Mi Piel DÁmara

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Capítulo 1: El Gueto de Dámara

Abro el botón de mis pantalones, bajo la cremallera y deslizo los vaqueros por mi cintura. Son tan ajustados que se llevan consigo mis bragas. Entonces doblo las rodillas sin llegar a tocar el váter. Nunca me siento en los baños públicos de la escuela porque a saber qué clase de gérmenes dejan esos degenerados compañeros que tengo. 

Es cuando empiezo a orinar que escucho las risas, y frunzo el ceño cortando la meada, mientras me pregunto de dónde proceden las voces. 

Mi mente está nublada, confusa, como ese instante en el que te despiertas y no sabes bien que es realidad y qué es sueño; pero de pronto puedo notar una brisa en la piel de mi culo y entiendo que algo no va bien. 

Después de eso, me viene todo de golpe. No es un puto váter lo que tengo debajo de mí, sino césped. Levanto la vista y los veo…veo a mis compañeros tronchándose de la risa mientras me observan y me señalan. 

Daniel Brown esta frente a mí, con una sonrisa retorcida y un brillo malvado en su rostro cuadrado. El sol dibuja círculos sobre su rostro al colarse entre las hojas de los árboles.  

Casi me caigo de bruces intentando subirme los pantalones con toda la rapidez que puedo, y eso los hace reír aun más.  

No tengo dudas respecto a qué acaba de ocurrirme, pues los conozco bien. He crecido con esos imbéciles, soportando su repugnante idea de diversión y presenciando sus macabras bromas. Una piensa que en algún momento maduraran y les crecerá algo parecido a  una conciencia, pero siempre logran decepcionarme al respecto. 

Lo que acaba de ocurrir es que Daniel Brown ha engañado a mi mente para que creyera que estaba en la privacidad del servicio de chicas y que me hacía pis, cuando en realidad estamos en mitad del jardín trasero de la escuela de Dámara. 

No solían atreverse a hacerme el blanco de sus bromas, pero hace un año que Evans se marchó de Dámara y…y bueno, ciertas cosas han cambiado con su ausencia. 

Echo un rápido vistazo a mi público que está sentado en el césped, y me doy cuenta de que son los idiotas habituales: Lara Sorensen, ¡que sorpresa! sin duda la idea ha venido de esa bonita y retorcida cabeza de pelo azulado, Drake Icksome, su perrito, vale no es que sea un perro, es un dámaro también que mide casi dos metros, pero sigue a Lara como si fuera un pequeño chihuahua amaestrado. En realidad, para ser justa Drake es bastante decente de por sí solo, y ahora mismo es el único que no se ríe y me mira incómodo; pero su asociación con Lara es imperdonable.  

Mis ojos regresan a Daniel Brown. Por mucho que me rebiente me escuecen como si fuera a echarme a llorar en cualquier momento, pero no pienso hacerlo. 

Me trago las lágrimas y pongo una mano en mi cintura. 

—Es una pena lo que tienes que hacer para poder ver genitales femeninos, Brown —le espetó, provocando la risa de sus camaradas. No son fieles ni entre ellos.  

El labio de Daniel se alza en un lado con desprecio. 

—Nadie quiere ver tus genitales, Gay Maker —me espeta con rabia. 

—Ya está bien —escucho una voz más madura a mi derecha y miro sobre mi hombro para descubrir a un adulto cuyo nombre desconozco, pero el simple hecho de que sea adulto me choca. ¿Cómo ha permitido que Daniel me hiciera eso?— Sigamos con la lección, Daniel. 

Lo miro boquiabierta y al menos una expresión de culpabilidad cruza su rostro por un breve lapso. Debe ser el tutor de Daniel, lo que significa que es un dámaro adulto con el mismo poder que Daniel, quién le da lecciones de cómo usar su capacidad de manipular los pensamientos de otros. 

¡Menuda lección el abusar de una chica de esa forma! 

Aprieto los dientes. 

—¿Cuál es tu nombre? —exijo aunque él ya me ha dado la espalda. Se limita a mirar por encima de su hombre y me recorre con su mirada. Sabe que no soy élite, porque Daniel me ha llamado Gay Maker. Sabe que soy la dámara con el poder más ridículo de nuestra historia. 

—Vete, y olvida que esto ha pasado —me sugiere con tono altivo, antes de regresar la atención al grupo. 

Debe estar de broma. 

Me quito el guante y doy dos pasos hacia ellos con la palma de mi mano desnuda alzada hacia Daniel. Cuando me ve por el rabillo del ojo suelta una exclamación e intenta echarse para atrás con la mala suerte de tropezar con la espalda de Drake que está sentado sobre la hierba. Se cae de espaldas sobre este y Lara, y por las quejas que emiten parece que se han hecho daño. 

Me río encantada. 

—Eh, ponte eso de vuelta —me chilla el dámaro adulto con un dedo alzado hacia mí. Su tono es amenazante, pero hay un brillo de miedo en sus ojos.  



Beca Aberdeen

Editado: 12.02.2019

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