Mi Piel DÁmara

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Por Amor parte 2

Seguimos con el maratón chicas:

Se que estáis tristes e incluso enfadadas por la muerte de Electric Blue, y me encanta que améis tanto a mi personaje. Pero no podéis decir que él no os lo avisó desde el principio, porque lo hizo, hablo de su pronta muerte desde el minuto uno. Se que "habeis intentado no amarle y habéis intentado amarle mucho a la vez" jejeje Es todo un honor para una escritora que sientan tanto amor por su personaje. Os lo agradezco de corazón.

 Os lo agradezco de corazón

 

Pero aun no se acaba la historia, así que secaos las lágrimas porque no hay tiempo de llorar a Kyle Dobrev cuando aun hay demasiado drama pendiente. Y ni quiero escuchar que váis a dejar de leer porque Kyle ya no está. Seguid leyendo... Seguid...

 

 

 

 

Entramos en la cabaña, donde la mayoría de los dámaros se ha despertado con los gritos. Soy parcialmente consciente del llanto de dos niños mientras el hombre que ha roto la palanca de la escalera y dos personas más me ayudan a empujar el sofá del rellano contra la puerta. Rápidamente apilamos cajas y todo los muebles y objetos pesados contra esta, pero me preocupan las ventanas.

—¿Dónde está Drake? —me pregunta Cas al aparecer con una cuerda—. Tengo que salir a por ellos.

La sujeto por los hombros con fuerza.

—Cas, hay siete despojados ahí fuera, no podemos salir.

—Pero Drake sigue fuera —gimotea.

Suspiro, pasándome las temblorosas manos por la cara, y noto lágrimas formándose en mi garganta, pero las trago determinada a no llorar.

—Drake está dentro del arcón, está seguro ahí —afirmo para tranquilizarla. De hecho está más seguro que cualquiera de nosotros.

Por suerte la ventana del rellano es bastante más pequeña que los ventanales de las habitaciones, pero necesito encontrar una forma de asegurarla.

Los dámaros que me han ayudado a reforzar la puerta están pensando en lo mismo porque comienzan a empujar una estantería delante de esta. Empujamos todo lo que podemos contra la estantería pero cuando los despojados alcanzan la puerta la sacuden con tal fuerza que nuestro improvisado fuerte tiembla.

Los niños gritan ante el estruendo, y me doy cuenta de que todo ese ruido no hace más que volverlos más violentos y deseosos de alcanzarnos.

—Vamos, todo el mundo a la planta de arriba y guardar silencio.

—Hay gente ahí fuera —me dice una mujer moviéndose nerviosamente sobre sus pies. Tiene el pelo de un brillante rojo en un corte bob—. En las otras cabañas...

—Tendrán que esconderse como nosotros —razono en tono bajo, cogiéndola del brazo. Se me ocurre la retorcida idea de que si hacen más ruido que nosotros, nos los quitaran de encima—. Vamos —insto, tirando de ella escaleras arriba.

Cuando llego a la primera planta les indico a todos los que siguen haciendo ruido que se callen y suban a la planta más alta. Nos metemos todos en un cuarto y bloqueamos la puerta apilando todas las camas contra esta.

—¿Qué vamos a hacer?

—Se escuchan gritos y golpes fuera y cuando me asomo a una de las ventanas veo que dos de ellos han cogido a una mujer y la están despojando. La cabaña de al lado tiene la puerta abierta y aunque no logro ver que está sucediendo en su interior estoy segura de que los demás despojados han entrado en esta, dejando despejada nuestra puerta barricada.

—Están distraídos —comento a las personas que junto a mí, contemplan la escena.

—Tenemos que aprovechar para salir ahora —dice un muchacho de unos trece años—. Llegar hasta el autobús.

—No hay autobús muchacho, se han llevado todos los automóviles —sentencia el hombre que rompió la palanca de la escalera—. Estaba todo preparado, nos quieren muertos.

Me muerdo el labio sin estar segura de si es mejor intentar huir al exterior o quedarnos donde estamos.

—Entonces no podemos salir a pie. Nos verán y nos matarán —dictamina otro hombre de pelo canoso—. Son demasiado rápidos.

—Pero si no nos ven, podemos alejarnos lo suficiente como para llegar al telesillas —propone la mujer pelirroja con la que he subido las escaleras.

Miro a los niños que no paran de llorar. Son cinco, de edades comprendidas entre los dos y los once. Sin contar con el muchacho de trece y su amiga que parece tener la misma edad. Después estamos Cas y yo, la pelirroja de unos treinta, el hombre canoso de unos cincuenta y otras tres parejas de mediana edad que a juzgar por cómo abrazan a los niños deben ser sus padres. Uno de ellos están hablando por teléfono con la guardia dámara.

—Llegar al telesillas es nuestra mejor opción —concuerda el adolescente.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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