Mi Piel DÁmara

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Al ajedrez juegan dos

 

Ha pasado una semana desde la destitución de Cecile, y desde que Electric Blue y yo descubrimos que Yadra estaba detrás del ataque de Bólid. Aun no nos hemos comunicado con la reina para chantajearla y que no vuelva hacer nada parecido, pero está demasiado ocupada con las elecciones del nuevo miembro del Parlamento como para planear nada parecido.

La votación es esta noche y hay tres candidatos: Melisa Rowell, cuyo poder es incendiar cualquier objeto o cuerpo con sus propias manos. Un truco muy útil se te encuentras frente a frente con un despojado. Lleva quince años siendo la jefa de guardias del muro de Deremen, y organizando la seguridad de la ciudad; lo que la convierte en la candidata ideal. Por desgracia, en política rara vez el puesto va para la persona más capaz y preparada, sino que se lo acaba llevando el candidato "capaz" de hacer favores a la gente correcta. Para Parker Armstrong es Timothy Fox, el calvo que me encerró en la caja mientras él me golpeaba. Mientras que para Yadra, es Pender Olicast, el borrador de memorias al que mencionaba en sus mensajes con Victor Dobrev. Debió de prometerle un puesto en el parlamento si la ayudaba con su horrible plan.

Ninguno de los dos parece tener experiencia demostrable en de defensa y protección de ciudades humanas, por lo que la votación, en mi opinión, es un mero trámite legal para nombrar a Melisa Rowell. Sin embargo, la política en la práctica es más compleja que la simple teoría; y Yadra y los Armstrong han convertido la campaña en su propio juego.

Pongo los pies en el respaldo de la silla que tengo delante. Aun no se ha llenado el salón de actos de la escuela, sino que soy de las primeras. Pongo mi mochila en el asiento de mi derechas, mi abrigo en el contiguo a ese y el de Cas a mi izquierda. Mi amiga ha ido a por café y sándwiches, mientras que Electric Blue y Drake han desaparecido como de costumbre. La asistencia es obligatoria, por lo que sé que aparecerán en cualquier momento con sonrisas bobas en la cara. Los odio.

Alguien da toquecitos en mi omoplato y cuando me giro, me encuentro con que Evans Armstrong se ha sentado justo detrás de mí. Ignorando la punzada en mi pecho y la forma en la que mi pulso se acelera un poco, sin duda porque llevo una semana sin verle, vuelvo a mirar hacia delante.

—Pero si es mi niñera —celebro sin entusiasmo—. La peor niñera de la historia.

—Estás viva, ¿no? —se defiende con tono burlón. Me doy cuenta por su voz que está de buen humor. Espero que no sea porque ha echado un polvo con su novia embarazada y moribunda, me parece simplemente asqueroso.

—¿Me has echado de menos? —me sorprende, preguntándome.

No debería haberle dicho que es una mala niñera, lo ha interpretado como que lo he echado en falta.

No respondo, y vuelve a darme un toquecito en el hombro.

—Cuidado —le espeto torciendo el tronco para enfrentarlo enfadada.

Tiene una expresión tan feliz que me embargan varios sentimientos a la vez. Por un lado, me odio por alegrarme de verle bien, y por otro me fustigo por preocuparme de que vaya a sufrir cuando la chica que lo hace tan feliz muera.

Soy una idiota.

—¿Por qué estás tan contento? —No sé porqué le pregunto si no quiero escucharlo. Puede que me venga bien escucharle decirlo, terminar de romper lo poco que me queda de corazón.

—Porque me has echado tanto de menos que estás de un humor de despojados.

Pongo los ojos en blanco, indicándole la poca paciencia que me queda con él, y me sonríe divertido.

—¿Cómo va la vida de virgen? —dice entonces burlón—. Me parece que tu frustración está especialmente alta esta mañana.

Entorno los ojos, deseando que pudieran lanzar balas. ¿Cómo se atreve a burlarse de mi falta de vida amorosa?

Necesito borrarle la sonrisa.

—¿Quién ha dicho que sigo siendo virgen?

Parece incrédulo, pero veo un brillo de preocupación cuando alzo una ceja desafiante.

—Contigo misma no cuenta, Tori —me susurra sin maldad, pero me enfada igualmente. Decido seguir con mi mentira.

—¿Sabías que la nariz de los hombres sigue creciendo a lo largo de su vida? —empiezo con tono analítico—. La tuya parece igual, debe ser que lo que te crece a ti es la estupidez.

Esboza media sonrisa y abre una bolsa de patatas fritas, que me ofrece antes de empezar a engullir.

—Hay algo que me crece cuando te veo, pero no es la nariz —suelta, mirando el interior de la bolsa para alcanzar más patatas.

Me pongo roja. Sí, lo sé. Yo también me abofetearía a mi misma si pudiera, pero por suerte Evans no me está mirando así que intento recomponer mi rostro.

—Eres asqueroso.

No me responde sino que hace mucho ruido masticando las patatas. Siempre ha comido como un cerdo, pero el desgraciado es tan sexy que hace que ese defecto parezca un detalle encantador.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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