Mi Piel DÁmara

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La chica de la puerta de al lado

Dicen que hace falta 21 días para crear un hábito nuevo, pero después de treinta y cuatro días en esa celda siento ni un ápice de familiaridad por ese lugar. Ni he logrado caer en una adormecida rutina que me nuble la mente lo suficiente como para no rechazar mi situación a casa segundo.

El juicio es en tres días, y según mi abogado, tengo las de perder. Si Evans Armstrong o algunos de los violadores que transformé antes de intentarlo con Tim Lewis testifican en mi contra, voy a pasarme el resto de mi vida entre esas cuatro paredes de cristal, mientras algún salido con insomnio se pajea mirándome desde el televisor de su casa.

Siempre supe que no tendría una vida adulta tradicionalmente feliz; con pareja, niños y un perrito; pero jamás creí que me pudriría en la cárcel. Con todo el mal que otros dámaros como Daniel Brown o Lara Sorensen provocan con sus poderes, y yo que solo quería hacer del mundo un lugar mejor, voy a pagar por usarlos pasivamente. Yo no he tocado a ninguno de esos hombres, simplemente he sido una chica atractiva en un posición de desventaja que ha pedido ser respetada y ellos han decido que no tengo derecho a eso. Todos ellos me tocado en contra de mi voluntad y han salido escarmentados.

Pero mi vida nunca ha sido justa. O al menos eso estoy pensando cuando Harvey desconecta el láser y abre mi puerta.

Arrugo el ceño, pues no es mi hora de salir al patio.

Harvey me mira con una discreta sonrisa mientras me tira una mochila de animal print que creía que estaba en casa de mi madre. Está tan llena que la cremallera está tirante.

—Vístete Baker.

Con la mochila entre mis manos, y a medio levantar de la cama lo contemplo confusa.

—¿Cómo dices?

Harvey se cruza de brazos y me contempla sonriente.

—Te vas a casa, gay maker.

Exhalo demasiado petrificada como para moverme, y Harvey se ríe de mi.

—Pensé que saldrías corriendo —reconoce, sorprendido.

—Pero...¿qué significa qué?

—Significa que el mundo no es tan injusto como parecía, y que toda esta pesadilla ha acabado —me interrumpe, sonriente—. Esa rata ha retirado los cargos contra ti.

 

**********

El restaurante al que me han traído está abarrotado, pero incluso a pesar de que todas las mesas están cogidas y los comensales parlotean animadamente alzando unas voces por encima de las otras, se oye una alegre tuna griega de fondo cuyo ritmo va en crescendo.

—Hay un griego en Dámara, ¿por qué venir hasta Deremen para cenar? —le chillo a Cas que va justo por delante de mí en fila india, mientras seguimos al camarero hasta nuestra mesa reservada.

Ella mira por encima de su hombro antes de responder.

—¡Tenemos que celebrar que has salido hoy de prisión! —se ríe, entonces de su propia frase— De prisión, me siento como si fuéramos de Ocean's Eleven.

Me río de su ocurrencia.

—Ellos son ladrones de guante blanco y yo una agresora que se quita el guante —considero, sacudiendo la cabeza en aprobación.

Me alegra que estemos bromeando de nuevo, porque ha estado de lo más callada durante el trayecto en el coche; y me estaba preocupando que ya no me vea de la misma forma.

El camarero sienta primero a Drake y a Electric Blue, y después nos indica a Cas y a mí que tomemos los asientos frente a ellos. No hay casi espacio entre las mesas por lo que tengo que retirar mi silla con cuidado para poder sentarme, y aun así acabo golpeando a la chica de atrás con mi bolso.

El restaurante está escasamente iluminado con un arbolito de luces led en un rincón, y bonitas velas dentro de tarritos de cristal de yogur sobre las mesas. Las paredes tienen un hermoso mural con un paisaje de un pueblo blanco de Grecia, con ventanas, puertas y macetas azul cian, y se encuentra en un acantilado rocoso a orillas del mar. Me gustaría perderme en ese lugar y olvidar que Dámara existe, que yo misma existo.

Menos de un minuto más tarde estamos los cuatro sentados, mirando la carta de platos con nombres peculiares que no entiendo en absoluto.

—¿Qué es un spanakopita? —pregunto confusa.

Drake deja el menú sobre su plato y toma aire antes de responder:

—Kyle y yo estamos saliendo.

Nos quedamos todos callados durante unos instantes, en los que pestañeo sorprendida.

—Pero...¿lleva queso? —digo al rato, para romper el silencio.

Cas rompe a reír en un ataque histérico, y Drake nos observa con el ceño fruncido.

—No es una broma —espeta, molesto—. Estamos juntos, Cas.

Ella intenta ponerse seria pero no puede dejar de reír.

—Lo siento, Drake, pero es que me hace gracia que lo confieses como si no lo supiéramos.

Drake entorna los ojos hacia su hermana, y Electric Blue y yo, intercambiamos una mirada entre incómoda y divertida.

—No quería informarte, quiero pedirte que lo aceptes de una vez —prosigue Drake, enfadado.

Cas abre la boca, y toda la diversión abandona sus facciones. Se inclina sobre la mesa en diagonal hacia su hermano.

—¿Por quién me tomas, Drake? —le chilla, indignada, y le tira su servilleta a la cara—¿Crees que soy una retrógrada?



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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