pelos a su barba, o como la luz fluorescente de la sala de interrogaciones del centro de contención dámara parpadea con un crujido eléctrico a cada medio minuto.

Alguien llama a la puerta de seguridad y suena como un anillo chocando contra la superficie metálica.

—Han llegado para la identificación —anuncia la recién llegada.

Mi abogado me indica que me ponga de pie, y tengo que seguir a la mujer hasta la puerta contigua.

Mi madre me sostiene del brazo con fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer de un momento a otro, pero cuando vamos a entrar en la sala tras la mujer, esta se vuelve y le indica que debo entrar sola.

Nos miramos un instante, yo mordiéndome el labio y ella con los suyos fruncidos.

—No te preocupes, Tori —me dice, pero su voz alienada contradice sus palabras—. Acabará pronto.

Asiento una vez con la cabeza, pero sé algo que ella no. Sé que las acusaciones son ciertas.

Sigo a la mujer al interior de lo que resulta ser un estrecho y corto pasillo. Me indica que me detenga justo en medio y que mire hacia el espejo.

—Manténgase quieta, erguida y con la vista al frente —me indica la mujer.

Me doy cuenta de que al otro lado del espejo debe estar la sala en la que acabamos de reunirnos con el abogado y que desde esta pueden verme.

La mujer sale de la habitación cerrando la puerta tras ella.

Hago lo que me han dicho, y me mantengo estirada, mirando al mismo punto del espejo. Intento no fijarme en la patética imagen que devuelve este de mi. Por primera vez, me alegro de que me hayan sacado de casa recién levantada, sin peinar y sin una gota de maquillaje. Quizá así Lewis no me reconozca.

Pasan dos minutos, que se me hace eternos; mientras me imagino la silueta de Tim Lewis al otro lado del espejo, analizándome, tratando de decidir si soy la chica que casi cambio su orientación sexual.

No entiendo cómo me ha encontrado, cómo ha sabido quién y qué soy. Podría haber sido cualquier chica humana, de entre los millones que hay ahí fuera. Quizá el hecho de que Evans lo lanzó por los aires le dio la pista de que soy dámara, pero aun con esa información, es prácticamente imposible encontrarme, cuando ni siquiera sabía que tramaba esa noche, ni cuál es mi poder.

Cuando creo que ya no puedo soportarlo, se abre la puerta y veo a mi madre parada junto al señor Brown, mi abogado. Camino hacia ellos.

—Es su palabra contra la de ella —está diciendo mi madre. Y esa sola frase me hace sentirme mejor. Yo no le he hecho nada a ese chico, no tiene pruebas de lo que tenía intención de hacer. ¡Ni siquiera tiene pruebas de que estuve allí esa noche!

—Ojalá fuera así —dice el señor Brown y levanta la vista de mi madre al verme salir de la sala. Sus siguientes palabras van dirigidas a mí —. Tienen un testigo. ¿Alguna idea de quién puede ser?

Al principio pienso que es imposible, pues el parque estaba desértico, pero entonces recuerdo a sus amigos, que vieron como se marchaba conmigo y se me cae el alma al suelo.

Mis pulsaciones se aceleran, y por primera vez parezco ser consciente de lo que está ocurriendo. El suelo parece moverse bajo mis pies pero me concentro para no desmayarme.

La mujer, que aun está junto a la puerta, me llama por mi apellido.

—Tiene que regresar —me dice, indicando la pequeña sala de reconocimientos—. El testigo también está aquí.

Noto nauseas revolviéndome el estómago, pero respiro hondo y hago lo que me dice. No importa que sus amigos me vieran marcharme con él, no presenciaron nada más, no tienen nada contra mí.

A no ser que esto llegue a la prensa y otra de tus "víctimas" te reconozca, me dice un voz que se siente como un puñal en mi estómago.

Entro en la sala descompuesta y cierro los ojos con fuerza cuando dan un portazo detrás de mí.

Lenta y mareada, me coloco en la misma posición y miro un punto del espejo, si esto dura tanto como el anterior voy a vomitar o a desfallecer.

Espero un minuto entero, y en el silencio de la sala escucho los gritos de mi madre ahogados por la puerta. Debe de haber visto al muchacho, pero... ¿por qué le grita? Va a empeorar las cosas. Se oye un portazo en la sala contigua poco después y me froto la frente porque he empezado a sudar frío.

Fuera las voces han vuelto a la tranquilidad, y me pregunto qué han hecho con mi madre. ¿La habrán metido en otra celda como a mí?

Antes de que termine ese pensamiento mi puerta se abre y un chico con la capucha de una sudadera sobre la cabeza y una chaqueta de cuero demasiado grande por encima de esta entra y se pega a la pared como si se escondiera de alguien.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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