Mi Relación con las Flechas de Cupido

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La Primavera de su Amor

            ―¿Se imaginan alguna vez estando con su pareja perfecta?... ¿No…? ¿Sí...? Bueno, el caso es que yo sí, y varias veces... más de las que puedo recordar.

Esas fueron las primeras palabras que pronunció el anfitrión principal de la reunión, un hombre alto pálido de cabello negro largo y canoso que se acercaba lentamente hacia el centro del lugar donde se iniciaría su relato, y que se encontraba sorprendido al encontrarse con las decenas de personas que lo observaban a pleno comienzo del día sentados en sillas y mesas de picnic en un jardín lleno de flores de todos los tipos y colores mientras que el olor a incienso se esparcía por todo el lugar llenando con gran placer el sentido del olfato de todos los presentes.

―Pero no siempre fue así, no… no siempre ―continuó, observando con una sonrisa nuestros tan diferentes rostros―. Hubo un tiempo en el que solo pensaba en vivir mis días en paz y tranquilidad. No sé por cuánto tiempo duraron esos pensamientos..., pero sí sé cuándo cambiaron de un momento a otro.

Arrimó y acomodó mejor una silla de madera, en la que luego rápidamente se sentó, para acercarse más a una delgada mujer de baja estatura con largos cabellos oscuros como el ébano, que ya había alcanzado sus ocho o nueve décadas de edad, pero que mantenía su figura intacta y sin muchas, para no mencionar las pocas, arrugas en la piel.

―Hoy les contaré una historia que me dejó marcado hasta el día de hoy. Hasta nuestros cincuenta y ocho años de casados ―comentó el hombre observando a su esposa, la persona que le acompañaba―. Esta historia tratará sobre los desamores y caídas sentimentales que viví al comienzo de mi estúpida pero feliz precoz juventud y no tan avanzada edad ―dijo tomando una pequeña pausa―. Esta fue, es y será, nuestra relación con, como yo las llamo, Las Flechas de Cupido.

            Mientras el hombre hablaba, fue rodeado lentamente de más y más jóvenes de ambos sexos menores a la adultez que vestían faldas, pantalones, camisas, blusas o chaquetas de diferentes colores, aspectos y estilos, incluyendo la variedad de tamaños y confecciones, que variaban según la personalidad de cada individuo del lugar, como si ninguno fuese de la misma ciudad y viviesen apartados unos a otros ignorando que todos vivían en el mismo espacio desde hacía décadas pues los tiempos cambiaban rápidamente, y con él los estilos y gustos.

Todos, absolutamente todos, se sentaban en silencio a meramente dedicarse a escuchar las palabras del señor, que poco a poco les fue atrayendo con la mirada y una gentil sonrisa sin miedo a la indiferencia hacia el lugar donde nos reuníamos. Un gran domo cristalizado y reflectante cubría nuestro lecho pacífico, el cual se componía de una simple pérgola1 al borde de un precipicio plagado de regadas hojas de árboles de cerezo a las afueras de los límites del parque nacional de Novo Tokio, lo poco que quedaba del país que una vez fue considerado Japón...

 

―Pero la explicación de eso es otra historia ―comentó por fuera el anterior señor hacia ambos niños.

 

Todos, incluyendo la mujer a su lado, fueron rápidamente preparándose para las palabras de aquél hombre, que al poco tiempo comenzó su rápido y casi perfecto diálogo narrativo.

―Hace mucho tiempo, cuando tenía veintitrés años, me enamoré por primera vez... O no, por primera vez no.

El hombre negó con la cabeza y prosiguió.

―Pero era la primera vez que lo confesaba tan abiertamente, ya que la primera vez fue más que obvio para los demás. Fue el típico enfrentamiento cara a cara diciendo, me gustas. Y sí, era un poco tímido con las mujeres, pero creo que aprendí a vivir con eso gracias a mis ya muchos amigos ―dijo rápidamente, y seguido tomó una mediana botella de agua que se encontraba a su lado, del lado donde se sentaba su esposa, y bebió de ella unos pocos tragos sin perder demasiado tiempo―. Y aquí es donde comienza toda nuestra aventura, con esas simples dos palabras… Me gustas.

 

Cuando lo hice…, no fui rechazado… Era impresionante el hecho a decir verdad. Y fue aún más impresionante saber que también a ella yo le gustaba. A ella, quién era una persona alegre, casi opuesta a mi yo de entonces. A ella, la excesivamente extrovertida que había logrado formar grupos sociales que jamás pensé que podrían llevarse bien. Ella, quién a muchos hombres había rechazado… Era raro en todos los sentidos. Fue uno de esos casos que me sirvió para darme cuenta que en la vida los sentimientos, y por muy raros que sean los casos, pueden coincidir. Casos en el cual no termina siendo un “solo amigos”, mientras se apartan más y más el uno del otro hasta dejar de hablarse. Pero me estoy desviando… El  caso es que me aceptó y comenzamos a salir por varias semanas. Ese año recuerdo que había terminado la universidad por las vacaciones de invierno. Oh, navidad… que bella época del año. Oh… la navidad que nunca olvidaré.



Lyonel Kingston

Editado: 08.07.2019

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