Mi Piel DÁmara

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Despues de la tormenta

 

 

ULTIMO CAPÍTULO MIS QUERIDOS DÁMAROS

 

 

Cuando al fin abro los ojos, tengo que cerrarlos con fuerza porque la claridad me hace daño. Mis pestañas están pegajosas con legañas tanto frescas como resecas, y mi boca se siente pastosa con una lengua perezosa que lleva mucho sin moverse.

Pestañeo dejando que mi visión se ajuste a la luz. La pequeña habitación en la que me encuentro pertenece sin duda a un hospital.

Muevo el cuello y me doy cuenta de que Evans está sentado en una silla junto a mi cama con la cabeza apoyada sobre mi mano. Está dormido, compruebo.

—Ev...—acabo carraspeando su nombre por o desacostumbrado de mi garganta, pero el sonido lo despierta. Levanta la cabeza y me mira con los ojos muy abiertos.

—Tori —pronuncia mi nombre a la vez que se levanta de la silla y se inclina para acariciarme la frente con una mano— ¿Cómo estás?

Mi primer pensamiento es lo repugnante que debo parecerle, y que a saber que aliento tengo. No obstante, recuerdo que no debería estar viva y dejo las banalidades para otro momento.

—Bien... ¿qué ha pasado?

Evans me sonríe, mientras su pulgar acaricia mi frente. Se me había olvidado que ahora puede tocarme.

—Has estado sedada mientras te curaban la piel —me explica.

¿La piel?

Los recuerdos de la montaña, la nieve y los despojados cerniéndose sobre mí para lamerme el vientre acuden a mi mente y me revuelvo ansiosa.

—Tranquila, estás a salvo aquí.

—¿Dónde estamos?

—En el hospital de Dámara, un teletransportador te trajo aquí —me explica.

Cierro los ojos y dejo caer la cabeza en mi almohada. Mis pobres padres no pueden permitirse los servicios de un teletransportador. ¿En qué deudas los habré metido?

Vuelvo a abrir los ojos, y Evans me ayuda a sentarme. Quizá haya sido él, quien lo ha pagado.

No me duele el estómago, donde recuerdo con claridad que me lamieron. También ha debido pagar a un sanador. Suspiro, mareándome al pensar en cuánto dinero le debo.

—¿Dónde están los demás? —pregunto entonces.

—Están bien, tranquila. Solo han pasado tres días.

Pestañeo, e intento levantarme porque tengo la vejiga a reventar. Cuando entro en el pequeño servicio de la habitación, me vienen recuerdos confusos de haber estado allí con la ayuda de mi madre.

—¿Dónde están mis padres? —pregunto al salir del baño.

—En la cafetería, desayunando —me informa Evans, cogiéndome del brazo innecesariamente.

—Estoy bien, puedo andar —lo tranquilizo, después lo miro de reojo—. ¿Por qué estás aquí? Estoy horrible, y necesito una ducha.

Evans ladea la cabeza pero parece divertido.

—Es verdad que la necesitas.

Suelto un gruñido, dándole la espalda que lo hace soltar una carcajada.

—Vamos, no seas dramática —me consuela —. En cuanto te revise el médico podrás irte a casa y darte una ducha de dos horas.

Eso me conforta, pero estoy desorientada e intranquila. Mi mente empieza a lanzarme preguntas más rápido de lo que puedo procesar. ¿Por qué estoy en una habitación de hospital individual? Este lugar debe ser carísimo y no se parece en nada al hospital en el que estuve ingresada con catorce años por un varicela tardía que se complicó.

—¿Por qué sigo viva? —es lo que decido preguntar primero. Recuerdo perfectamente que los siete despojados llegaron a lamer mi piel. El dolor fue tanto que me desmayé.

Evans se apoya contra la ventana de la habitación, dándome el espacio que tanto necesito. Mi pregunta lo ha puesto serio, y tengo la sensación de que me mira con rencor.

—No deberías haber hecho eso —suelta, al fin.

—Pero lo hice, y debería estar muerta, ¿por qué no lo estoy?

Sus facciones se suavizan.

—Te has perdido unas cuantas novedades, Baker —me provoca. Parece disfrutar de mi desconocimiento—¿Quieres que te haga un resumen?

Pongo los ojos en blanco y hago una casi reverencia con mi mano, dándole lo que quiere.

—Por favor.

—El día que tuviste la idea más estúpida de tu vida descubrimos varias cosas. La primera y más importante es que pareces ser inmune a la saliva de los despojados.

Abro la boca sin poder creer lo que escucho.

—Pero eso no es lo mejor. Mi parte favorita es que tu poder de cambiar a las personas con tu piel resulta que funciona de otra forma en los despojados. Los hace atacarse entre ellos. Lo vimos todo desde el telesilla. Cayeron sobre ti, y un instante después fue como si se olvidaran de que estabas ahí y empezaron a atacarse entre ellos. Es lo más alucinante que he visto en mi vida, Baker. Me alegro de haber recuperado la consciencia a tiempo para tu show. Aunque meditándolo después, me doy cuenta de que fue eso lo que ocurrió en el almacén aquella noche —Evans se frota la frente con la mano—. Ninguno comprendimos lo que estaba ocurriendo.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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