Mi Piel DÁmara

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Epilogo> Un bonito regalo de navidad

 

QUERIDOS DÁMAROS,

AYER OS MENTÍ. SÍ QUE HAY UN EPÍLOGO. sE ME OCURRIÓ HACE MESES EN LA DUCHA Y LO AMÉ MUCHÍSIMO. POR FIN, HA LLEGADO EL MOMENTO DE COMPARTIRLO CON VOSOTROS Y ESPERO QUE LO AMÉIS TANTO COMO YO.

¡A LEER SE HA DICHO!

 

 

 

 

MANSION ARMSTRONG. UN AÑO MÁS TARDE

Golpeo mi bolígrafo rítmicamente en las folios que tengo repartidos por la encimera de la isla en la enorme cocina de los Armstrong. Intento concentrarme de nuevo en los informes históricos que prueban que en la Edad Media, los inválidos desempeñaban trabajos humanos como artesanos y campesinos para poder subsistir. Subrayo los párrafos que me interesan. Si le recuerdo al resto del parlamento que la impureza amoral de que un inválido desempeñe un trabajo humano es un concepto que empezó en el renacimiento, creo que ayudaré a que entiendan que no tiene base espiritual, y que por lo tanto puede y debe ser cambiado. Yadra y yo llevamos todo el año trabajando en esto, y estamos cerca de conseguir la aprobación de todo el Parlamento.

Cuando Evans aparece y abre la nevera para sacar una cerveza fría me rindo. No hay forma de que me concentre, estoy demasiado inquieta. Me apoyo en un hombro y me fijo como la fina camiseta de Evans se ajusta a cada músculo de su espalda. Cuando se da la vuelta y me pilla, procuro mirar mis apuntes como si estuviera enfrascada en la lectura.

—¿Cómo lo llevas? —me pregunta, asomándose por encima de mi hombro para mirar mis apuntes.

—Estoy subrayando textos medievales donde se mencionan a inválidos desempeñando cualquier tipo de trabajo.

Evans se coloca a mi lado, flexionando sus bíceps sobre la encimera y asiente.

—Esta mañana, Sireh me ha despertado muy pronto, como de costumbre, así que después de alimentarla y que se volviera a dormir, he estado leyendo sobre como comenzó toda esta tontería de que los inválidos no pueden trabajar. No son más que sandeces sociales que derivan de los prejuicios de nuestra querida cultura.

—¿Me lo has subrayado? —le pregunto interesada.

—No tenía nada a mano.

Pongo una mueca de fastidio.

—Evans...tendré que buscarlo otra vez.

—Te marqué la página —se defiende y suspiro aliviada. Después doy un respingo cuando la fría lata de cerveza de su mano se apoya en mi pezón y noto el contraste frío incluso a través de la tela.

Evans se aparta de la encimera y la rodea sin mirarme, pero con una sonrisa malvada que me indica que no ha sido un accidente.

Abre una bolsa de patatas y empieza a disfrutarlas mientras me observa con autocomplacencia.

—¿Estás durmiendo lo suficiente? Tienes mal aspecto —le digo sería, borrando la arrogancia de su rostro. Si hay algo nuevo que he aprendido de él es que como hombre es de lo más vanidoso. A veces uso eso para torturarle.

Al finl parece darse cuenta de que lo he dicho solo para fastidiarle.

—Duermo lo que me dejan, Baker —me responde con un brillo en los ojos, que me hace sonrojarme y apartar la mirada de nuevo a mis apuntes. Su forma de decirlo me ha dejado claro que no se refería tanto a su hija, sino más bien a mí.

Sireh vive con sus abuelos entre semana y con Evans los fines de semana. Por eso me culpa a mí de sus pocas horas de descanso.

Aunque finjo leer mis apuntes, en realidad estoy pensando en la reacción de Evans si pusiera algo frío contra uno de sus pezones. Se me acelera el pulso al ver que me observa como si supiera exactamente lo que está pasando por mi cabeza.

Un momento, ¿no sabrá exactamente lo que estoy pensando? Trago saliva. Que yo sepa Evans aun no ha aprendido el poder de leer mentes.

Me sonríe perversamente y me doy cuenta de que ha sido más bien mi sonrojo lo que ha delatado la naturaleza de mis pensamientos.

Por suerte para mí, entran Ozrrat y Karen en la cocina. El primero me da un beso en la mejilla y se sienta en el taburete a mi lado, y la segunda abre la nevera ignorándonos a todos.

—Hola Karen —la saludo con retintín.

Ozrrat esboza una sonrisita y sé que es con él con quién esta enfurruñada la niña, aunque lo pague con todos. Bueno, no sé si debería llamarla niña, este último año Karen ha cambiado bastante. Sus caderas se han ensanchado y su rostro está cobrando cierta madurez.

Ozzy a mi lado la mira de arriba abajo como si se estuviera dando cuenta de lo mismo.

—¿Cómo estás? —le pregunto, acariciándole el hombro.

Asiente.

—Estoy bien —me asegura con una sonrisa tranquilidad.

—Lo que vas a hacer es muy bonito —le digo con toda mi admiración.

Ozzy me sonríe de esa forma enigmática que solo los videntes tienen.

—Y lo que vas a hacer tu es un estropicio —me dice, y cuando frunzo el ceño y me giro más golpeo mi jarra de café con el brazo. No obstante, Ozzy la sujeta antes de que llegue a volcarse. Me sonríe porque sabía que iba a pasar. Siempre es así con él.

—Estás seguro ¿entonces? —insisto, poniendo mi mano sobre la suya.



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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